domingo, 22 de febrero de 2015

Nacer, vivir, morir

Está tan normalizada la secuencia del existir -nacer, vivir, morir-, que parece que bastaría con dejarnos llevar por su interno ritmo vegetativo para cumplirlo por entero. Y esto es lo que hacemos tantas veces, vegetar, desistir de hacer propia y personal la vida abandonándonos a su decurso estandarizado e inconsciente. Desvegetalizarnos y personalizarnos será después lo que nos insten a hacer las acometidas de la vida, si algo ha quedado en nosotros de espíritu consciente.

(De mi libro Hijo del tiempo, padre de Hyde)

viernes, 20 de febrero de 2015

El ayuno que Yo quiero

El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne (Isaías 58).
 Y nosotros con nuestros ayunitos, con nuestras tonterías.

martes, 17 de febrero de 2015

Una peligrosa izquierdista

Se ha muerto una peligrosa izquierdista. Nunca una mujer conservadora y de derechas supo encarnar tan bien los mejores valores de la izquierda: la honestidad, la solidaridad, la rebelión ante la injusticia, la lucha por un mundo mejor, el trabajo tenaz y bien hecho, el apoyo incondicional a los más débiles, la tolerancia y la práctica constantes de la escucha para aprender y modificar sus opiniones. Y para nosotros, sus hijos, una bendición: un continuo ejemplo de bondad y amor sin condiciones.
Palabras de mi amiga A. sobre su madre, recientemente fallecida. Descanse en paz.

domingo, 15 de febrero de 2015

Alégrate, hermano cuerpo

Camino de Soria, llegué a Madrid a las nueve de la mañana. El tren que me llevaría a la ciudad que baña el Duero no salía hasta las tres de la tarde. Con toda una mañana por delante decidí acercarme al Reina Sofía para ver la exposición antológica de Lucian Freud, uno de los grandes pintores figurativos de este siglo.
Algo en sus retratos y en sus cuerpos desnudos me hizo meditar acerca de un aspecto de la condición del hombre: su constitución terrosa. Y digo terrosa y no terrenal porque el empastado color ocre, rojizo, de esas caras y esos cuerpos, más que una abstracta condición finita sugiere una ligazón profunda con el barro, la arcilla, la tierra, la cual, orgullosa de sí, proclama: “Somos así. No hay nada que ocultar. El barro del que estamos hechos es digno y humilde”.
El arte, cuando acierta en retratar el honor del cuerpo humano, nos lo hace ver como la síntesis ejemplar de todo lo creado, como su cumbre y acabamiento. Claro que el arte moderno ya no busca tan sólo el canon de belleza que buscaban los renacentistas cuando pintaban o esculpían la figura humana. Están vigentes ahora también otras medidas: la sexualidad, la finitud, el encanallamiento, la desesperación, el placer, hijas de un siglo convulso. ¿Cómo no iba a sufrir el diseño del cuerpo humano todos los retorcimientos y desmesuras bajo las que el hombre ha vivido en esta centuria?
¿Sabrá el hombre reencontrar su cuerpo y, más allá de los afeites esteticistas que postulan los profetas del vacío, tratarlo con aquel tono de profunda piedad con que el santo de Asís, gravemente enfermo, lo trató al hablarle en estos términos: “Alégrate, hermano cuerpo”?

(De mi libro El trabajo de vivir. Carta a un amigo andaluz)

