lunes, 12 de septiembre de 2011

Camerún 13: los celos


La señora T. nos esperaba en el sitio acordado y desde él nos condujo después a su casa, moto en ristre a través de los maizales. Le había pedido a Emilio que fuese a hablar con su marido porque, llevado por los celos, no la dejaba acudir a la parroquia. Una visita pastoral impensable en Europa se impuso en Maroua, visita que tuvo que ser, entiendo yo, aleccionadora por un lado, admonitoria por otro y finalmente rogativa. Sea lo que fuere lo que Emilio le dijo al señor T., el veto marital, tan rancio, se desvaneció.
Medio en broma medio en serio, Emilio nos comentó después que ciertos maridos no dejan salir a sus mujeres para que no hagan lo que hacen ellos. ¡Perfecto funcionamiento del mecanismo proyectivo!
Espero que siga levantado el veto del señor T., y así continúe para siempre.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Camerún 12: los niños

Siempre niños, gritando “un cadeau, un cadeau” (un regalo) o “nassara, nassara” (blancos). En unos casos parecían emerger de súbito, de entre los maizales o los campos de mijo, y en otros estaban en la linde de los caminos, al pie de sus casas de adobe, jugando. Si llevábamos con nosotros cacahuetes, los riquísimos cacahuetes de Camerún, les dábamos unos cuantos a cada uno. En una ocasión, cuando volvíamos del mercado de Tourou, un pueblo donde las mujeres de la etnia gudugur se sombrerean con una media calabaza que previamente han pulido y pintado, un grupo de niños se mostró especialmente osado, colgándose de la rueda de repuesto de nuestro 4x4, cosa que no estaba exenta de peligro. Aquí no hubo puñado de cacahuetes sino embestida por parte de Emilio, que sabía que sólo nos desharíamos de ellos si les dábamos un poco de su propia medicina, un buen susto. Pisó el acelerador marcha atrás y allá que se largaron escopetados los niños acosadores. A toda prisa nos fuimos después, para que no nos alcanzasen y volviesen a la carga.
Los niños del barrio, los de Doualaré, tal es su nombre, en los terrenos de la misión encontraban amplia cancha para sus juegos y curiosidades. De éstas, como es lógico, fuimos nosotros especial objeto los primeros días tras el de nuestra llegada. A ella correspondimos con igual curiosidad y sin más interés -y en este sentido con todo interés- que conocer a quienes querían conocernos. No soy especialmente niñero y el niño negro no me cautiva más que el niño blanco: yo sólo veo al niño. Por allí se movían Ahmed, Ababiki, Yibrila, Yusufu, Garga, Arafat, Chantal, Aliud… Dada su corta edad, todavía no se encuentran muy acuñadas su personalidades por la sociedad y la cultura en la que crecen, y en este sentido se puede decir de los niños que son iguales en todo el mundo, afirmación que ya no haríamos con respecto a los viejos, los adultos e incluso los jóvenes.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Camerún 11: ¡alaben su nombre con danza!

En la misa del domingo 7 de agosto Camerún me dio ocasión de cumplir lo que dice el Salmo 149 en su versículo 3: “¡alaben su nombre con danza!” Marcel, un adolescente, tocaba la batería y Amaduyán, un treintañero, los tambores. Delante de ellos, la fila del coro se balanceaba y aplaudía al son de la música. No tardé yo nada en sumarme al balanceo y batir palmas. Si de este vaivén hubiesen pasado a ritmos más vivos, creo que tampoco me hubiese retraído. Si llevas en tu corazón la fibra del baile, todo es cuestión de dejarse llevar, soltando corsés y amarras. Si llevas la de Dios, ¿no hay que hacer lo mismo?

martes, 6 de septiembre de 2011

Camerún 10: las risas

Él y ella soltaban sus risotadas como quien lanza de súbito una bomba, al igual que las que Hollywood nos mostraba en sus películas clásicas, aquellos negros del “señorito” o “señorita”, la Mammy por ejemplo de Lo que el viento se llevó o tantos otros. Esto, que parecía que los entontecía y volvía ridículos, no puedo de ningún modo verlo ya así, pues son las carcajadas de X., de Y., apenas necesitadas de un motivo para brotar orondas y explotarte en el pecho.

Camerún 9: la tormenta

Una fenomenal tormenta convirtió la calle en un río y el patio en un lago, un espectáculo necesitado de espectadores, nosotros, acomodados en las butacas que previamente habíamos colocado en el porche. Estos momentos removieron mi memoria cinéfila y me trajeron Mogambo, si bien no sé por qué dado que no se ve en la película ninguna escena de este tipo. El caso es que yo me la inventé y senté a Clark Gable, con su sahariana y su pipa, en nuestro porche al lado de Ava Gardner, en situación ya de poder contemplar las tormentas del cielo tras haber soportado y vencido las de sus azacaneados corazones.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Camerún 8: siéntate y escúchame


Durante la lectura del evangelio la gente permanece sentada. Si nosotros, de pie, subrayamos el respeto, ellos, sentados, subrayan la atención. Así es como conversamos, leemos, vemos una película, asistimos a un enfermo, todo lo que exige calma y concentración, las mismas que, muy aumentadas, necesitamos para escuchar la Palabra de Dios.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Camerún 7: cariátides


Con su carga sobre la cabeza, la espalda muy recta y un caminar sujeto a un ritmo pausado, que nunca cambia, parecen cariátides. Son las mejores modelos, con el paso más elegante, más saludable y más bello que yo he visto nunca. Su coste, el no poder distinguir a los africanos y las africanas por su manera de andar, igual en todos, es ínfimo frente a la visión de la espectacular pasarela que constituyen los caminos de África.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Camerún 6: la moto

