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viernes, 11 de julio de 2014

Un enano

San Juan de la Cruz aborrecería que dijeran de él que fue “un gigante del espíritu”. “Más bien soy, pienso yo que diría, un enano que ama profundamente a Dios”.

jueves, 10 de julio de 2014

En Madrid un 4 de julio

Se cansa uno a veces de sus “parrafitos” y echa de menos ser un escritor mundano y divertido que se lance a escribir crónicas torrenciales sobre esto y aquello. Pero ya está mi pie muy metido en mi estribo y no me libraré de ser el tipo de escritor que soy. Si suena aquí una pequeña nota de frustración es eso, pequeña, o eso creo, porque a lo mejor es grande y está bien que lo sea si eso significa que uno investigue nuevos vericuetos y se lance por ellos. Cualquiera sabe. El caso es que envidio y admiro la crónica madrileña de mi amigo Enrique y las que está haciendo mi amigo Ángel (aquí, aquí y aquí), todas referidas a nuestro viernes 4 de julio. Yo debo destacar por encima de todo lo que para mí fue más importante: el tan ansiado encuentro analógico, con “presencia” y “figura” (que diría San Juan de la Cruz), con Enrique García-Máiquez. Viejos amigos virtuales desde hace ya algunos años, a los dos nos urgía (re)conocernos cara a cara. La cosa fue después muy rodada, estando de por medio el museo del Prado, su hermano Jaime, amigos suyos varios, Ángel por supuesto, una deliciosa tarde en la casa de David y Carmen, a la que siguió una pre-cena, cena y post-cena con amigos y amigas nuevos de nuestros anfitriones. Qué bonito fue participar en el discurrir libre de las ideas y palabras de unos y otros, donde se habló de pintura, de Bruckner, de Girard, de Casablanca, de Jon Juaristi, de los judíos, del Holocausto, de las familias misioneras que se van a Austria o a cualquier otra parte del mundo, de anglofilia, de anglofobia, de francofobia, de un chiste en el que comparecen un católico, un musulmán y un judío... Altísima civilización le llamo yo a esto, que acaso no sea otra cosa que hablar, escuchar, respetarse y quererse. 

martes, 8 de julio de 2014

Mi senequita

Me causó maravilla, emoción y conmoción San Juan de la Cruz. La biografía, del padre carmelita José Vicente Rodríguez, una obra monumental en extensión y en calidad. ¡Qué hombre, qué santo Juan de Yepes, después Juan de la Cruz! Incandescente, pura luz, amor total, plenitud suave, y mil cosas más, todas concentradas allí donde el hombre de Fontiveros es el santo descalzo, un santo irrepetible y casi irrespirable de tan puro. Hubo momentos en que sólo me fue posible continuar la lectura a condición de dejarla y ponerme a rezar, a rezarle a él: “fray Juan de la Cruz, fray Juan, padre Juan”, le decía, le digo. “Mi séneca, mi senequita”, lo llamaba la madre Santa Teresa, un diminutivo que en mi cabeza se une a otro, El mudejarillo, la preciosa obra que escribió sobre él José Jiménez Lozano, y esto porque era bajo, bajito digo yo con otro diminutivo por la ternura que me inspira. Con respecto a mi relación con los santos, creo que esta lectura supone un antes y un después en mi vida espiritual y cristiana. No era devoto de ningún santo en particular y creo que a partir de ahora lo voy a ser incondicionalmente de San Juan de la Cruz, “el jilguero de Dios”, cuya protección y luz ya le pido. Me quedo con muchas cosas pero ésta me ha gustado especialmente: “Por donde fuésemos hiciésemos el bien a todos, porque pareciésemos hijos de Dios. Y que jamás hiciésemos agravio a nadie, ni con obras ni con palabras agraviásemos a nuestros prójimos; y que tuviésemos por claro y cierto que cada vez que nos descuidásemos de esto, nos hacíamos más mal a nosotros que a nuestros prójimos”, palabras de una monja descalza del monasterio de San José del Salvador, en Beas, Jaén, sobre lo que le había escuchado decir al santo en una ocasión.

martes, 1 de julio de 2014

San Juan de la Cruz, sin tizón encendido

Aquí hablé de cómo de distinta manera manejaron el fuego San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino para hacer frente a la mujer que las tentaba, el primero invitándola a sentarse con él en las brasas, el segundo defendiéndose de ella con un tizón. Veamos como obra en situación parecida San Juan de la Cruz, tal como nos lo cuenta José Vicente Rodríguez en San Juan de la cruz. La biografía: “En este lance podemos ver la humanidad del santo que lo pasa mal, y la santidad del hombre fiel a sus compromisos que, sin armar una escandalera en el barrio ni tener que echar mano de un tizón encendido, como Tomás de Aquino en ocasión parecida, es capaz de convencer (“supo decirle tales cosas que la redujo a conocimiento de su culpa y del mal que hacía; y volviendo por do había entrado, se fue a su casa”) a la muchacha que trata de hacerle caer en la red de sus encantos”.

