miércoles, 15 de agosto de 2012

El trabajo

El verano, no por ser sin más verano sino por ser también la estación de las vacaciones, se propone durar siempre aunque al fin, como las otras estaciones, caduque. Ese anhelo de eternidad que le es propio se lo inyectamos nosotros, porque, con su venida, viene el tiempo del descanso y el ocio creativo, que es lo que en verdad nos corresponde como seres del paraíso. El trabajo, en tanto que tarea “infeliz” (“ganarás el pan con el sudor de tu frente”), nos es esencialmente ajeno. La redención incluye la eliminación de esta condena y la implantación sin límites de la creación gozosa.
Pero la necesidad agudiza el ingenio, también la necesidad de felicidad. Así, las distintas sabidurías han ido dorando el trabajo para que pareciera menos malo de lo que es, hasta el punto de oírnos decir que “si no haces lo que te gusta, consigue que te guste lo que haces”, lo que se me antoja harto difícil, sobre todo si eso que no nos gusta alcanza el grado de horripilante, ya sea por su rutina, por su penosidad o por su dureza. El trabajo que no es tal es el que, por su gozo, haríamos aunque no nos pagasen. Cualquier otro lo es, antiparadisíaco y fruto de la caída original.

2 comentarios:

Angel Ruiz dijo...

Ocio creativo, pero (palabras de JRJ) a la vez 'trabajo gustoso' (JRJ).
Dios trabaja y nosotros trabajamos (y trabajaremos en el cielo: un trabajo gustoso y un ocio creativo), bien que nos cueste tanto ahora.

Pero ya hablaremos de eso la próxima vez.

Suso Ares Fondevila dijo...

Advierte, Ángel, que mi razonamiento se sustenta en la consideración del trabajo en su acepción negativa, es decir, el trabajo no gustoso, el que no realiza al hombre, no lo promueva, no lo hace feliz en definitiva. En este sentido todo lo que no sea trabajo (sudor infeliz) será siempre creación gustosa.
Y bienvenido.