domingo, 18 de noviembre de 2018

Sigo soñando

Estoy en verdadera racha onírica. La pasada noche fue larga a este respecto. De entrada, me las vi con una camada de cachorros caninos. Eran cuatro y de dos desconfíe por completo y de los otros dos me enamoré al instante. Como no paraban me cansé lo indecible pues mi intención era domarlos para que obedeciesen la voz de su amo. Creo que esta parte del sueño acabó mal, con mis perritos perdidos y muertos en algún lugar oscuro y tenebroso. Aquí, de refilón o al final, se coló la historia de la recomposición salvaje de un perro para convertirlo en una máquina asesina, como si alguien hubiese tratado de transformar un dálmata en un dóberman mortífero.
Después me vine a terrenos musicales. Mi hermana Lucía (ella y mi hermana María siempre están muy presentes en mis sueños) y Toño, su marido, habían reclutado a una especie de hombre orquesta para que actuase de pasacalles en la fiesta del pueblo. Aquí y allá se me cuelan unos flashes en las que lidio con mi ropa, pensando en si me pongo una o si me ponga otra. Tras un giro inesperado, estoy bajando del campanario de la iglesia de mi pueblo por una escalera empinadísima y en espiral que parece haberse estrechado repentinamente. Llamo a mi madre, que se ha quedado arriba, para que baje.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Soñando a lo alto


Mi máquina onírica dio también de sí la noche pasada. En un sueño me veo, creo que en compañía de mi hermana Lucía, en la cornisa de una montaña a la que está prohibido acceder. Hay allí una cueva y en su interior una poza en la que me meto en compañía de alguien más. Quiero disfrutar de su agua caliente y, sobre todo, del desafío que supone hacerlo.
En otro tramo del sueño estoy en lo alto de un inmenso campanario. Desde él veo a media distancia a B. en la copa de un árbol, saltando de rama en rama, hasta que, oh desgracia, se precipita al vacío, se estrella contra el suelo y muere en el acto. M., que estaba haciendo lo mismo, desciende de rama en rama para acudir en ayuda de su amiga pero, oh desgracia, también ella cae y se muere. H. y yo nos dirigimos después a velar sus cuerpos.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La cena


Fueron a la cena para contentar a los anfitriones. El señor de la casa había pescado un buen lote de fanecas y los había convidado a dar buena cuenta de ellas. No era un pescado por el que uno daría la vida, ciertamente, pero estaban al tanto de las buenas artes culinarias de la señora. Y así fue, en efecto. Los había rebozado con una harina especial que dotaba a los peces fritos de una tiesura que permitía a los comensales cogerlos con la mano como si de un pastel se tratara. Estaban además completamente secos, sin rastro de aceite. En vez de los típicos cachelos, habían servido las patatas enteras y sin quitarles la piel. Pero antes no habían faltado los magníficos patés marca de la casa. Y de una bodega tan bien nutrida como la que tenían los anfitriones habían venido los mejores vinos que cabía esperar. A este respecto todo rodó estupendamente.
La conversación discurrió por los temas habituales de los que hablaban siempre que se reunían. Se alababa la comida, el vino, etc. Esta vez, además, las invitadas elogiaron mucho los manteles individuales que había ganchillado la señora. “Cada uno tiene un punto distinto”, dijo. Todos quisieron comprobarlo y se fijaron en que el suyo era distinto de todos los demás. Por lo demás, el cazador volvió a hablar de jabalíes, el veterinario de sus operaciones quirúrgicas y así uno tras otro. Nada fue excitante ni especialmente divertido pero tampoco nadie esperaba que lo fuera. Todos se sintieron cómodos y esto fue más que suficiente.

lunes, 12 de noviembre de 2018

El eremita urbano


Hace unos días soñé que estaba con mis hermanas en una habitación de una ciudad extranjera. No sé cómo habíamos acabado allí pero lo emocionante es que era donde vivía ¡San Juan de la Cruz! ¿Hasta qué punto influyó en este sueño el hecho de que por la tarde, mientras leía la novela El despertar de la señorita Prim, me topé con la expresión “eremita urbano”? Y es que tal era la descripción que convenía a nuestro San Juan de la Cruz. Su rostro traslucía una inmensa caridad, un amor infinito, una cualidad tal que te entraban ganas de arrodillarte y lavarle los pies. Nos abrazó a cada uno de nosotros con un cariño indecible. Sentí que quería ser como él, estar donde estuviese él. Fue un sueño extraordinario.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El pimiento rojo