martes, 17 de septiembre de 2013

Ancha es Castilla

Ancha es Castilla y también profunda, grávida, ligera. Castilla y lo castellano es lo histórico-español por excelencia, pues en ella se apoya España, nace de ella y a ella debiera volver una y otra vez.
La generación del 98 redescubrió Castilla y así la quiero yo en mí, siempre redescubierta, esta vez en Ávila, al hilo de Pedro Berruguete y su retablo del monasterio de Santo Tomás, del infante don Juan, el hijo de los Reyes Católicos muerto a los 19 años de edad, del monasterio de la Encarnación, donde profesó Santa Teresa y del que fue priora durante tres años, de la iglesia de San Vicente, de su magnífica muralla, de la catedral y sus esculturas de alabastro, de Fontiveros, cuna de San Juan de la Cruz, de don José Jiménez Lozano y de Alcazarén, la villa en la que vive.
Donde la luz es Ávila, reza el título de un libro, y reza bien, muy bien.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Olegario


Olegario (González de Cardedal) traía escrito el guión de su clase de cristología en un folio, que ponía en el ambón desde el que impartía su lección magistral. Su palabra bella y encendida, el rigor y la profundidad de su pensamiento, su vasta cultura, me deslumbraban. Sobrepasaba con mucho al resto de los profesores. En él parecía caber todo, no siéndole ajeno ningún horizonte: hacía honor a la universidad siendo universal. Pero no era del gusto de todos, para sorpresa mía. A., por ejemplo, mi vecina de banco, que era igualita a Olivia, la mujer de Popeye, al finalizar un día una clase de Olegario y exclamar yo “¡qué gozada!”, dijo: “pues a mí no me gusta nada”.
El primer día de clase (corría el curso 1985-1986), apelando al postulado marxista que relaciona materia y conciencia, nos preguntó cuál era la materia en la que había crecido nuestra conciencia, o más sencillamente, cómo nos llamábamos y cuál era nuestro origen geográfico y eclesial. Uno tras otro fuimos dando nuestro paso al frente para identificarnos. Un alumno, un rostro.
Olegario es alto; mide por lo menos 1,80. Anda ligero, sin encorvarse ni encoger los hombros, bien recta la espalda. En invierno, se tocaba con un gorro de astracán de color negro para protegerse la cabeza de los acerados fríos salmantinos. Siempre venía de traje y corbata; ésta debía molestarle un tanto pues uno de sus gestos característicos era meter el dedo entre el cuello de la camisa y la garganta para aflojar su estrechez. Su voz tiene dejes y finales atiplados, desconcertantes y graciosos al principio por inesperados.
Era muy accesible, como todos los profesores en general, y de no haber tenido yo la timidez que entonces tenía estoy seguro que lo hubiera aprovechado mucho más en el terreno personal. Se instauró de todos modos una corriente de afecto profundo que dura hasta hoy, a pesar de que, una vez finalizada mi etapa salmantina, sólo lo volví a ver tres veces, la última en 1994 (¡hace ya diecisiete años!), en el que asistí a uno de sus cursos de verano que por aquellos lustros organizaba en El Escorial la Universidad Complutense de Madrid.
Quince son las cartas que he recibido de él y otro tanto las que yo le envié desde 1990, cuando terminé mis estudios en Salamanca. Han pasado veintiún años. No sale ni a una carta por año. Una correspondencia escasísima, que con todo nos ha sostenido como amigos. Una y otra vez, mientras le enviaba yo mis escritos, me animaba él a ir a visitarlo a Salamanca, donde de mejor manera lo trataríamos todo, la última en 2006, a propósito de la celebración de su última lección como profesor, antes de jubilarse, a la que me invitaba. Nunca fui, sin más razón que la falta de confianza, la timidez y la pereza, perdiéndome así luces, saberes y presencialización de afectos, que habrían dado más espesor y vuelo a nuestra amistad. ¿Y cómo evaluar la pérdida que ello supuso para mi vocación y tarea de escritor?
En relación con esto último viene lo que ahora cuento. Escondiéndome en el anonimato, que descorrí transcurrido un tiempo, le envíe una obrita que había escrito por aquel entonces, a la que acompañaba una carta en la que, entre otras cosas, le decía:
“Le envío algo que he escrito este verano pasado (año 1988). En este momento de mi vida en que ante mí no veo camino, la escritura se me presenta muchas veces como un deseo, una necesidad, un sufrimiento, una desesperanza, una vocación… ¡ay, no lo sé! (…) La confianza y la seguridad me abandonan continuamente y un enorme interrogante se clava en el centro de mi querer: ¿Puedo escribir? ¿Tengo algún talento, alguna posibilidad? (…) ¿Cómo sabré si mi mano temblorosa traza una línea bella?
Su respuesta no tardó en llegar, en “Salamanca, día de San Juan de la Cruz 1988”. Entresaco estas líneas, relacionadas con las mías:
“En su carta se hace tres preguntas que me remite: ‘¿Tengo algún talento, alguna posibilidad? ¿Puedo escribir? ¿Cómo sabré si mi mano temblorosa traza una línea bella?’ La vocación literaria parece que es evidente en V. La pasión que le lleva a escribir, a sostenerse en un texto de redacción larga como el que me envía, lo confirma. Vocación es siempre ilusión y desazón, anhelo e impotencia. En última instancia la vocación le es conferida a uno por Otro y aun siendo lo más entrañable de uno mismo, viene de lejos. Una vocación hay que servirla con fidelidad y constancia. No sufra por ello: ésa es su más entrañable naturaleza”.
Esta carta, para mí hito y joya, sumada al resto -sus clases, sus libros, las cartas que siguieron, los escasos encuentros- me echó definitivamente en sus brazos.
El amor por la palabra, la pasión por la verdad, la estética en su sentido más profundo puesta a la misma altura que la ética, la hondura de la vocación y su vivencia como misión, la dignidad del pensamiento, el cultivo responsable de la inteligencia ante uno mismo, ante los demás y ante Dios: todo esto y mucho más formó parte de la entrega, la traditio, de Olegario. Fue, y de alguna forma lo sigue siendo, el maestro.