Entiendo ahora la pasión de los moteros: sin barreras para el azote magnífico del aire, andar en moto constituye una de esas experiencias físicas que te otorgan una sensación de libertad, la misma que experimentas cuando alcanzas la cumbre de una montaña o te bañas desnudo en el mar. En dos ocasiones hicimos un viaje largo en moto, yendo Ana en la de Emilio y yo en una mototaxi. En el más largo, unos 60 kilómetros, el objetivo era llegar hasta la aldea donde había nacido Simon, el mototaxista, un feligrés de la parroquia. Quedamos a las puertas, a 9 kilómetros, debido al mal estado del camino tras el paso de una tormenta. Ana y yo, subyugados por la experiencia motera, comenzamos a fantasear sobre la idea de recorrer África en moto.
Al atormentado cura de Ambricourt, protagonista de la novela Diario de un cura rural, de Bernanos, de camino hacia Mezargues, donde morirá de cáncer de estómago completándose así su vía crucis, se le concede la experiencia de la felicidad física propia de la juventud, que nunca había conocido. Monsieur Olivier, tras aparecer con su moto, lo invitó a subir. Nuestro protagonista describe después su experiencia en los siguientes términos: “La gruesa voz del motor se fue elevando paulatinamente hasta dar tan sólo una sola nota de extraordinaria pureza (…). El paisaje no parecía echarse sobre nosotros, sino abrirse por todas partes (…). El viento levantado por la carrera (…) se había convertido en un vertiginoso pasillo, un vacío entre dos columnas de aire removidas por una velocidad vertiginosa”.
A la vuelta de nuestra excursión, bajo un cielo encapotado, la llanura que se extendía a ambos lados nos regaló su plenitud, envuelta en una luz gris y violeta. Lo que andando se hubiera gustado de una manera en moto se hizo de otra, convertido el mero aire en puro viento. El espíritu de aquel estupendo spot publicitario de la marca BMW, en el que sólo se veía el brazo del conductor columpiándose en la brisa mientras avanzaba a través de un paisaje montañoso y que finalizaba con un “¿te gusta conducir?”, describiría muy bien lo que yo sentí aquella tarde en la que volvíamos de nuestra excursión.
El deseo de que mi amigo Stefan, entusiasta motero, me lleve a más de 100 kilómetros por hora en su moto ha quedado ahora abierto.

martes, 30 de agosto de 2011

Camerún 5: Ahmed

Un día trajo a Baba, su hermanita, para que la conociésemos. Aprovechaba las vacaciones para trabajar en el mercado confeccionando camisas y ganarse así unas cefas (francos de las antiguas colonias francesas). Con ellas se compró una bicicleta. Un día estaba con un amigo delante de casa. Éste practicaba unas volteretas laterales y yo quería fotografiarlo en el momento en el que las piernas apuntan hacia arriba, por lo que le pedí que las continuase haciendo hasta que lo lograse. Entonces Ahmed solicitó la atención de mi cámara y sin más fuerza que el propio impulso pegó un salto mortal hacia atrás que yo capté en el momento del giro, en pleno vuelo.
El que se distingue es distinguido: lo era Ahmed, este adolescente de 12 años del que estoy hablando, que enseguida nos cautivó a Ana y a mí por su belleza, su discreción, su atención respetuosa, su aseo exterior e interior, su inteligencia. Me gusta imaginarlo como un príncipe, humilde, dulce, magnánimo, que pasa invisible por el mundo excepto para aquéllos a los que se quiere dar a conocer.
Como muestra de amistad le regalé una pequeña linterna que había llevado. Ojalá, Ahmed, que sigas creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

domingo, 28 de agosto de 2011

Camerún 4: la abundancia de la juventud

Una de las cosas que enseguida salta a la vista en Camerún es su juventud, que es también la de África, Sudamérica y Asia. Infantes, niños, adolescentes y jóvenes rebosan en cantidad tal que España, y Europa en general, queda humillada al instante por el agravio comparativo. Somos un continente envejecido, que no engendra hijos, triste Europa sin sangre joven en sus venas. África nada en la abundancia de su juventud, que uno desearía que no se perdiese y fuese uno de los motores de su desarrollo en todos los órdenes, sin copiar modelos y actitudes de esa juventud europea que se ha dejado engatusar y atrapar por un materialismo que le ha robado el alma y el ánimo. Vargas Llosa escribía en un artículo sobre China lo siguiente: “A muchos de ellos (intelectuales, académicos y escritores chinos) los escuché quejarse del poco o nulo interés que mostraban los jóvenes -sobre todo los mejor formados- por la vida cívica, la cultura, y, en general, por todo lo que fuera desinteresado y espiritual, como la filosofía, el arte o la religión (…). Todos parecen obsesionados con alcanzar una buena formación técnica y profesional que les abra las puertas a las grandes transnacionales y sus jugosos salarios o a los puestos administrativos, ahora también magníficamente dotados. A uno de ellos le oí murmurar, haciendo una mueca tristona: ‘Hoy apenas habría un puñadito de muchachos para manifestarse en Tiananmen’. La gran mayoría sólo aspira a ganar dinero, mucho dinero, y vivir mejor”.
Ojalá que en el futuro nadie se vea obligado a escribir algo parecido sobre los jóvenes de África.

sábado, 27 de agosto de 2011

Camerún 3: Michel

A la mañana siguiente de haber llegado a Maroua se personó Michel, al que supusimos amigo de Emilio. Bajo este supuesto, y una vez metidos en conversación, le dimos a petición suya nuestros números de teléfono y correos electrónicos. Pero no tardó en surgir la primera rareza, no recuerdo ya si aquella misma mañana o a la siguiente. Nos escribió una carta a Ana y a mí que nos entregó allí mismo. Me la dirigía a mí pero en el remite había escrito los nombres de ambos. Nos pedía el disco duro de un ordenador, refería la fecha en la que había obtenido el título de bachillerato y otro ramillete de cosas extrañas. Ana, entre el humor y el enfado, me contó lo que creyó todo un descaro por su parte, si bien al mismo tiempo lo disculpaba pensando que acaso lo había comprendido mal. Digamos que la requebró pasándose un pelín o más que un pelín. Más tarde nos aclaró Emilio que Michel era un pesado visitante diario y, para decirlo todo, un borderline. Vestía siempre traje y corbata de color negro y calzaba tenis, toda una estampa coronada por su cara, en la que Ana adivinaba un fondo de tristeza. “Un pobre infeliz digno de lástima” fue en lo sucesivo el modo bajo el que lo contemplamos. Mientras tanto él seguía con sus planes. Estaba preparando una fiesta para el viernes de esa semana en la que habría muchísima cerveza. Nosotros ya nos batíamos en retirada pensando cuál sería la excusa que nos inventaríamos para no ir. El broche final, que nos descuajaringó, fue cuando dijo que un día se presentaría en nuestras respectivas casas en España, donde, tras abrir nuestras puertas y verlo a él, saltaríamos de alegría exclamando “¡oh, Michel!” Y aquí soltó su última perla: “nous serons ensemble”. ¡Hasta yo lo entendí sin que cupiera ninguna duda! Ana se metió en casa presa de un ataque de risa y yo me contuve como pude quedándome fuera con él. Con el “nous”, ¿a quién se refería? ¿A él y a Ana, o me incluía a mí también? Más de una vez nos burlamos cariñosamente de Ana a cuenta de Michel: si la requería en amores, ¿por qué no le hacía un poquito más de caso? y más cosas por el estilo. Ana se sumaba al jolgorio, si bien las frecuentes visitas de Michel acabaron por traerla un poco frita, y no dejaba de recordar que, por más simple que fuera, había sido un descarado.
Recordándolo ahora, sólo puedo decir, ¡pobre Michel!

