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lunes, 5 de enero de 2015

La universidad

Yo pensaba que en la universidad me iba a encontrar con tribunas ocupadas por genios, verdaderos magos del saber y de su transmisión. No fue así. Había un puñado de buenos docentes, conocedores acreditados de su materia, y después, aparte, muy por encima, Olegario González de Cardedal, el catedrático de cristología. Los demás, por comparación, resultaban agraviados. Nadie sabía tanto como él, nadie hablaba tan bien como él, nadie transmitía tanta pasión como él. Por ser mis exigencias y mis expectativas tan altas con respecto a la universidad, me sentí, ¿injustamente?, defraudado por ella; en algún momento de la carrera, quizá en el cuarto curso, sentí un aburrimiento mortal y más de una vez se me pasó por la cabeza tirar la toalla. En el recuerdo, me veo como un estudiante mucho más entusiasta en la etapa de BUP y COU que en la Universidad. Y de repente, ahora, veo una posible razón: llevábamos deberes para casa, lo que suponía, en cierto grado, investigar y poner a trabajar las propias fuerzas intelectuales; el profesor, al día siguiente, podía llamarnos al encerado a resolver un problema o a dar la lección, y hacerlo con éxito era un sumo placer intelectual. En la universidad no hubo nada de esto: desde el comienzo de la impartición de la materia respectiva hasta la rendición de cuentas en un único examen no se nos exigía nada en el intermedio, ningún “deber” investigador llevábamos para casa. Es cierto que lo que ahora echo de menos lo echaría de más si tal cosa hubiese ocurrido: ¿deberes en la universidad? Venga ya, que somos mayorcitos. Pero fue precisamente el “deber” de hacer la tesina la que me devolvió la felicidad en los dos últimos años de la carrera. Uno volvía a ser un sujeto intelectualmente activo, al verse exigido a culminar un proyecto investigador. En mi caso esto fue absolutamente fruitivo.
Estas dos cumbres, las clases de Olegario y mi estudio de la obra de Ernesto Sábato, tema de mi tesina, salvaron mi experiencia universitaria. Debiera haber habido más; desgraciadamente, no las hubo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lengua relajada

Era el año 1983 o 1984 y yo estudiaba en Salamanca. Decidí matricularme en un curso de yoga, que impartía mi profesor de Fenomenología e Historia de las religiones, Carlos Castro Cubells, un hombre de aspecto venerable, con la barba y el pelo muy blancos. En la cabecera de la gran habitación en la que nos reuníamos se sentaba él, en posición de loto, y los demás, unos treinta, muy cerca de la pared y formando un rectángulo, nos alineábamos en la misma posición. Teníamos que estar cómodos. El que tuviese cinturón que lo desabrochase, para no sentirse ceñido. La espalda, recta. Las manos, sobre las piernas. Nos instaba a que fuésemos tomando conciencia de cada una de las partes de nuestro cuerpo, y a que aspirásemos y espirásemos muy despacio, desde el diafragma. “Lo más difícil, decía, es relajar la lengua. Concentraos en ello, relajadla”.
¡Qué gran consigna! “Relajad la lengua”, para que, añado yo ahora, “malas palabras no salgan de vuestra boca” (Efesios 4, 29). Podría parecer que una lengua relajada estaría muy suelta, sin ceñidores, fácil presa por tanto de burradas e insultos. Pero hay que volver al contexto del que partíamos, aquél en el que, bajo las instrucciones de Don Castro Carlos Cubells, intentábamos pacificar nuestro cuerpo y de paso nuestro espíritu. La consigna entonces sería “pacificad vuestra lengua”, buenas palabras salgan de vuestra boca. El que se relaja está en calma, lo nutre el sosiego, le asiste la sabiduría. Sus pronunciamientos serán inteligentes, matizados, erróneos muchas veces, pero nunca sucios.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Transfigurado

Sólo una vez en mi vida me fue dado contemplar un rostro transfigurado. Se iniciaba el curso en Salamanca y a tal efecto se celebraba una misa. Uno de los concelebrantes era el obispo brasileño Helder Cámara. En el momento de la consagración su rostro irradiaba un júbilo tal que muchos de los presentes quedamos maravillados. La maravilla era él y la nuestra no era sino su efecto. Daba miedo tanta alegría, pues uno, atrincherado en su egoísmo, sabía que no podía proceder sino de una entrega suma.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Chunda, chunda

Un gran amante y practicante de la música clásica, allá en mis años salmantinos, compañero del colegio universitario, decía que la música pop, toda la que no es clásica en el sentido habitual de esta expresión, crece en torno a un chunda, chunda de fondo, una repetida e inagotable percusión. ¿Lo llamaba ritmo sincopado? Ya no recuerdo. Ayer, mientras escuchaba en Spotify a Billie Holiday, quise comprobar con cada canción si era así. En efecto, en el fondo, tras toda la arboladura musical, salta al oído ese chunda chunda continuo, persistente, tronco de todo las ramas que después despliega la canción. ¿Demérito? No, característica, sin más, aunque indica que estamos en terrenos más “fáciles” que los de la música clásica. Pero todo esto lo dice un ignorante. Lo que importa en cualquier caso es la emoción que nace de la belleza, y esta se halla aquí y allí, en lo pop y en lo clásico, en lo popular y en lo culto.

jueves, 2 de abril de 2009

Castilla

Mi amor por Castilla nació a partir de la estancia en Salamanca durante  mis siete años universitarios. Desde entonces se hizo un hueco en mí, me hice un hueco en ella, y ya nunca me abandonó. Me fascina su paisaje, todo lo evocador y legendario de su historia, lo que viene a mí desde su pasado cruzando los siglos y tejiendo España, tejiéndome a mí también. ¡Castilla! Nombran a Fernán González y me emociono; nombran al Cid, y me emociono; veo un castillo en ruinas -mejor si está en ruinas- y me emociono; nombran Burgos, Medina, Zamora, las Urracas, los Sanchos, Alfonso X, Covarrubias, Tordesillas, el Duero, Machado, los Alvargonzález, y me emociono. ¡Castilla! Sus arboles solitarios en medio de las planicies, sus encinas, sus labradíos inmensos, las iglesias enormes, altísimas, avistadas desde lejos, sus pueblos de barro. Cierto, ancha es Castilla, y profunda, y regia, y recia.  E insoportablemente hermosa.