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martes, 22 de agosto de 2017

Un pasito p'alante, dos pasitos p'atrás

Por unas y otras (y en las unas y en las otras siempre, de fondo, la falta de sueño) razones, cuando, a mediados de julio, comenzaron mis vacaciones, me encontraba un tanto nervioso, cansado y triste. Todas las ganas que, unas semanas antes, había tenido de ir a Irlanda, desaparecieron de repente. No me apetecía ir a ningún lado: quería dormir, leer y ver cine. Pasado un mes, y esto nos lleva a mediados de agosto, pensé que, a lo mejor, una inmensa pereza me estaba impidiendo salir de mí y realizar un pequeño viaje del que, aunque de entrada me parecía imposible, volvería contento. ¿Pero cuál? Me puse a pensar. ¿Unos días de relax total en un hotel maravilloso, con piscinas grandes y maravillosas y unas vistas ídem? Busqué online, aquí y allí, pero no acabó de convencerme. ¿Un crucero fluvial, véase Danubio, Rin, Loira, Vesubio? Lo mismo. Vamos a ver, Suso, piensa, ¿qué te apetece de verdad? Parecióme que ello era ir a una ciudad en la que se estuviese celebrando un festival de danza contemporánea y/o música clásica. Sendos telediarios en días distintos me dieron noticia del de San Sebastián y el de Torroella de Montgrí, en Gerona. Vistos los programas, me decanté por el segundo. Compré dos entradas, una para una actuación de Jordi Savall el jueves 17 de agosto y otra para el viernes 18, una interesante puesta en escena del Stabat Mater de Vivali a cargo del, para mí desconocido, Soqquadro Italiano. Después compre los billetes de avión y reservé plaza en un hotel. Según pasaban los días, las ganas, las medio-ganas y las no-ganas de ir se iban turnando. Pero, salvo el hotel, ya había hecho el gasto y no cabía vuelta atrás. Además, me atreví a concertar una cita en Barcelona con mi amigo Armando Pego, a la que respondió con excelente generosidad, pues era y es mucho mi interés por conocerlo más y mejor. Pero, dentro de mí, no terminada de afianzarse un deseo sin fisuras de irme al otro lado de la península. Cuando el fin de semana anterior al del día de mi partida me veo, ¡por primera vez en mi vida!, con un catarro estival, ya tuve la excusa perfecta. ¿Cómo iba a ir en estas condiciones, pobre de mí, colgado de un pañuelo con mocos, a Gerona, la cual además esos días iba a sufrir el azote de un tremendo calor (segunda excusa)? Decidido. No había más que hablar. Cancelo mi reserva en el hotel sin coste alguno y decido que me la refanfinfla perder el dinero del avión y el de las entradas a las actuaciones en el susodicho municipio gerundense. También pongo al corriente de mi cambio de ruta a Armando y nos citamos para una mejor ocasión. ¡Ah, qué felicidad, me quedaba en casita, en mi hamaca, en mi kiwi, en mis libros, en mi cine! Finalmente, el catarro en cierto sentido resultó ser providencial pues se presentaron unos asuntos que, aunque se hubiesen resuelto de igual modo en mi ausencia, se resolvieron más rápidamente estando yo presente. Y así es como ocurren las cosas, un pasito p´alante, dos pasitos p’atrás…

martes, 7 de junio de 2016

Sala es verano

Antes de ayer cené por primera vez este año en la sala. A estos efectos, el verano ha empezado. El sol durante el día calienta la sala y a las nueve de la noche hay todavía luz porque los días son largos. Tendré el sofá para almohadillarme y la mesa para poner sobre ella mis piernas. Si el sueño tira de mí, mi cabeza encontrará en la parte superior del respaldo el apoyo perfecto. Este año además tenemos la estantería que nos faltaba y que tuvo a bien regalárnosla mi hermano Rodrigo. Es sencilla y moderna, con un tubo rectangular de acero que actúa de marco y en la que se sujetan las grandes baldas de madera de color miel. Enseguida se llenaron de fotos familiares. Cocina es invierno y sala es verano. Qué bien.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Otro verano