jueves, 25 de agosto de 2011

Camerún 2: Emilio

Al volver del viaje sentí nostalgia de Emilio. Fui consciente entonces de que había sido el centro del viaje, la palanca, el prisma: desde él alcancé las realidades que me circundaron, punto fue de apoyo para saltar y sumergirme en ellas, a través de sus ojos las vi. Pero más importante que todo esto fue reencontrarnos como amigos, sentir de nuevo el fuego de la amistad, recuperable siempre porque las brasas nunca se extinguen. El hábito de la conversación íntima lo habíamos perdido un poco, o al menos así me lo pareció a mí, y por eso me sentí al principio incómodo cuando nos retiramos a hablar. Pero el tono se avino a ser el de siempre, el que colorea cada relación amistosa y le otorga su singularidad. Aun a riesgo de ser cursi diré que hice morada en él, al igual que la hizo él en mí, para seguir siendo lo que nunca habíamos dejado de ser: grandes, necesarios, íntimos amigos.

martes, 23 de agosto de 2011

Camerún 1: estuve

Se puede ver sin llegar a estar. La vista es parte de algo más grande y profundo, la estancia, sólo posible si algo, o mejor, alguien nos arraiga allí donde vamos. No sólo vi sino que estuve en una zona de Camerún gracias a mi amigo Emilio, misionero en este país africano desde hace cinco años, concretamente en Maroua, una ciudad de doscientos cincuenta mil habitantes situada en el norte, entre Nigeria y Chad. Un lugar es lo que son sus moradores. Sin el contacto con los segundos no hay arraigo en el primero. Al presentarnos y darnos a conocer a amigos, parroquianos y conocidos, sin más barreras que las exigidas por la educación y el respeto, hizo posible que Ana y yo fuéramos algo más que turistas que pasan y sólo ven: viajeros que, en su paso por el lugar, echan las raíces que nunca echarían los primeros.

viernes, 22 de julio de 2011

Lucidez y misericordia

En una charla veraniega, hace ya más de veinte años, le preguntaba yo a Monseñor Uriarte, hoy obispo de San Sebastián, hasta qué punto le es lícito a la iglesia administrar bautismos, primeras comuniones, confirmaciones, bodas, a personas cuya idoneidad cristiana apenas cumple los mínimos. Me contestó que la iglesia no sólo tiene exigencias de lucidez sino también entrañas de misericordia. La respuesta es la adecuada, claro, pero nos lleva a otra cuestión: ¿cuánta lucidez hay que exigir al que pide el bautismo, la primera comunión y la confirmación para su hijo o hija, o a los que quieren contraer matrimonio? Sirviéndonos de porcentajes, ¿valdría un 1% de lucidez cristiana, recayendo el 99% restante en la misericordia de la iglesia? O, por seguir con otro ejemplo numérico, de un test de 100 preguntas, ¿vale con que se sepa una pues las otras 99 las asume supletoriamente la iglesia? ¿Qué equilibrio debe mantenerse entre la exigencia de la lucidez y la generosidad de la misericordia? ¿Qué mínimo de fe informada y formada debe exigirse, por debajo del cual toda concesión sería una claudicación? Recuerdo el comentario de una persona con respecto a este tema: “la iglesia no puede administrar los sacramentos como quien regala rosquillas”.

jueves, 21 de julio de 2011

Volverán


Corría el mes de mayo de 2006 e iba camino de Toro a pasar unos días con un amigo. Las lindes de la carretera estaban llenas de amapolas, al igual que los alrededores de la villa zamorana. Me llevaron a las de mi infancia, cuando poblaban la huerta de mi casa y demás lugares del entorno inmediato y  no inmediato, campo a través por el resto de Galicia. Pasaron los años y fueron desapareciendo hasta que lo hicieron del todo. De esta ausencia mi mente me llevó a otras, la de las mariposas, los ciervos volantes, los murciélagos, las golondrinas, las luciérnagas. “¿Qué se hicieron?”, me preguntaba por entonces con el verso manriqueño. Unas y otras razones las fueron expulsando de nuestro hábitat. Este año hicieron acto de aparición dos o tres amapolas; grande fue mi sorpresa. ¿Tendré ahora que ponerme becqueriano y cantar: “Volverán las rojas amapolas…? Ojalá, y también las mariposas, los ciervos volantes, los murciélagos, las golondrinas, las luciérnagas…

martes, 19 de julio de 2011

Terror incivil


Una guerra “limpia” sería aquélla en la que, una vez que se abate al enemigo, el vencedor no se ensaña con él, evitando posteriores violencias, torturas, pillajes, venganzas. Como a enemigo se le derrota pero como a hombre se le respeta, y como tal es tratado en tanto que permanece prisionero.
La guerra civil española fue puro terror incivil, abyecto, atroz, implacable, como yo nunca hubiese imaginado y del que ahora sé algo gracias al libro El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston, quien, provincia por provincia y casi pueblo por pueblo, da cuenta de cómo se mato, a quién se mato, por qué se mató, tanto en un bando como en el otro, si bien este “tanto… como” no señala ninguna simetría que reparta culpas por igual: en el bando de los rebeldes, con los abominables Queipo de Llano, Mola y Franco a la cabeza, se planteó como principio y norma una guerra de terror y exterminio de cuanto oliera a “rojo-masón-judío-bolchevique”, mientras que en el bando republicano el odio aniquilador se practicó desde abajo, obra sobre todo de anarquistas y milicianos, a los que el Gobierno de la republica muy a duras penas pudo contener, entre otras causas porque todo el aparato policial y de seguridad del Estado se vino abajo a raíz del golpe.
El horror se dio el placer de campar a sus anchas, sobre todo el diseñado y puesto en práctica por aquel monstruo tricéfalo y sus secuaces, y al que respondieron las cuadrillas anarquistas y milicianas. Desconocía que “nuestra” guerra hubiese alcanzado tales grados de espanto y crueldad. Tenía necesidad de saber cómo se había desarrollado. Ahora ya lo sé.

lunes, 18 de julio de 2011

El polvo de la huida


Sucio su rostro por el polvo de la huida, los ojos sobresalientes de Louise se fijan en los que, apostados tras una ventana, la miran, pareciendo que preguntan: “¿qué buscas, quién eres, Louise?” Es un momento quieto, cumbre, roto bruscamente por Thelma, que, tras el atraco que acaba de cometer, corre hacia ella al tiempo que a gritos la urge a encender el Ford Thunderbird. Continúan su huida hacia el sur, rojas, sucias, bellísimas.

