sábado, 22 de noviembre de 2014

La timidez

El que se dice tímido se desmiente, o mejor, se vence continuamente a sí mismo, como el conferenciante que confiesa serlo cuando está ante el público, es decir, justo en el momento en que está venciendo su timidez confesa, o el actor que también declara serlo aunque se muestra magníficamente inconsecuente al dominarse a sí mismo cada noche en el escenario. Se podrían aducir muchos más casos de “tímidos inconsecuentes”, como Ernesto Sábato, que compareció cientos de veces en programas de televisión y actos públicos. La vida demuestra que la timidez confesada es muchas veces una timidez vencida. Además, va por parcelas: uno puede no atreverse a contar un chiste pero no sufriría nada si en la actuación de un mago éste lo llamase a subir al estrado para colaborar con él en un capítulo de su representación, cosa que le pasó a un servidor. Sin embargo, ¡qué tímido me muestro cuando estoy con mis hermanos y hermanas a la hora de hacer (es decir de no hacer) chanzas y bromas, mientras envidio a mi hermano Pepe y a mi hermana Lucía que lucen total desenvoltura! Ésta mi hermana la pequeña, en una ocasión en que tuvo que inaugurar una obra, sin papel en mano y ante un público no escaso, lo hizo de rechupete: dominó la situación porque en este ámbito no es tímida. El asunto es claro: por un lado se es tímido para unas cosas y para otras no, y por el otro la timidez es un enemigo al que se domina muchas veces.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Los ancianos

No sé cuando pensé por vez primera en mi propia vejez; seguro que después de los treinta y antes de los cuarenta. La imagino alguna que otra vez, sin temor la mayoría de las ocasiones. Lo que sí me hace sentirme temeroso es cuando oigo la opinión de algún mayor quejándose de su vejez, el dibujante Quino, por ejemplo, de actualidad hace poco tras habérsele concedido el premio Príncipe de Asturias de Comunicación: “la vejez es un coñazo”, dijo. No viendo bien y moviéndose en silla de ruedas esto se entiende, claro: “cuando te haces viejo es como si hubiera venido un régimen que te va prohibiendo cosas”, “y no sólo placeres, sino necesidades vitales de moverse”, “un golpe de estado” que da “un fascista”, vaya. Por el contrario, si es otra la experiencia de un anciano mi temor desaparece, la del escritor Ramiro Pinilla, por ejemplo, recientemente fallecido, del que se escribió entre otras cosas esto: “Ramiro Pinilla era un anciano feliz. Pletórico”. Si no tenía graves problemas de salud, cosa que supongo, le era más fácil, como es evidente. Si se está razonablemente bien y uno tolera con buen humor las inevitables goteras de la edad tardía, puede la vejez ser una edad feliz. El arrugamiento físico del que es testigo el espejo no tendría que ser un problema, y no lo es en la mayoría de los casos. Es en la edad última cuando yo percibo una diferencia entre los ancianos que son creyentes y los que no lo son: la esperanza aúpa a los primeros mientras que la falta de ella me parece que mengua a los segundos. Creo que tiene más posibilidades de ser feliz el anciano que es creyente que el que no lo es. Hay cartas que en esta edad ya no se tienen, la de la vitalidad física y el mucho tiempo por delante por ejemplo, y acaso los agnósticos y los ateos acusen más su falta. O a lo mejor todo es mucho más complicado, que seguro que lo es, y será cada anciano y cada anciana el que tenga que contar su historia.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las nueces, otra vez

Debe pensar mi hermano Luis que mi madre pasa grandes apuros para abrir las nueces con el cascanueces usando éste a modo de martillo y no como lo que son, unas tenazas, pues le falta fuerza para hacerlo (como ya expliqué aquí), cuando en realidad se las apaña bastante bien. El caso es que le trajo un útil que diseñó su cuñado José Luis, que en paz descanse, muy apropiado para la operación de partir la nuez: una canasta de mimbre con un cono descabezado de madera en su centro. Sólo hay que coger la nuez, ponerla encima del cono, sujetarla con una mano, y, ¡zas!, golpearla con el martillo de madera que empuña la otra mano. Las cascaras no hay después que apilarlas y recogerlas sino que caen y quedan en la cestilla. Y así cuantas veces se quiera. Mi madre está encantada, todo hay que decirlo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El tiempo

Hubo en mi vida una etapa en la que el tiempo caminó: de los cero a los treinta años. Hubo otra en la que corrió (y cuánto, Dios mío): de los treinta a los 46-47 años. ¿Qué diré de la que vivo ahora dentro de, por ejemplo, diez años? ¿Que trotó? Porque, como ya he dicho en otras ocasiones, desde hace dos o tres años el tiempo veloz pareció agotarse y va ahora al trote, incluso diría que camina suavemente.

martes, 18 de noviembre de 2014

El codicioso

El codicioso roba las almas y las aprieta en sus sobacos peludos y mugrientos, las hace trizas con sus dientes amarillos, las amasa con saliva y las convierte en bolas que suben y bajan con sus juegos malabares. Es hijo del diablo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Amigos

