jueves, 23 de agosto de 2012

El Jarama


Uno no sabe a santo de qué la editorial RBA presenta El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (edición de 1995), como una novela que “delata de forma implacable el atroz vacío de una vidas”. Ni esa implacabilidad ni la atrocidad de ningún vacío los vio uno en página alguna. Por un lado tenemos un grupo de chicas y chicos veinteañeros, procedentes de Madrid, que pasan en la orilla del Jarama un domingo de algún verano de los primeros años de la década de los cincuenta, y por el otro el discurrir coloquial entre los propietarios, los clientes habituales y los de paso de una taberna cercana a ese mismo río. Hablan aquellos y hablan estos de temas cotidianos, más livianos unos, menos livianos otros, con perfecta normalidad dominguera. Podrían esperarse toneladas de cotilleo inmisericorde, de cutrez española años cincuenta, del bordoneo de las moscas en torno a las tarteras. Pues no. Estamos ante gentes educadas, sensatas, sin grisalla postguerracivil, con sus penurias y sus alegrías, sus agobios y sus diversiones. A unos les va mejor; a otros peor. Aquel “atroz vacío”, de tenerlo, lo disimulan pero que muy bien. Supongo que, en día de domingo, lo han dejado en casa. Los jóvenes se comportan como jóvenes; los mayores como mayores; el propietario de taberna como un propietario de taberna. Son hasta muy cliché, si se quiere, a tantos años vista. Pero no son marionetas de ninguna ideología vacíoexistencialistadepostguerra, y si lo son el que esto escribe no se ha enterado. El final termina con tragedia, sí, pues una de las chicas muere ahogada en el Jarama. Pero no es la típica desgracia que espabila a quienes estaban presos en un marasmo vital. Lo que ocurre es que, entonces como ahora, la gente puede morir ahogada un domingo de verano.

2 comentarios:

Inmaculada Moreno H. dijo...

Me encanta que seas crítico. Hace falta, es urgente en el mundo del arte. Hay demasiado papanatas por ahí repitiendo tonterías sólo porque aparecieron escritas en tales papeles o porque las firmó alguien determinado.
Saludos

Suso Ares Fondevila dijo...

No concebiría no serlo. ¿Se puede ser hombre sin ser crítico, es decir, evaluador, con los sentidos y la mente muy abiertos?
Saludos.