Sozinho


Palabra para guardar, sozinho, de un tierno portugués.

domingo, 17 de julio de 2011

Henos aquí


Del dicho (el blog) al hecho (el bloguero) no hay mucho trecho. Así me lo pareció tras conocer a Ángel, Aurora y Cristina, amigo y amigas hoy muy queridos. Y no fue mucho porque, habiendo ganas por ambas partes, surgió un “heme aquí” que sin dilación se convirtió en un “henos aquí”, en el que seguimos, ahora ya del hecho al dicho, del amigo a sus palabras, siempre pontífices.

viernes, 15 de julio de 2011

La Coquito

Nuestra estancia en Sangenjo se debió principalmente a que mi hermano quería que mi madre se beneficiase de las aguas del balneario de La Toja, en cuyo casino trabajaba por entonces como crupier. En una ocasión le presentó a Iliana Ross, más conocida por Coquito, actriz cubana que tuvo sus quince minutos de gloria gracias a una película setentera de Pedró Masó titulada precisamente La Coquito (1977). Años después, una noche en la que La Primera proyectó la película, mi madre, al verla, la reconoció y exclamó toda contenta: “¡Anda, si es ella, Coquito, la que me presentó Rodrigo en La Toja!” El contento le duró lo que duró la película en mantenerla vestida. La electrocución sináptica que tuvo lugar en el cerebro de mi madre al juntársele la Coquito de La Toja con la Coquito que en ese momento veían sus ojos bien pudo originar una supernova.

jueves, 14 de julio de 2011

Anda y te contaré un cuento

La última pregunta, tras la puesta al día del estado de mi salud, la espero siempre con temor. “¿Y cómo andamos de ejercicio físico?” “Pues andar, lo que se dice andar, no andamos, doctor”. Y una vez más sale de su boca la amonestación recordatoria de los efectos saludables que tendría sobre mí al impedir el anquilosamiento de los músculos, dando más fuerza a la función sanadora de los fármacos y ayudando así a reducir el cortisol a sus parámetros normales, etc., etc., etc. Yo salgo después de la consulta seguro una vez más de que no voy a seguir su recomendación, dado el aburrimiento que me produce andar, y más si se trata de hacerlo una hora cada día. ¡Qué horror! En la última consulta sin embargo, encontrándome yo muy eufórico, llegado el momento del “¿y cómo andamos…?”, le pregunté: “¿cuál sería el mínimo suficiente?” “Una hora cuatro días a la semana”. “Bien”, me dije con alivio. Seis horas en seis días se me habían presentado siempre como una cuesta imposible de subir, pero cuatro, cuatro sí que podría, martes, jueves, sábado y domingo, reduciendo el tramo de la siesta.
Esto ocurrió a principios de mayo y de momento estoy ganando la batalla, gracias a una bendita idea que me permitió sacarle partido a la hora andadora y vencer así el aburrimiento: descargar cuentos, pasarlos a mi mp3 y, con el pinganillo en la oreja, pies para que os quiero. Con la compañía de Chéjov primero, y con la de Maupassant últimamente, se mueven mis piernas muy felizmente gracias a la deliciosa voz de Alba (www.albalearning.com), que me lee con primor los cuentos. Horas andantes chejovianas, horas andantes maupassantianas, horas andantes contadoras, las que me esperan. “¿Y cómo?”, me preguntará don Francisco. Y le contaré un cuento.

martes, 12 de julio de 2011

Hey, hey, my, my

Aquellos quince días de mi infancia que pasamos mi madre, mi hermana Lucía y yo, en Sangenjo, en el piso que tenía alquilado mi hermano Rodrigo, quedaron indisolublemente ligados al Hey, hey, my, my de Neil Young, uno de cuyos discos, entre los muchos que tenía mi hermano, era el que más pinchábamos. Durante años, si por un motivo u otro se activaba este recuerdo, de inmediato Sangenjo, el verano, la playa, el calor, la piel bruna, el olor de los aceites protectores, se volcaban sobre el presente envueltos por el Hey, hey, my, my con profunda emoción. La remembranza era una, introceable: no venían por un lado los untuosos días de sol y playa y por otro el estribillo de Neil Young, sino todo a un tiempo.
El paso de los años ha desgastado el vigor proustiano de este recuerdo, vaciándolo de encantamiento y mitología. Su misión, la que fuese, ya se ha cumplido, aunque, quién sabe, acaso algún día me arrebate de nuevo.

Katherine Hepburn


Más tendría que saber del arte interpretativo, del cine, del teatro, de los actores y actrices, del ser humano, de la mujer, para poder decir: “el quid de Katherine Hepburn es éste”. Pero no, no daré con él y no tendré palabras para explicar quién y qué es la princesa de Connecticut y así dar cuenta de mi fascinación por esta mujer, vencedora siempre en los rankings de las mejores actrices de la historia del cine. Julián Marías, en una de aquellas páginas del suplemento del ABC en las que escribía sobre cine, habló del “misterio de la Garbo”. Katherine Hepburn, al contrario que la actriz sueca, no es una esfinge misteriosa sino un rostro transparente, tan transparente que lo atravesamos sin darnos cuenta y sin que nada de ella quede en nuestras manos. ¿Será éste su quid, su misteriosa -ahora sí- transparencia, esquiva a toda palabra? ¿Y si estuviera en el origen de ella su libertad, que sería “la marca Hepburn”? Ángel Fernández-Santos, el grandísimo crítico de cine de El País, fallecido en el 2004, escribió sobre ella: “Hepburn logró el prodigio de trazar en la pantalla, con nitidez inigualable, un rasgo definidor del oficio profundo del comediante. No un rasgo adjetivo, sino (insisto) sustantivo, nada menos que el trazado gestual de la conquista de la libertad. Sólo Charles Chaplin alcanzó esta proeza de su oficio con mayor concisión que ella, pero no con mayor precisión” (La mirada encendida). Palabras mayores de un crítico sin igual acerca de la reina de la interpretación.
Sus interpretaciones son enormemente generosas, en las que no se vislumbra ningún rastro de técnica porque ésta ha sido interiorizada por completo. Decir de su arte que fue contundente o rotundo sería equivocarse de cabo a rabo, porque no es lo macizo lo que la caracteriza sino una frescura y viveza de grado superior. La ves, y te preguntas sin hallar respuesta: “¿cómo, de qué manera es lo que es, sobre qué tipo de resorte vital tiene tan completo dominio?” Acaso Fernández Santos acertó de lleno: la libertad.

lunes, 11 de julio de 2011

Ellas 2

Barbra Streisand: diamantes hialinos son sus cuerdas.
Edith Piaf: glorifica las erres.
Luz Casal: eso que masca, ¿es flor de harina?
Luna, gata, terciopelo: ¡Ana Belén!
Mercedes Sosa: erige catedrales con su voz de caverna.

viernes, 8 de julio de 2011

En una piedra blanca


¿Quién querrá ser Nadie en estos tiempos del Yo, para recibirlo del Nombre-Sobre-Todo-Nombre en una piedra blanca?