Este verano no ha sido lujoso de sol y calor, como el del año pasado, lo que ha disgustado a unos y gustado a otros. Yo me cuento entre los primeros sólo en la medida en que me ha procurado menos tardes de lectura bajo la enramada del kiwi: si el día está fresco, a la sombra hace todavía más fresco y no puede uno estarse quieto y sentado, leyendo tranquilamente. Pero aconteceres climatológicos aparte, han sido unas vacaciones dichosas y serenas. El hiato que abren las vacaciones estivales en el curso del año es francamente delicioso: no hay que madrugar, no hay que vestir las pesadas prendas de invierno, la semana deja de ser un rápido lunesmartesmiércolesjuevesviernessábadodomingo, se ven pasar a montones de peregrinos, las claras de limón en las terrazas son mucho más sabrosas, los libros, siempre un paraíso, lo son todavía más, y también las películas; unas sobrinas se van a Dinamarca, una hermana se va a Nueva York, se va otra con su familia a Menorca, me voy yo a Austria y volvemos todos con los ojos llenos de cosas nuevas; a Emilio, misionero en Camerún, lo veo de nuevo, tres años después de haberlo estado con él en este país africano, manteniendo crecidas las llamas de la amistad. Sí, el verano está a un paso de ser el paraíso.

sábado, 21 de junio de 2014

A la sombra del kiwi

Hoy ha sido el primer día de este año que he estado leyendo debajo del kiwi en una hamaca en el patio. Si me gusta el verano es porque me permite hacer precisamente esto, leer en el frescor que proporciona la sombra de un árbol, rodeado de flores, hortalizas y cantos de pájaros. Incluso consigue que sea más llevadera la lectura de un libro que dentro de casa me resulta pesada. Un verano sin esto sería para mí un verano perdido. De la conjunción del gozo de la lectura y el esplendor de la naturaleza resulta una dicha que anticipa retazos paradisíacos, en la que se da una mezcla perfecta de concentración, exterioridad y reposo.

martes, 8 de octubre de 2013

Poderoso mar

Durante el verano el mar se domestica en las playas, se hace humano para los humanos, piscina grande para que pequeños y grandes disfruten de él. Nadie dice “voy al mar” sino “voy a la playa”. Sólo cuando la playa se retira, o cuando de ella se retiran los hombres tras terminar el verano, vuelve el mar a ser mar pues necesita estar solo para serlo, alta mar, mar profundo, poderoso mar. Es posible entonces contemplarlo, de soledad a soledad.

jueves, 22 de agosto de 2013

Ligeros

El verano se apresta a hacernos “ligeros, como los hijos de la mar”: fuera abrigo, fuera jersey, fuera camiseta, fuera calcetines, fuera bufanda, fuera visera, fuera guantes, fuera zapatos..., fuera todo si la desnudez, rea de la culpa, no nos avergonzase. Y poco queda: una camiseta, un pantalón ligero, unas sandalias. Pesamos menos, somos más.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Protestas de eternidad

Pasa el invierno, pasa la primavera, pasa el otoño, pero el verano no: se queda. En la medida que es la estación del fruto es la estación de la plenitud: sus credenciales son protestas de eternidad.

martes, 20 de agosto de 2013

Noches de verano

En Galicia, tras un día de calor el verano nos regala noches espléndidas en las que se podría dormir al raso sin ningún problema. Uno no llega a hacerlo pero lo que sí hace, si quiere conciliar el sueño, es abrir puertas y ventanas para que circule la brisa. La noche estival entra entonces a través de las mirillas de la persiana y la sensación que le embarga a uno es deliciosa. Es como dormir en una cueva pero a la entrada, para no quedar fuera del alcance de los susurros nocturnos.

domingo, 26 de agosto de 2012

Puro y remolón


Este verano he cancelado tres pequeños viajes peninsulares. En un caso anulé la reserva que tenía en un hotel, en otro los billetes de tren ya comprados y en un tercero, a mi amigo E., donde le dije digo le dije después Diego. El motivo fue el mismo en los tres casos: la poca o ninguna gana que tenía de viajar, aunque se tratase de poco más que de salidas de fin de semana. Mis vacaciones las quise enteramente para mí, con sedentarismo puro y remolón. Me esperaba el teclado pero sobre todo el libro, el libro largo de la tarde larga en perfecta introversión. El verano, por ser la estación del sol es también la estación de la sombra, que me esperó, solícita, para demorarme en ella. Lo hice, a pie de casa, bajo el kiwi, un año más.

jueves, 16 de agosto de 2012

viernes, 28 de octubre de 2011

Días


Los días de verano se viven: estamos fuera. Los de invierno, se contemplan: estamos dentro.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Rápido, fugaz