La clasificación de Pla: “amigos, conocidos y saludados”, es una plantilla básica de la que uno parte para añadir matices intermedios y que conforma finalmente un documento bastante largo y complejo. Dentro de la categoría amigos ya puede uno añadir mil ingredientes: está el amigo amigo, tautología que se explica a sí misma y que por tanto no vamos a explicar aquí; el amigo del que uno se quiere descolgar pero que no quiere descolgarse de uno, por lo que en cierto modo continúa siendo amigo; el amigo que nos acompañó en un tramo de nuestra vida y que de haber continuado este tramo la vida entera hubiese sido amigo toda la vida; el amigo aparentemente perdido y que reaparece, lo que indica que la apariencia engaña y que no estaba de ningún modo perdido; el amigo que sí ha desaparecido y uno presume que definitivamente, cosa que uno respeta, pero al que uno seguirá considerando amigo hasta el final de los tiempos; el amigo de la infancia que ya no es amigo en la edad adulta pero cuya sombra es a veces muy alargada, tanto que lo cubre a uno siempre.
La manera que tengo de ser amigo, y esto es cambiar de tema, con mis amigos y amigas es diferente en cada caso. Creo que el factor diferencial es la distinta articulación del binomio cercanía-lejanía, que no se refiere a la intensidad del afecto, grande siempre si de verdadera amistad se trata, sino del modo como uno frente al otro tácitamente nos regulamos a la hora de presentarnos y ausentarnos. Por ejemplo, yo entiendo a X cuando me dice que no me llama porque le parece que me estaría molestando y por lo tanto soy yo el que llama siempre; por distintas razones, también soy yo el que llama siempre a Y, y entiendo que debe de ser así y no me parece mal en absoluto; Z y yo sólo nos vemos cuando viene a Galicia, cosa que ocurre dos o tres veces al año, y entre tanto nunca no nos llamamos ni nos enviamos ningún correo; con Mengano quisiera tener un contacto más continuado y no acabo de aceptar el, a mí parecer, poco que tenemos ahora; no sé qué piensa él a este respecto; en todo caso, he de aceptar el que así es si no puede ser de otra manera; Zutana fue amiga intensa durante muchos, al menos quince, años, y después, por ninguna razón aparente (siempre están, claro, las razones no aparentes), la cosa se desinfló; el hecho de que haya enmarcado recientemente una foto en la que estamos los dos y la haya puesto en una balda de mi estantería blanca significa que la he querido “rescatar”, tenerla ahí. Y así seguiría. De lo que diga en cada caso el binomio cercanía-lejanía dependerá el ritmo que cada amistad tiene.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Blablablá

-Blablablá, blablablá...
(Suso, ten paciencia)
-Blablablá, blablablá...
(Ten caridad también)
-Blablablá, blablablá...
(Que no note que no te interesa nada lo que te está contando)
-Blablablá, blablablá...
(Dios mío, qué mujer)
-Blablablá, blablablá...
(Necesito que alguien me salve)
-Blablablá, blablablá...
(Marcha, tienes además que marchar, es la hora)
-Blablablá, blablablá...
(A ver si mirando el reloj varias veces cae en la cuenta de que tengo que irme, aunque estoy seguro de que no se va a enterar)
-Blablablá, blablablá...
(Me voy, me voy, ¡me voy!)
-Blablablá, blablablá...
-Hasta luego, guapa.

¡Uff! ¡Me fui!

viernes, 14 de noviembre de 2014

Las ventanas

La ventana que da a la calle le es esencial al anciano que está solo. Son muchos los que, arrimados a ella, salen de la estrechez de sus casas a través de la mirada que los lleva a la gente que pasa, a los coches que circulan, al policía que vigila, al kiosquero que vende periódicos, al vendedor de la Once, a los perros que en el parque de enfrente depositan sus heces que después recogen sus dueños. Les puede gustar la televisión pero llega un momento en que ya están cansados o aburridos de ella; estaría bien que a muchos les gustara la lectura, porque entonces se sentirían menos solos, más acompañados, pero aún así son muchas las horas del día y entonces también para éstos es la ventana un respiradero esencial, lo es para todos, también para los que no viven solos y son felices y están bien acompañados. ¿Cuántas son las horas que pasan muchos en sus ventanas y los salvan así cada día?

jueves, 13 de noviembre de 2014

El museo

Recogerlo todo para que nada escape: la vida, ya sabes, es un museo con muchas colecciones, y muchas piezas, y muchos pasillos, no se acaba nunca, y no acabamos nunca los que por ellos andamos, concentrados, distraídos, cansados, curiosos; nada está porque sí, por azar, sino por destino, por elección antigua y siempre nueva, para muchos ojos y muchas manos; los pies nos llevan, el corazón siente y nos rozamos unos con otros, a veces hasta tropezamos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Digámonos sí

Que no, que no quiero hacer prospecciones en tu alma como quien busca petróleo en el fondo marino. No busco nada en ti sino que te busco a ti y por eso mi mirada jamás te penetrará como un cuchillo. Puedes por tanto sentirte a salvo: no es la codicia de poseer sino el ansia -¿el amor?- de conocer lo que me guía. Me detendré siempre en tu umbral, no querré ni podré ir más allá, salvo que tú me invites a entrar. Que salte siempre tu no ante el codicioso pero acaso ganemos algo los dos si a mí me dices sí. El mío, que te abre mi mundo, lo tienes ya por descontado.