martes, 5 de julio de 2011

Thelma y Louise


Una road movie es una soul movie. Al paso de un horizonte que cambia, el alma se muda, crece. Esto es lo que siempre pretendieron este tipo de películas, entre ellas Thelma y Louise. Desde la última vez que la vi, hace ya un montón de años y era la cuarta, creo que no perdió nada de su fuerza, sobre todo la parte final de su metraje. Geena Davis siempre podrá decir: “yo fui Thelma”, y Susan Sarandon: “yo fui Louise”, que es tanto como decir: “saltamos al vacío y encontramos la libertad”. ¿O es que significa otra cosa ese final en el que, lanzadas al vacío del Gran Cañón, se congela la imagen y su Ford Thunderbird (pájaro del trueno) queda suspendido en el aire?

viernes, 1 de julio de 2011

El enfado de Consuelo


-Ímosche traer unha tele. Así distraeraste e poderás ver á misa os domingos-, le decimos mi madre y yo a Consuelo, su prima, encamada en una residencia de ancianos desde hace algún tiempo.
-Deixa, Pilariña, a min Deus non me quere. ¡É tanto o que levo padecido!
-Pero qué dis, Consueliño, Deus está cos que sufren, cos enfermos, cos pobres-, la amonesta cariñosamente mi madre.
El rostro de Consuelo refleja el desánimo oscuro en el que anda sumergido su espíritu.
-Estás anoxada con Deus-, le digo.
-Estou, sí. ¿Con quén se non?
El santo Job nos ampara en tales momentos: él abrió la veda para la queja ante Dios, cuya amorosísima abbaidad es la que permite, y hasta espolea, nuestros sufrientes y amargos reproches, porque tras ellos, en el fondo, se oculta un “yo te bendigo, Padre”.

jueves, 30 de junio de 2011

El arte de fotografiar


La fotografía, a diferencia del resto de las artes, es técnicamente fácil. Con tomar una cámara, ponerla delante del ojo y disparar está todo hecho. Esto hace muy probable, por no decir certísimo, que en los millones de álbumes, analógicos o digitales, que en el mundo hay podamos encontrar una gran fotografía, que no desmerecería al lado de las de los grandes fotógrafos, una foto que un inexperto buscó y le salió en unos casos, otra que simplemente se disparó al azar en otros, o la de alguien que, sin buscar nada, pretendiendo algo simple, fotografiar a un anciano por ejemplo, obtuvo algo que de simple no tenía nada. Sería muy interesante organizar una exposición con estas fotos maestras “por casualidad”, escogidas de entre la millonaria cantidad de ellas que anda repartida por los millones de álbumes anónimos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Del infierno y del cielo


“En el cristal de un sueño he vislumbrado
el Cielo y el Infierno prometidos:
los colores y líneas del pasado
definirán en la tiniebla un rostro
durmiente, inmóvil, fiel, inalterable
(tal vez el de la amada, quizá el tuyo)
y la contemplación de ese inmediato
rostro incesante, intacto, incorruptible,
será para los réprobos, Infierno;
para los elegidos, Paraíso.
(Jorge Luis Borges, del poema Del infierno y del cielo).

“Tal vez el de la amada, quizá el tuyo”. Pero si el rostro que aparece es “el de la amada”, ¿no ha de ser el cielo el que comparezca, patria sólo de los que amaron, aquéllos que puedan decir: “yo, en la tierra, amé, me vi en un rostro que no era el mío”, mientras que si aparece el propio, señal será del infierno, patria de los que no amaron, los que sólo podrán decir “yo en la tierra no amé, no me vi en ningún otro rostro que no fuera el mío”? Borges no liga con exactitud uno u otro rostro al cielo o al infierno, lo cual, hermosa vacilación, le concede al poema una mayor amplitud.

sábado, 25 de junio de 2011

César


El universo mítico de la infancia lo conforman personas y lugares. En el mío, entre las primeras se encontraba César, seis años mayor que yo, y al que el niño que yo fui veía ya como el hombretón que después fue, dada su corpulencia y su altura. Él, su hermano Carlos y mis hermanos Ramón y Pepe formaban una bonita pandilla, que continuó muchos años después, ahora de caza, cuando se unieron a la de sus padres. Carlos acabó descolgándose, pero César y mis hermanos, con pasión, no dejaron ya nunca de ser cazadores. En el monte y fuera del monte una excelente amistad se había trabado entre ellos. Mi cariño por él, mítico y fundacional, como todo lo que corresponde a la infancia, se mantuvo incólume, y cada vez que nos cruzábamos el saludo que yo le dirigía llevaba todo ese cariño, así como también lo traía el suyo para mí, el que merecía por haber sido y continuar siendo “el hermano pequeño” de Pepe y Ramón. Yo al menos así lo sentía, cosa que, lejos de desagradarme, me complacía mucho, como el encontrármelo con Pepe en las a veces gélidas mañanas de los jueves, durante la temporada de caza, cuando yo marchaba a trabajar y ellos esperaban que llegase Ramón desde Vigo.
Antes de ayer, a las nueve de la mañana, un infarto pudo con él y lo fulminó mientras tomaba un café. “Deja un vacío enorme, le dijo su madre a la mía; lo llenaba todo”. Es lo que hacen los grandes, llenarlo todo.
Descansa en paz, César.

jueves, 23 de junio de 2011

El paraguas


Cuando se empieza a usar el paraguas es que la juventud ya ha pasado.

Que hace buenos


Al rapsoda que hace buenos los malos versos,
al actor que hace buenos los guiones malos,
al chistoso que hace buenos los malos chistes,
al cantor que hace buenos los cantos malos.

miércoles, 22 de junio de 2011

La vida rima


Pensé en llevar uno de sus LPs para que me lo firmase; también en una rosa roja, que arrojaría a sus pies al final de la actuación. No hice ni lo uno ni lo otro sino, mientras esperaba en la butaca número 8 de la primera fila, arrancar una hoja de la pequeña libreta que llevo siempre conmigo y garabatear:
“Gracias por Peces de ciudad, la canción más hermosa del mundo.
Suso.
Santiago, 17-06-2011”.