El color rojo de un pimiento es más hermoso que el de un tomate porque tiene un brillo especial. Cuando merodeaba por la huerta con mi cámara en ristre repare en él. Estaba a ras de suelo y no tuve más remedio que acostarme. Al estirar las piernas mi pie izquierdo se hundió en un charco. “Vale, gajes del oficio”. A través del visor de la cámara, el pimiento me pareció todavía más hermoso y brillante. Pedía a gritos una buena foto y yo estaba dispuesto a hacérsela. Moví la cámara hasta dar con una composición que me gustase y entonces hice “clic”.


jueves, 8 de noviembre de 2018

En el entierro de la madre de B.


A la seis y media ya era de noche y lloviznaba un poco. Con nuestros paraguas abiertos le hicimos un pasillo al coche fúnebre para que pudiera acceder a la puerta del cementerio. Tras las oraciones de rigor, los empleados de la empresa funeraria sacaron el ataúd de la madre de B. y lo transportaron sobre sus hombros hasta el nicho. La calle en la que estaba era muy estrecha y nosotros permanecimos atrás.
A B. le hizo muchísima ilusión que hubiéramos ido a acompañarla sus amigos y amigas de última hora, o mejor, de último año, después que, por iniciativa suya, nos hubiésemos juntado la promoción del 79-83, desde 1º de BUP hasta COU, hacía 13 meses. No era asunto menor que actuásemos de contrapeso frente al entorno hostil que formaba la familia de su cuñado, el más presente en ese momento en el tanatorio. T. me informó que él y su mujer, la hermana de B., habían dejado de hablarle hacía años a raíz de un episodio familiar.
Su madre, que tenía 91 años, había estado los últimos cinco en cama y padecía alzhéimer. Había vivido con una sobrina de B. Ésta había sido el fruto de una violación, la que había sufrido su madre, una mujer discapacitada, a los 18 años. Era la otra hermana de nuestra amiga.
Yo ya conocía al marido de B., un hombre realmente encantador. Le pedí que me presentase a E., el hijo de ambos. Apareció un chico guapo, sonriente, con un semblante muy amistoso. T., que me iba informando puntualmente de todo, me dijo que era igualito al abuelo de nuestra amiga, un hombre de eterna sonrisa que ella misma había conocido.

domingo, 4 de noviembre de 2018

La rosa amarilla


Este año he descubierto que mi flor preferida es la rosa amarilla. A fuerza de verla en la huerta de mi casa durante casi todo el año y de acercarme con mi cámara para sacarle fotos, fui aficionándome a ella cada vez más. Ya estaba seguro de que la rosa es la reina de las flores. Ahora doy un paso más, no para decir que la rosa amarilla es la reina de las rosas sino para guardarla dentro de mí en el lugar más alto.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Las gotas


Las gotas quedan prendidas en el alambre donde se cuelga la ropa. Parecen un enorme ciempiés.

¿Y de qué lado tienen los ojos? No lo sabemos. A lo mejor cada una de ellas es un ojo que no necesita girar sobre sí mismo para verlo todo a su alrededor. 

Imagino que corre por el alambre un ronroneo de agua que constituye su conversación íntima.

Se echarán a volar sobre los rayos de sol si es que no las ha sacudido antes una mano amiga.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Halloween


¿Qué pensará la niña cuándo vea que su madre y su abuela le han traído un disfraz de mono? Todos sus compañeros, en el día de Halloween, o son brujas o son esqueletos. ¿Va a ser ella un mono? Todo dependerá de la fuerza de su carácter. Si se amilana por verse distinta e incongruente, no se lo pondrá. Si se viene arriba en un alarde de brava fantasía, se lo pondrá.
Hoy la reina es la calabaza. La tradición las ha convertido en el juguete de los muertos. Combina bien su color naranja con el color negro de los rapazuelos. Su mueca es terrorífica y han venido para asustar a los adultos. No está mal pensar que la muerte es un niño que lleva una calabaza con una vela dentro.