martes 15 de diciembre de 2009

Tu rostro

“Señor, no me escondas tu rostro”, le pedimos a Dios ayudados por el salmo 26. Esta petición es la que extendemos a todos, a cada hombre y mujer que se cruzan en nuestro camino, y es también la que recibimos nosotros de ese mismo hombre y esa misma mujer. Puestos ya en tesitura humana, desvelados y no escondidos, verdaderamente rostro a rostro, acontece lo que tiene que acontecer y que sólo así es posible, el diálogo, el amor, la cópula. Si no nos lo muestran o si no lo mostramos, devenimos hombre escondido, devaluado por tanto, habitantes de inframundos, en los que comerciamos con las telarañas, que se despliegan triunfantes sobre nuestro rostro agachado.

lunes 14 de diciembre de 2009

Me urge

Me urge ser palabra en muchos momentos y entonces se me agolpa en la boca y quiere salir, toda ufana, aunque después, sobre la pantalla, sea no más que viruta que se borra. Pero esa urgencia, ese agolpamiento, bulle con tanta felicidad, de saludo y de parto, que hábiles se quieren en seguida los dedos sobre el teclado para expulsar fuera lo que no aguanta un segundo más dentro.

domingo 13 de diciembre de 2009

Un nuevo centro

¿Hará falta un nuevo centro que lo reordene todo, con nueva circunferencia y nuevos radios? Si así fuere, entonces, por carreteras nuevas, rodaríamos con la recién estrenada curvatura, muy animados desde dentro por el nuevo corazón.

sábado 12 de diciembre de 2009

¿Dónde vas corazón?

¿Dónde vas corazón?
Donde el corazón me lleve.

viernes 11 de diciembre de 2009

Desesperación blanca

Un golpe de entrañas y me siento aquí, convocado por lo blanco, para mancharlo y exorcizarlo. La lava de palabras no sale sin embargo, perdida en el mejor de los casos y en el peor inexistente, reducida a ser puro y desesperado voluntarismo mío. Espero, no obstante, que un aluvión me cubra y su arrastre se vuelva verdadera escritura, la que me encarrile por el sendero del trabajo y la gratitud.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Servidumbres

Servidumbres, todas, en tanto se es cuerpo terrestre, con toda la gravedad y la finitud tirando de él hacia abajo. Quiere volar, y no puede, él mismo es su lastre, y siente uno a uno todos los alfilerazos de la limitación. También él, como la entera creación, gime con dolores de parto esperando ser liberado. Mientras tanto, busca aligerarse, dar algún que otro salto, intentando habitar las zonas de gracia donde los pesos lo arrastren hacia lo eterno.

martes 8 de diciembre de 2009

¿Qué sé?

A veces uno, empujado por el acopio de conocimiento y sabiduría que despliega un autor en algún libro, se siente una pulguilla ignorante. Contra esto, ve entonces alzarse la necesidad de agavillar todos sus saberes e izarlos ante sí mismo, de modo que luzcan con luz propia y digan lo que se espera que digan: “tranquilo muchacho, aquí estamos, también tú, llegado el momento, serías capaz de desplegarnos y alcanzar por lo menos un notable”. Mentira, claro, sobre todo porque en el fondo, dado su diletantismo, a uno jamás le interesó amasar un conocimiento ordenado y sistemático, sino, sobre todo, sensaciones y sentimientos, más que ideas, la doble s que espera siempre de sus buceos en la belleza, todo ese enjambre de libros, películas, músicas, pinturas y demás ralea. Dada mi naturaleza me importa más sentir que saber, aunque el deseo de esto, en otro orden de cosas, pueda ser igualmente infinito.

lunes 7 de diciembre de 2009

La irredención menuda

El polvo, las telarañas, el pelo en los sobacos confirmaban, en la zona menuda de la vida, la imperfección del mundo, y a él, en determinados momentos, podían desazonarlo. Sería mejor, sí, muchísimo mejor, una axila sin residuos capilares, un cuarto sin pilosidades arácnidas, unas baldas sin polvaredas asentadas, además de otras miles de cosas, cuya existencia anunciaban también un mundo irredento.

domingo 6 de diciembre de 2009

Sarandon

Aquella Susan Sarandon, en Thelma y Louise, de pelo rojo cruzando el suelo rojo de un estado sureño de Norteamérica me visita muy a menudo para dejarme fascinado. La estoy viendo, con su pañuelo al cuello, su camisa blanca de tiras, sucia y por eso hermosísima, porque lo que la ensucia es, en expresión que tomo prestada al poeta Ibáñez Langlois, “polvo del paraíso”, un paraíso que se persigue en este caso, el de la libertad en Méjico, y que ella anhela con sus bellísimos ojos saltones. En tales momentos quisiera ser ella, meterme en su piel, sentir lo que ella siente, ver lo que ella ve, amar lo que ella ama, ensuciarme de tierra roja, deseada tierra de libertad lejana y polvorienta.

sábado 5 de diciembre de 2009

Exacto

El adjetivo “exacto” que en varias ocasiones le sirve a José Miguel Ibáñez Langlois en su Libro de la Pasión para definir la, por decirlo así, posición de determinados actos y actores en la pasión de Jesús de Nazaret, su lugar medido y como ajustado a una planilla eterna que Dios tiene de su mano, me llevó enseguida a la reflexión que despliega Hans Urs von Balthasar en sus siete tomos de Gloria. Una estética teológica. Y es que la belleza, nos viene a decir el gran teólogo, es siempre una suma de justeza y reverberación, de forma y esplendor, de exactitud y resonancia, de número e infinitud, y esto lo rastrea él, genialmente, y en clave teológica, a través de la historia en la obra de distintos autores. Es un tema que me apasiona, y por eso pegué un brinco feliz cada vez que Langlois hacía comparecer un “exacto” en su bello poemario, pues algo tiene que ver con ese universo de ideas que me es tan caro del gigante Balthasar.