Las luces se apagan. Cuando se encienden, Rosa Torres Pardo está al piano tocando una pieza. Falta Ana Belén. La luz del foco cae sobre el fondo del escenario y allí está, con un jersey negro de cuello de pico, largo, unos pantalones negros ceñidos que descubren unas piernas muy delgadas y unas francesitas negras con un poco de plataforma.
El espectáculo se llama La vida rima, con guión de Luis García Montero y dirección escénica de José Carlos Plaza. Negros son también los cortinones y el collar de piedras de azabache de Rosa Torres Prado, su jersey de malla y su pantalón flojo y raso. Caigo en la cuenta de que la ausencia de colores concentra la atención en lo único que importa: los rostros, las voces, las manos, los movimientos. El no-color negro, a estos efectos, es el único fondo y relleno posibles.
Al teclado, Rosa Torres Prado, y al gesto y la voz, Ana Belén, si bien la primera hace pequeñas incursiones en el terreno de la segunda. Los interludios narrativos, en los que la protagonista de El amor turco pregunta, piensa en alto, contesta, ríe, se mueve y baila, nos llevan de una canción a una pieza pianística, la cual da paso a la interpretación de un poema, que vuelve a enlazar con el piano. Unos versos de El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, tras el comienzo al teclado de la pianista, abren un desfile integrado por Mompou, Alberti, Mozart, Cernuda, Albéniz, García Abril, Beethoven, García Lorca, Bartok y otros. Éste último entra en escena gracias a un divertido juego de palabras:
-… a toda vela!
-¿Bela?
-¡Bartok estoy de todo!
En varias ocasiones la chica de la calle del Oso se sienta. Endereza del todo la espalda, junta las piernas y pone sobre ellas las manos, para escuchar a Rosa. Ésta, como todos los pianistas, mantiene también su espalda muy recta. Sólo así puede atacar con fuerza el piano. Arranca la concertista madrileña y lo que fue pródigo en la actuación de Ana Belén lo es también en la de Rosa, completamente entregada: lo dice su rostro, su cabeza, los brazos, las piernas, y sus manos.
En falsilla aparece la situación contemporánea, aunque podría ser la de cualquier otra época. Fragores de guerra en algún momento, “ya no valen las promesas, que nadie prometa nada”, y otros apuntes. No se adoctrina salvo que esto consista en decir, con altura y profundidad artísticas, en tono leve y a la vez firme, envuelto, o atravesado todo por un fino humor, que la infancia vale, la verdad, la poesía, la música, que valen el amor y la vida. “La vida tiene sentido”, se afirma en algún momento; “hay una segunda oportunidad”, se repite en varias ocasiones.
Dos intérpretes excepcionales, Rosa Torres Prado y Ana Belén, dan carne y vuelo a una obra magnífica. Un regalo.
Agito mi papel para que se acerque y lo recoja; está a un metro de mí, recibiendo los aplausos del público. Creo que me ve por el rabillo del ojo y acaso piensa que se trata de un jillado, o puede que no me vea. ¿Qué hago? Subo por las escaleras al escenario, me dirijo a un tramoyista y le pido que me haga el favor de entregarle mi nota. “Millor é que fale co que está na mesa de luz e sonido”. Allí me dirijo. “Hola. ¿Podría entregarle esta nota a Ana Belén?” Su seriedad se trueca en sonrisa cuando la lee. “Sí, ella está ahí”.

lunes, 20 de junio de 2011

De usted


De joven, como delegado de la facultad, fue el adalid de todas las protestas; al alcanzar el grado de doctor y comenzar la docencia y la investigación en la misma facultad, cuando llegó a sus oídos que alguien había dicho “AO es una promesa”, parece ser que afirmó: “no soy una promesa; soy una realidad”; en un curso del bienio de licenciatura le hice una pregunta tratándole de tú, como era lo habitual entre nosotros; al salir, me dijo con su voz cálida y un poco curial: “Suso, en clase trátame de usted”; según me contó X, cuando le nombraron obispo la mitra se le subió a la cabeza.
Su modo de escribir era ininteligible. En una ocasión Y, con bienquerencia y guiño cómplice, aludió a ello ante un grupo de discentes.
No faltó quien dijera que su secreta vergüenza era el sobrino de soltera que tenía, un asunto sobre el que habría puesto cruz y raya.
Estando una vez en su casa con Z, me pidió que leyese un trozo del libro cuya recensión tenía pendiente, A revelación de Deus na realización do home, de Andrés Torres Queiruga. “Ya es raro que siendo gallego no pronuncies bien vuestra ‘x’ ”, me dijo.
AO, ¿cómo te irá la vida? Una vez te vi presidiendo la misa que la 2 retransmite los domingos. ¡Y en una contraportada de El País, dentro de una serie que entonces llevaban! Aquí sí que me llevé toda una sorpresa.
Me caías muy bien y te tenía cariño. Eras bueno.

A lo Chéjov


Últimamente me acuerdo de muchos sueños tras despertar, algo inhabitual en mí, y sus imágenes son claras y sencillas, también en contra de la materia rocambolesca de mis sueños de siempre, un eco de algún asunto del día que no ofrece nudos inextricables. ¿Se habrán caído de mi inconsciente las subtramas, las subsubtramas y las subsubsubtramas, para quedar sólo la trama, un cuento sencillo a lo Chéjov? Así lo quisiera si eso significase que también mi vida se ha quedado sin trastiendas, subtrastiendas, etc.

domingo, 19 de junio de 2011

Discernir, sufrir


Se aprende por discernimiento o por sufrimiento, nos decían.
Hay asuntos que se disciernen sin necesidad de sufrirlos. Otros, sólo después de sufridos se disciernen. Cuáles sean unos u otros dependerá de la persona y sus circunstancias.

sábado, 18 de junio de 2011

Mi casa


A uno, por más casas que vea, no le gusta otra que la que dibujaba de pequeño: tejado a dos aguas, dos ventanas y una puerta. En arquitectura, florituras las mínimas, hasta rozar lo simple. La piedra que sea de granito gallego, y mamposteada en el estilo de mi región. Tejas, el tipo español, de barro y color terracota, la clásica, vaya. Las puertas y ventanas de madera no sé si las prefiero verdes o en alguna gama de los marrones, el del cedro o el de la miel por ejemplo, y no al ras sino un poco adentradas. ¿Con marco, sin marco? Tal vez lo primero, pero muy sencillo. La puerta principal tendrá cuatro paneles rectangulares, los de abajo más cortos que los de arriba; el lado superior de estos últimos, curvilíneo.
El interior será cálido, usando por eso de la paleta de colores sólo el blanco, el vainilla, el hueso, el miel, el ocre y similares, con pocas cosas y mucho espacio, abundante en líneas rectas y echando mano de alguna curva, con suelo de madera. No habrá alfombras; tampoco lámparas, sólo plafones redondos, salvo que encuentre alguna que parezca un plafón que se descuelga del techo. Ningún elemento avasallará a ninguno de los sentidos, por lo que no será deslumbrante sino simplemente bonito y acogedor. Las cosas estarán colocadas de tal modo que parezca que se hubieran acordado entre ellas para ofrecer una imagen natural y conveniente. Bibelots, los mínimos. Habrá flores y ramas verdes. El único lujo que me permitiré será una gran pantalla para mi arcadia cinéfila de todas las noches. El asiento del sofá será duro y no demasiado mullido el respaldo, con chaise longue.
Estaré solo cuando quiera estar solo, y aceptaré no estarlo -qué remedio- cuando otra cosa no se pueda. Tendré que aprender a aburrirme cuando no me apetezca hacer nada. Los seres amados tendrán en la mía su casa, con orden y concierto.

