viernes, 29 de marzo de 2013

José, el esposo de María



La persona que yo querría conocer en primer lugar (tras Dios Padre, Jesús, el Espíritu y la virgen María, naturalmente) en el cielo, si Dios tiene a bien llevarme a él, es a San José, el padre adoptivo de Jesús. ¿Qué sabemos de él? Por el evangelista Lucas, lo siguiente: que era hijo de Elí, del linaje de David; que fue a Belén de Judea desde Nazaret para ser empadronado con María, su esposa; que, al no encontrar sitio para ellos en ninguna posada, tuvieron que pasar la noche en un pesebre, en la que María, a la sazón encinta, dio a luz a Jesús, al que adoraron los pastores del lugar, tras ser avisados por un ángel y acudir presurosos; que fue con ella al templo a presentar a Jesús, donde un hombre llamado Simeón los maravilló por las cosas que les contó de su hijo y que les dio su bendición; que un año, al volver de Jerusalén, a donde habían subido por la fiesta de Pascua, se dieron cuenta de que Jesús, con doce años, no estaba con ellos, que lo buscaron y lo encontraron en el templo discutiendo con los doctores de la ley, que lo amonestaron por haberse quedado allí sin avisarlos, lo que les había causado gran angustia, a lo que él respondió que por qué lo buscaban, ¿acaso no sabían que tenía que atender los asuntos de su Padre?, cosa que José y María no comprendieron. Por el evangelista Mateo, esto otro: que fue engendrado por Jacob; que, habiendo desposado a María, supo que estaba embarazada no habiendo ellos todavía comenzado a vivir juntos, por lo que, siendo un hombre justo, había decidido repudiarla en secreto para no infamarla; que se le apareció en sueños un ángel del Señor que le puso al tanto de lo que sucedía, de modo que recibió a María en su casa, la cual dio a luz un niño al que puso por nombre Jesús; que en ocasión distinta se le volvió a aparecer otro ángel para avisarle del propósito de Herodes de encontrar y matar a Jesús y que debían por tanto huir a Egipto; que se le volvió a aparecer para comunicarle que Herodes había muerto y que podían volver a Israel, donde, dado que tuvo miedo de establecerse en Judea porque gobernaba Arquelao, el hijo de Herodes, fue avisado por revelación en sueños de que se fuese a vivir a Galilea, en la ciudad de Nazaret. Y esto es todo: de san José ya no se vuelve a hablar más en los evangelios. ¿Debíamos esperar su mención allí donde aparece María, especialmente en las bodas de Caná, si es que era costumbre invitar a los dos cónyuges y no a uno solo, en este caso a María? ¿No pudo ir, se había ya muerto? ¿Es más que comprensible que no se le mencione, cuando, estando Jesús predicando, le dicen que su Madre y sus hermanos han venido a buscarle, o cuando se habla de que los suyos habían venido a prenderle pues decían que estaba fuera de sí, dado que tendría que estar en su carpintería, trabajando? Nada se nos cuenta, nada sabemos. De acuerdo con el plan de Dios, acaso de José no se tenía que volver a hablar pues ya quedaba escrito todo lo que necesitábamos saber de él en el orden de la salvación.
San José queda en perfectas condiciones para que pase a otras manos: las del orante, las del pintor, las del escultor, las del poeta, las del novelista. Es un personaje que pide a gritos -mejor a silencios- ser poetizado, novelado, imaginado, meditado. Cuánto se podría decir de él como padre de Jesús, como esposo de María, como hombre judío de su tiempo, como carpintero, como justo, como hijo de Israel que esperaba al Mesías. San José dulce, san José silencioso, san José humilde, san José trabajador, san José santo...

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