miércoles, 22 de junio de 2011

La vida rima


Pensé en llevar uno de sus LPs para que me lo firmase; también en una rosa roja, que arrojaría a sus pies al final de la actuación. No hice ni lo uno ni lo otro sino, mientras esperaba en la butaca número 8 de la primera fila, arrancar una hoja de la pequeña libreta que llevo siempre conmigo y garabatear:
“Gracias por Peces de ciudad, la canción más hermosa del mundo.
Suso.
Santiago, 17-06-2011”.

Las luces se apagan. Cuando se encienden, Rosa Torres Pardo está al piano tocando una pieza. Falta Ana Belén. La luz del foco cae sobre el fondo del escenario y allí está, con un jersey negro de cuello de pico, largo, unos pantalones negros ceñidos que descubren unas piernas muy delgadas y unas francesitas negras con un poco de plataforma.
El espectáculo se llama La vida rima, con guión de Luis García Montero y dirección escénica de José Carlos Plaza. Negros son también los cortinones y el collar de piedras de azabache de Rosa Torres Prado, su jersey de malla y su pantalón flojo y raso. Caigo en la cuenta de que la ausencia de colores concentra la atención en lo único que importa: los rostros, las voces, las manos, los movimientos. El no-color negro, a estos efectos, es el único fondo y relleno posibles.
Al teclado, Rosa Torres Prado, y al gesto y la voz, Ana Belén, si bien la primera hace pequeñas incursiones en el terreno de la segunda. Los interludios narrativos, en los que la protagonista de El amor turco pregunta, piensa en alto, contesta, ríe, se mueve y baila, nos llevan de una canción a una pieza pianística, la cual da paso a la interpretación de un poema, que vuelve a enlazar con el piano. Unos versos de El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, tras el comienzo al teclado de la pianista, abren un desfile integrado por Mompou, Alberti, Mozart, Cernuda, Albéniz, García Abril, Beethoven, García Lorca, Bartok y otros. Éste último entra en escena gracias a un divertido juego de palabras:
-… a toda vela!
-¿Bela?
-¡Bartok estoy de todo!
En varias ocasiones la chica de la calle del Oso se sienta. Endereza del todo la espalda, junta las piernas y pone sobre ellas las manos, para escuchar a Rosa. Ésta, como todos los pianistas, mantiene también su espalda muy recta. Sólo así puede atacar con fuerza el piano. Arranca la concertista madrileña y lo que fue pródigo en la actuación de Ana Belén lo es también en la de Rosa, completamente entregada: lo dice su rostro, su cabeza, los brazos, las piernas, y sus manos.
En falsilla aparece la situación contemporánea, aunque podría ser la de cualquier otra época. Fragores de guerra en algún momento, “ya no valen las promesas, que nadie prometa nada”, y otros apuntes. No se adoctrina salvo que esto consista en decir, con altura y profundidad artísticas, en tono leve y a la vez firme, envuelto, o atravesado todo por un fino humor, que la infancia vale, la verdad, la poesía, la música, que valen el amor y la vida. “La vida tiene sentido”, se afirma en algún momento; “hay una segunda oportunidad”, se repite en varias ocasiones.
Dos intérpretes excepcionales, Rosa Torres Prado y Ana Belén, dan carne y vuelo a una obra magnífica. Un regalo.
Agito mi papel para que se acerque y lo recoja; está a un metro de mí, recibiendo los aplausos del público. Creo que me ve por el rabillo del ojo y acaso piensa que se trata de un jillado, o puede que no me vea. ¿Qué hago? Subo por las escaleras al escenario, me dirijo a un tramoyista y le pido que me haga el favor de entregarle mi nota. “Millor é que fale co que está na mesa de luz e sonido”. Allí me dirijo. “Hola. ¿Podría entregarle esta nota a Ana Belén?” Su seriedad se trueca en sonrisa cuando la lee. “Sí, ella está ahí”.