viernes, 13 de febrero de 2015

Desnudado por la cámara

Le pedí a una persona amiga que me hiciese unas fotos que necesitaba. Estábamos en su casa. Para que me relajara y me encontrase a gusto delante de la cámara, empezó a hacerme preguntas sobre mi vida, preguntas en verdad íntimas y que yo contesté con algo de apuro pero al mismo tiempo completamente confiado; me sentía “amistosamente” atrapado bajo el foco de la cámara que ella manejaba, siervo de ella, de ellas debiera decir, que se había adueñado de la escena. Lo que nunca jamás me hubiera preguntado en cualquiera otra situación, lo hizo ahora, como si en la cámara encontrase al mismo tiempo una excusa y un aliado; yo, que no veía su cara, me sentía impelido a responder como si estuviera bajo las órdenes de un interrogador profesional a cuyos pies caían los cerrojos de mi intimidad. Entre la perplejidad y el contento, la situación se prolongó mientras duró la sesión de fotos. Todo fue extrañó y al mismo tiempo ligero, sin tensión. Nunca hubiese imaginado que X, tan celosa de su intimidad, acertase a desnudarme con la ayuda de una cámara. Con razón se negaban los nativos de ciertas tribus a ser retratados, temiendo que las fotos les robasen el alma.

jueves, 12 de febrero de 2015

Dios nos prepara para Dios

Medio tenía el purgatorio por un “lugar” en el que la purificación se obraba en nosotros por agentes desconocidos y abstractos, hasta que caí en la cuenta de que, pura obviedad, el sujeto purificador no podía ser otro que Dios. Es el mismo Padre que nos espera con los brazos abiertos en su Reino el que nos limpia para que estemos en condiciones de entrar en él. Dios nos prepara para Dios. Y suspiré aliviado: en el purgatorio no estaremos solos.

martes, 10 de febrero de 2015

Esperanzas menudas

Esperanzas menudas, alegrías modestas, deseos no más grandes que canicas, nos ayudan a vivir, tiran de nosotros hacia delante.

lunes, 9 de febrero de 2015

El hisopo de Xosé

Xosé, mi párroco, cuando asperja asperja pero bien, casi daría que nos ducha pues de su hisopo, que él se encarga de que se cargue bien de agua, nos caen auténticos goterones lanzados por el movimiento enérgico de su mano. No se anda con tonterías, con gotitas, y a mí me parece estupendo.

domingo, 8 de febrero de 2015

Demasiado cerca de mí

“Si yo diera testimonio de mí mismo mi testimonio no sería válido” (Jn 5,31). Como no es válido mi amor cuando se complace en sí mismo y no se alza hasta el origen. Como no es válida mi caricia cuando sólo busca calentar la palma de mi mano. Como no son válidas mis palabras cuando no nacen de la sabiduría y se exhiben orgullosas en el mercado de los hombres. Como no es válido el lacrimoso brillo de mis ojos cuando sólo intentan ser cautivadores. ¡Oh sí, demasiado cerca de mí!

(De mi libro El oficio de un corazón. Diario 1988-1994)

sábado, 7 de febrero de 2015

La ira del manso

¿En qué quedó la mansedumbre de Jesús cuando, al acercarse la Pascua de los judíos y subir a Jerusalén, al entrar en el templo y encontrarlo lleno de vendedores y cambistas, con un azote de cordeles echó a los primeros, junto con las ovejas y bueyes que vendían, y volcó las mesas de los segundos (Mateo 21, 12)? Debo creer que quedó donde estaba, en su corazón, pues no necesitaba salir de él para hacerle sitio a la ira, y ser así la suya la ira del “manso y humilde de corazón” (Mateo 11, 29). La justicia de Dios es la del Dios de la misericordia y la ira de Jesús es la del Jesús de la mansedumbre, del que curó enfermos, resucitó a los muertos, perdonó a los pecadores, del que pone la mejilla para que le abofeteen la otra, del que da también el manto cuando le quitan la túnica, la del que va dos millas con quien le he pedido que vaya una, la del que no resiste el mal y es por ello apresado, flagelado, escupido, burlado, portante de su cruz y en ella clavado, la del que perdona a quienes lo crucificaron. ¿No ha de ser por eso santa y justa la ira del varón de dolores, la del cordero degollado, la de quien, tras resucitar, nos dice “mi paz os dejo, mi paz os doy”? Ira de paz, que no mata, sino que se deja matar.