Ya no es consciente de los “¡ay!” que pronuncia cada vez que
tiene que doblar las rodillas. Acusan el trabajo de haber sostenido un cuerpo
alto y fuerte durante más de setenta años. Ahora tiene setenta y cuatro. Cuando
nos vimos en Madrid el pasado 6 de octubre observé con asombro cuanto había
disminuido la velocidad de su paso: andaba como un ancianito. Por lo demás,
está perfectamente, siendo él tan él. Un amigo le dijo en una ocasión: “De
mayor, serás objeto de peregrinación” “¿Y por qué te dijo eso?” “Por lo rarito
que soy”. En lo que va de año lleva escritas unas ciento cincuenta páginas
sobre El Dios que hay. “Tan embebido
me tiene que durante el verano no he leído nada”. Mientras caminábamos hacia
San Dámaso, junto con ¿Inés?, una monja muy joven que había sido alumna suya,
nos dijo, burlón: “No sé cómo no os planto y me vuelvo a casa para encerrarme
con El Dios que hay”. Me había
explicado meses atrás porque prefería hablar del “Dios que hay” y no del “Dios
que es”.
Alfonso, mi amigo Alfonso, con el ¡ay! y El Dios que hay.
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viernes, 31 de octubre de 2014
sábado, 18 de octubre de 2014
La corrección
Alfonso abrió la puerta y nos dejó pasar a mí y a un joven
vestido con una especie de sotana de color crema. A continuación había otra
puerta y este joven pasó y no hizo lo mismo. Alfonso lo llamó de inmediato con
voz potente:
-Oye, tú, ven, ve aquí.
El otro se da la vuelta sorprendido y parece no comprender lo
que pasa.
-Ven, acompáñame.
Alfonso lo lleva hasta la primera puerta.
-¿Recuerdas? Yo abrí esta puerta y pasasteis tú y mi amigo.
-¿Es usted sacerdote? -pregunta inesperadamente el religioso
como si sólo esta condición afease su conducta.
Alfonso continúa con su amonestación.
-Después tú no hiciste lo propio con nosotros. ¿Te parece
correcto?
-Disculpe señor, tiene usted razón, no ha sido cortés mi
comportamiento.
-Venga, hala, pasa.
Cuando el joven llega a la puerta de salida del edificio, la abre, y, con intención restitutiva, se pone a la espera de que nosotros pasemos primero pero Alfonso, ya complacido, le concede el paso a él. En un aparte y muy bajito, creo oír que me pregunta si Alfonso es sacerdote. Yo asiento con la cabeza. Parece que sigue pensando que su actitud no sería reprochable si Alfonso fuese un laico. ¡Menudo cabeza de chorlito!
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