martes, 21 de septiembre de 2010

Dios y nuestros deseos

Llevadas a la boca, masticadas y digeridas las sospechas de los maestros de las mismas (Feuerbach, Nietzsche, Marx, Freud), para unos estarían superadas y para otros vigentes. Entre los segundos se encuentra Fernando Savater, el cual, en su libro La vida eterna, afirma: “Muchos ateos ilustres consideran que el primer y más claro argumento contra la fe es que responde con directa franqueza a nuestros más íntimos deseos. Así lo dijo en su día Feuerbach, lo reiteró Nietzsche en El Anticristo (‘La fe salva, luego miente’), lo reiteró Freud en El porvenir de una ilusión y, muy recientemente, ha vuelto a confirmarlo André CompteSponville en El alma del ateísmo”.
Contra Dios, en tanto no está a la vista y es la suya una existencia dudosa, la de un ser que, dadas sus características, bien pudiera ser una fantasía nuestra, parece funcionar muy bien el argumento de que, al responder a “nuestros más íntimos deseos”, lo más seguro es que sea un invento nuestro para satisfacerlos.
Pero, ¿por qué la realidad de Dios habría de caer fuera de ese movimiento deseante sin el cual el hombre deja de ser hombre? Las sospechas de los Maestros de las tales son pertinentes para poner en solfa a un Dios que sólo fuera hechura nuestra, sólo mero constructo de nuestros anhelos, sólo montaje de nuestra filmación soñadora… Pero, en cualquier caso, no se sigue así, sin más, de un Dios deseado y cumplidor de nuestros deseos, su improbabilidad y su inexistencia, como si los anhelos más íntimos y radicales de los hombres sólo fuesen capaces de engendran fantasías y no de ponernos en el camino hacia aquél que pudiera darles acabada satisfacción. ¿Sería más creíble la frase de Nietzsche si le diésemos la vuelta: ‘La fe no salva, luego dice la verdad’? Precisamente porque en muchas ocasiones no salvó, ni sanó, ni curó, ni dio plenitud mereció ser tachada de “mentirosa”, de burlarse del hombre y de sus deseos más íntimos: tal fe fue, y es, allí donde se dé, una impostora.
Para que no parezca que son nuestros deseos los que hacen a Dios, necesitan ellos pasar por un duro proceso purgativo. La vida y doctrina de San Juan de la Cruz es la mejor respuesta a las sospechas y sus Maestros, y a lo que, bajo su amparo, había afirmado Fernando Savater. “Un Dios reducido a la medida y servicio, función y eficacia del hombre, no tiene nada que ver con el Dios vivo y verdadero. Nadie ha hecho una crítica más radical de tal ídolo forjado por el hombre que la realizada por san Juan de la Cruz, llevando al hombre a descubrir, sufrir y aceptar su nada ante el Dios divino, con la consiguiente renuncia a contar con él, usarlo y servirse de él” (Olegario González de Cardedal, Dios).
Nuestros deseos necesitan pasar su noche, morir en ella, saber lo que es querer a Dios por Dios mismo, para, así y sólo así, volver a recibirlos de él, mejorados, salvados, purificados, y, de este modo, seguir deseando a Dios y sus dones pero ahora a su manera, y no a la nuestra, o ya también a la nuestra pero en la nueva luz que nos regaló el paso por la noche. Desearemos entonces a Dios como Dios quiere ser deseado, como DIOS, padre y amigo del hombre, y no como dios, herramienta y útil del hombre.