sábado, 4 de diciembre de 2010

Verdad buena y bella

Cuando la verdad, el bien y la belleza no caminan juntos y alguno se desgaja, se producen dolorosos desequilibrios y hasta prácticas funestas. La Inquisición fue una de ellas. En su caso, fue la verdad la que se elevo por encima de sus hermanos hasta volverse hija única, separada, y por eso loca. Creía hacer el bien cada vez que encarcelaba, torturaba y quemaba a un presunto hereje en nombre de la verdad. Pero esta verdad era solo verdad y no además bondad y belleza. Esto hacía que no fuera en absoluto verdad sino un absolutismo de la verdad. Ésta se había apartado del amor y ya no podía ser verdad, paráfrasis que hago del magnífico dictum de Pascal: “La verdad sin caridad no es verdad”. Jesús acreditó que era la Verdad porque dándose como Vida se hizo Camino para que los hombres llegasen a aquella, es decir a él. Por eso pudo decir de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Cualquiera que proponga la verdad sin abrir un camino hacia ella ofreciendo su vida como testimonio, ¿en qué términos la deja? El ser es uno, y uno y unido hay que mantenerlo hasta el final, si queremos que él nos mantenga a nosotros. Un Absoluto que se revelase como verdad y sólo verdad sería espantoso: tiene que aparecer al mismo tiempo e indiscerniblemente como bueno, y como bello, para que el hombre lo acoja. De otro modo lo aplastaría. La “verdad sola” no salva.

3 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Amén.

Aurora Pimentel dijo...

Ay, Susiño, qué entrada más .... ¿verdad, buena, bonita? Las tres. Un abrazo de Olimpia y yo.

lolo dijo...

...para que el hombre lo acoja.
Por eso, las tres cosas.