jueves, 16 de junio de 2011

El manantial de la doncella

El cristianismo de El manantial de la doncella (1959), de Bergman, es solvente e irreprochable. La secuencia felicidad - desgracia - pecado - petición de perdón - redención sigue una línea limpia. Un matrimonio de la época medieval con una hija plena de pureza y alegría; la violación y asesinato de la joven doncella; la venganza del padre que mata a los violadores y asesinos, tres hermanos, uno de los cuales es un niño que sólo ha visto la escena; el padre, una vez encontrado el cuerpo de su hija, desesperado, acusa primero a Dios por haberlo permitido y le ruega después que le perdone porque no podrá vivir con las manos manchadas de sangre, manos que él ofrece para construir una iglesia en el lugar donde yace su hija muerta; los padres, al levantar el cadáver, ven asombrados, y con ellos el cortejo de sirvientes que los acompañan, como brota un manantial; la madre, con el cuenco de la mano coge un poco de su agua y limpia la cara de su hija; su rostro, y el de su marido, trasluce paz y consuelo.
No hay nada perturbador, ni tortuoso, ni patológico, como corresponde a una doncella, a un manantial, al cristianismo de esta extraordinaria película de Ingmar Bergman.

Amor y pan

“Sólo a causa de tu amor, y sólo por tu amor, los pobres te perdonarán por el pan que les das”, le dice San Vicente de Paúl a una de las primeras hermanas de la futura orden de las “Hijas de la caridad”, en la maravillosa película Monsieur Vincent (1947), de Maurice Cloche.
La frase me ha rondado la cabeza desde que la he visto. El pobre no se puede permitir el lujo de hacer distingos y aceptará también el pan que sin amor se le dé, pero podrá despreciar y no perdonar a quien así se lo da, desde una distancia que, en su condición de pobre, lo anula. El hombre pobre, antes que pobre es hombre y si como pobre necesita pan, como hombre necesita verse tratado como un igual. Lo primero sin lo segundo es mera condescendencia, un cara arriba - cara abajo que no desciende y asciende a un cara a cara. Para que ocurra esto además de dar hay que darse, ofrecerse como un tú ante y para el yo del pobre.

martes, 14 de junio de 2011

La señora Wilberforce

En toda empresa el siempre posible “factor humano”, del que hablaba Graham Greene en su novela homónima, le pone a uno a prueba. Ahora bien hay factores y factores, los que más o menos se pueden prever y uno es capaz de sortear y… los otros. Es lo que ocurre en la película de Alexander Mackendrick El quinteto de la muerte (1955): “He ideado muchos planes, todos buenos. Pero éste ha sido el mejor, salvo por el factor humano. Todo buen plan incluye el factor humano, pero tenías razón: ningún buen plan puede incluir a la Señora Wilberforce”, dice el jefe de la banda interpretado por Alec Guiness. La señora Wilberforce es una anciana menuda, de sonrisa angelical, puntual siempre para tomar el té con sus clónicas amigas, amabilísima, pero que, paraguas en ristre, se revela después resuelta y empeñosa y acaba desbaratando los planes del quinteto mortal. Ladykillers es el título original de la película.
La vida es así: unas veces nos desvía y otras, si se interpone una Wilberforce, nos derriba en toda regla hagamos lo que hagamos.

Aire

Una dictadura es tanto más perfecta cuanto más atado y bien atado lo tiene todo, cuanto mayor es el volumen de aire que retiene entre sus manos de modo que sus administrados respiren sólo la cantidad que ella decida. En una democracia ocurre justo al contrario: sólo si ata lo que es estrictamente necesario para el bien común de sus miembros y deja todo lo demás suelto, si retiene sólo la cantidad mínima de aire que debe retener y deja que el resto circule a su aire, valga la redundancia, el que necesitan todos para que nadie quede desairado, estará en camino hacia su perfección.

domingo, 12 de junio de 2011

Un hombre solitario

Un hombre solitario, hóspito, sin agraces, que llora en casa y ríe en el mundo.

El blanco y negro de Bergman

El blanco y negro de las películas de Bergman que llevo visto hasta ahora es exacto, claro, de líneas puras, bellísimo, lo que consigue que el mundo torturado de sus personajes (cosa que empieza a sobresalir a partir de El séptimo sello) se vea libre de toda turbiedad y truculencia. El título de la última que vi, El rostro, podría ser el subtítulo de muchas de sus películas, pues son los rostros los que la cámara de Bergman capta y encuadra con maestría. No de otra manera podría sacar a la luz sus almas, una luz estricta que no quiere que su tormento se derrame.

sábado, 11 de junio de 2011

Una llave

Cada rostro una llave, una puerta, una habitación, una casa…
Millones de rostros, de llaves, de puertas, de habitaciones, de casas…

viernes, 10 de junio de 2011

El Padre mismo os quiere

“Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios” (Juan 16, 26-27). Qué hermoso es esto. “Aquel día”, cuando al fin haya quedado claro que los suyos aman a Jesús y creen que es el Hijo, el salido de Dios, él como que se hará a un lado, haciéndose innecesario: “venga, venga, lo que queráis pedídselo directamente a él, que ya está él cierto de que me amáis porque soy su hijo. ¡Si hasta parece que ahora os quiere más que a mí! Así que, hale, sin miedo, que el papeleo ya lo he resuelto yo de una vez por todas. Y tranquilos, que seguiré por aquí, por si todavía necesitáis un empujoncito”.

jueves, 9 de junio de 2011

Os hablaré del Padre claramente

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente (Juan 16, 25).
- Está bien, Señor, pero…
- ¿Qué, Pedro?
- ¿No podrías hacer una excepción con la parábola del Hijo pródigo? Es que ahí nos hablaste del Padre tan claramente…
Jesús se sonrió, enternecido.

lunes, 6 de junio de 2011

Ellas 1

Alida Valli, o la serpiente.
Ana Magnani, o la visceralidad.
Audrey Hepburn, o el ángel.
Ava Gardner, o la belleza.
Carmen Maura, o la picardía.
Claudia Cardinale, o la niñez.
Deborah Kerr, o la distinción.
Elizabeth Taylor, o el magnetismo.
Giuletta Masina, o el candor.
Greta Garbo, o el misterio.
Ingrid Bergman, o el temblor.
Jessica Lange, o la sensualidad.
Katherine Hepburn, o la libertad.
Marilyn Monroe, o la inocencia.
Sigourney Weaver, o la fuerza.
Silvana Mangano, o la elegancia.
Susan Sarandon, o la mirada.
Victoria Abril, o la intensidad.

domingo, 5 de junio de 2011

Un globo y un martillo


En una mano un globo, en la otra un martillo. Ser un niño y ser un hombre, ser un padre y ser un hijo.