La estancia de veinte días en Camerún alteró el decurso habitual de mis veranos, llenos de escritura en la mañana y de lectura en la tarde, parsimonioso el día, la hora densa. Me cunden por eso, no pareciéndome nunca cortos, cosa que contrasta con lo que dicen mis compañeros a la vuelta de las vacaciones. El de este año, vacío de concentración y ensueño, fue rápido, fugaz, dejándome el uno de septiembre con la pregunta por él: ¿te tuve, me tuviste?

jueves, 14 de octubre de 2010

En el patio

El verano es un patio. El invierno, un claustro. Me gustan más los patios que los claustros y a medida que pasan los años mayor es mi preferencia por los primeros. 
Pues bien, henos aquí de vuelta al claustro. Las lluvias enterizas, plomizas, nos encierran dentro. Por muy casero que sea uno, que lo soy, lo soy de casa con huerta, patio y jardín, todo un poco revuelto, nada versallesco, con lo cual, llegado el invierno, esa parte posterior queda clausurada, a merced de fríos y lluvias. “Hacia dentro, hacia dentro”, ordena el invierno, y uno, mal que le pese, con la cabeza gacha asiente. Habrá quien necesite invernar para entrar dentro de sí y producir sus frutos. Acaso yo también, y la vuelta a los cuarteles de invierno sea volver a la habitación pascaliana, con velas (flexos) a lo Georges de La Tour, para dar de sí lo que se lleva dentro. Pero el verano no me expropia hasta el punto de dejarme sin interioridades, nada de eso. En el patio y a la sombra del kiwi, con luz solar entorno, es como uno quiere estar y gestar.

miércoles, 14 de julio de 2010

Veranos

Veranos largos de nuestra infancia, veranos breves de nuestra edad madura. Pero la afirmación y la promesa son la misma: existe la felicidad, vendrá la felicidad. El sol, descubridor de bellezas, crea ritmos nuevos en el corazón. Un electrocardiograma mostraría un poema. Si no son calcinantes, los veranos tienen la medida humana de la dicha, la crean y la acompañan. Los niños que juegan son su emblema, habitantes nunca expulsados del paraíso. El mal siempre es más horrendo en verano.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¡Ay!

Estoy sentado, leyendo, y oigo un ruidito. Una hoja del kiwi, a medias verde, a medias seca, cae en vertical, a palo seco, sin tirabuzón alguno. Sigo leyendo. Al rato, de nuevo otro ruidito. Otra hoja del kiwi, del todo verde, cayendo en vertical sobre el suelo, también sin floritura alguna. “Falta un viento que os acune y haga de vuestro desprendimiento un juego de vueltas, y virajes, y ondas, me digo. Quizá yo, ahora, con estas palabras mías, os doy la brisa que no tuvisteis al caer, atisbando, ¡ay!, el fin del verano”.

miércoles, 19 de agosto de 2009

En la noche estival, un perro

¿Por qué siento, mientras espero el sueño, que el ladrido es el acorde perfecto en las noches estivales, de modo que sólo él y no otro le otorga un relumbre de plenitud y de misterio? ¿Qué tiene esa voz de perro para que deje en mí tales ecos, apuntadores de una felicidad infinita, de un “todo está bien”? ¿Era acaso, en el paraíso, un perro el que acunaba el sueño de Adán y Eva? ¿Ya entonces ladraba de alegría el mejor amigo del hombre al ver como se dormían nuestros primeros padres?

sábado, 15 de agosto de 2009

Verano

Uno ama el verano cuando lo es, es decir, cuando el sol, además de lucir, calienta en torno a los 25 grados como mínimo, cuando el cielo está despejado y las noches no son nunca frías aunque puedan quedar frescas, cuando le está permitido a uno sentarse en la hamaca, bajo la sombra de los kiwis, en las horas de la tarde, para leer a ratos y a ratos pasmar, y a eso de la ocho, incluso antes, agradecer la llegada refrescante de la brisa, cuando por la noche puede dejar la ventana de la habitación abierta y sentir los ladridos de algún que otro perro, que le suena a uno, sin saber por qué, como el acorde perfecto para esas horas. Si tiene lugar todo lo anterior, el verano aparece como la estación perfecta, por su generosidad, por su dicha. El sol ejerce un dominio saludable, vital, entusiasta, que pone morena al alma, más carnal que nunca, y uno siente que la felicidad está en los jardines, en las huertas, en los mares, en las frondas, en los patios interiores, en las fuentes y los ríos.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Invierno (y verano)

Es invierno: el cuerpo se nos hace alma, se ensimisma, busca los adentros.
Es verano: el alma se nos hace cuerpo, se exsimisma, busca las afueras.