Hay hombres duros que nunca llevaron un globo. Hay hombres débiles que nunca manejaron un martillo.

Igual que la raíz

Sé igual que la raíz:
profundo, oculto y frágil.

(Andrés Trapiello, Las tradiciones)
Pero hay raíces que no son frágiles sino firmes, y firmes son entonces las realidades que de ellas brotan. Yo querría ser igual que esa raíz, como el que escucha las palabras del Señor y las cumple, roca sobre la que es posible levantar una casa que resista las embestidas de los vientos y los torrentes (Mateo 7, 24-27). Por eso, yo, le pido al poeta estas palabras:
Sé igual que la raíz:
profundo, oculto y fuerte.

sábado, 4 de junio de 2011

Grande, pequeño

Me gustaría decir cosas grandes de las cosas pequeñas y cosas pequeñas de las cosas grandes, sin que ello significase que considero pequeño lo grande y grande lo pequeño.

jueves, 2 de junio de 2011

Dándose


Si la fe nunca es una fe “dada” sino una fe “dándose”, se podría decir que, contra una fe “mía” a la que acabaría conduciendo la primera interpretación, se alzaría una fe “no mía” a la que conduciría la segunda y que se ajustaría más a la verdad.

miércoles, 1 de junio de 2011

martes, 31 de mayo de 2011

El árbol

El árbol que no nos deja ver el bosque se venga del bosque que no nos deja ver el árbol.

Soy, mírame

Pasó la edad de la posesión, tan llena de servidumbres, y vivo ahora de visiones, lo que está al alcance del ojo aunque no lo esté de la mano. Ésta ya no se quiere prensil sino saludadora, indicadora. Los ojos, ofrecidos y humildes, comunican la alegría de ver y de ser vistos.

lunes, 30 de mayo de 2011

El búho de Minerva

Con respecto a determinados hechos prefiero un análisis sociológico detallado que me de cumplida información antes que especulaciones que, en su prisa por querer dar cuenta de la esencia del fenómeno, pasan por alto muchas cosas de su existencia, bien por pereza, por impaciencia, por ligereza, por irritación o por todo a la vez. Hay reflexiones que, pretendiendo ahondar en los fenómenos, no hacen otra cosa que disolverlos para, convertidos en pompa de jabón, poder deshacerse de ellos soplándolos. Pero parece que dan ya por supuesto que se trata de pompas de jabón sin esperar a que los hechos lo confirmen.
Es al anochecer, en el tiempo del reposo y una vez transcurrido el día, cuando el búho de Minerva se echa a volar. Otros lo hacen nada más amanecer. A veces aciertan, claro, en cuyo caso no se puede hacer otra cosa que felicitarlos por su afortunada clarividencia.

domingo, 29 de mayo de 2011

Apenas sensitivo

Apenas sensitivo, de Andrés Trapiello. Pues eso, apenas sensitivo, menos largo y por eso menos profundo. Con los anteriores tomos de su viarionovela El salón de los pasos perdidos, había que superar la pereza inicial de tener que habérselas con un tomazo, pero una vez dentro el gozo era completo. Con Apenas sensitivo ocurre justo lo contrario. La prontitud inicial, una vez dentro, se muda en aburrimiento. Las cosas que cuenta Trapiello necesitan largor para que no pierdan hondura. Del tijeretazo que aplicó al primero se resiente, y mucho, la segunda. La anécdota es sólo anécdota, lo ligero es sólo ligero: no vuela porque le falta aire. Lo de siempre que nos parecía siempre nuevo aquí suena a viejo, a un “ya me lo sé” que no nos endulza la boca. Trapiello se repite en esta entrega para mal. Su “más de lo mismo”, gloria de su obra, aquí se vuelve contra él y lo acusa. Al haber achicado la habitación todo se ha comprimido y perdido grandeza. No tendría que haberla desinflado porque ha expulsado un aire que no sobraba sino que era su sostén y su salsa. Sin caldo no hay sustancia.
O a lo mejor es que nos acostumbró mal y ahora somos nosotros los que nos resentimos. Puede ser.

sábado, 28 de mayo de 2011

No sé, no opino

Recuerdo una entrevista impresa de hace muchos años a Fernando Fernán Gómez, cuyas preguntas, casi todas no referidas a sus actividades habituales, fueron contestadas del siguiente modo: “Lo siento, no tengo suficiente información sobre el tema y por lo tanto me abstengo de responder”. Y así, una tras otra. Fue tronchante. Ignoro en qué medida pretendía ser un borde y en qué medida no, pero a mí ese día me ganó para su causa, porque el entrevistador parecía un enviado de las Naciones Unidas deseoso de obtener respuestas precisas de nuestro prócer acerca de todos los problemas mundiales habidos y por haber.
Evidentemente, de seguir esta actitud a rajatabla nunca hablaríamos de muchos problemas que nos preocupan a todos y de los que nunca tendremos información suficiente, pero no vendría nada mal una dosis diaria de ella en según qué pronunciamientos, muy afectados de orgullo y muy poco de conocimiento. Yo tengo días en que lamento no haberme tomado un bote entero.

jueves, 26 de mayo de 2011

Imperfección perfectible

En aras de la perfección imposible desechamos muchas veces la imperfección perfectible. Para que tal cosa no ocurra importa sobremanera que la segunda haga honor a su adjetivo y se perfeccione, que esté siempre tensa en dirección hacia lo perfecto aunque no lo alcance nunca. Se traiciona a una realidad si, sabiéndola imperfecta, no se trabaja para mejorarla. La democracia, por ejemplo, si no mantiene siempre abiertas sus ventanas para que corra el aire, puede enfermar y morir, no de ella misma, sino precisamente de su ausencia, de los estímulos y mecanismos que permiten fortalecerla. Es el único sistema político que, si permanece fiel a su esencia, no se acomoda sino que, puesto en pié, querrá siempre más de sí misma, por lo que no dejará de añadir nuevos filtros y lentes correctoras para ver por donde acecha el enemigo y terminar con él.
“Este es el gran señuelo del totalitarismo. Mientras la democracia mantiene a los hombres en un estado permanente de impureza, el totalitarismo es un Jordán purificador maravilloso. Mientras el demócrata tiene que subir un calvario con la cruz a cuestas, cayendo y levantándose entre la befa y los salivazos de la canalla irritada, el totalitario aparece ante las masas humildemente postradas como un arcángel resplandeciente” (Manuel Chaves Nogales, La agonía de Francia).