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martes, 18 de marzo de 2014

Las amistades posibles

En Una vida presente, Julián Marías dejó escrito lo siguiente: “Toda mi vida he tenido una capacidad para la amistad mayor que la habitual (...) Y un rasgo más, que creo muy característico en mí, es la resistencia a dejar ‘escapar’ las posibles amistades que me parecen valiosas y atractivas. Es muy frecuente que por falta de imaginación, por timidez o por simple pereza, no se desarrollen, o se extingan apenas iniciadas, relaciones personales que podrían ser ingredientes de profunda significación en la vida”.
¿Fue X una amistad que yo dejé “escapar”, “por timidez” sobre todo? Nunca me atreví a proponerle que quedáramos, quizá porque al principio me hechizó su personalidad dejándome sin capacidad de reacción. La timidez siempre arguye temores y yo los tuve ante él. En otras ocasiones sin embargo no me faltó la audacia y no se me escapó la posible y después ya real amistad.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Consolación imposible

“La muestra más visible de la debilidad humana es que casi todas las personas son capaces de consolarse de todo. Siempre he sentido que la realidad se palpa cuando se ve que hay algunas cosas de las que es imposible consolarse” (Julián Marías, Una vida presente). Hombre, todo depende del grado de consolación que se pretenda alcanzar. Si consiste en que la pena que un día nos estranguló afloje un poco sus garras y permita entrar un poco de aire, si es una brisa, indispensable, de alivio, ¿habría esto de estorbar el planteamiento de Marías, ese palpamiento de la realidad del que nos habla?
No dudo que haya realidades cuya pérdida no admita consolación alguna y que de tal situación derivará un tocamiento de la realidad sólo así posible. Pero al argumento también se le puede dar la vuelta. Si “cediésemos” al empuje de algún improbable (¿milagroso?) consuelo con respecto a esas perdidas realidades, ¿no estaría a nuestro alcance una palpación de la realidad dable sólo bajo estas nuevas condiciones, unas de “consolación posible”?
Por otro lado, al “Dios de todo consuelo” del que nos habla San Pablo (2 Corintios 1, 3), ¿también le sería imposible consolarnos en tales trances? ¿O es que querría también él que permaneciésemos en esa imposibilidad para que palpásemos e hiciésemos nuestra una realidad que no nos sería accesible de ningún otro modo?


Avanzado el libro, y la vida, Marías matiza su posición: “Desde muy joven me había parecido la muestra más penosa de la flaqueza humana, de su última falta de realidad, la capacidad de consolarse de todo. Tuve que experimentar en carne viva (se refiere a la muerte de su esposa, Lolita) que no siempre es así”.

domingo, 18 de mayo de 2008

Consolarse

Leo estos días Una vida presente, las memorias de Julián Marías. En 1909, a los tres años, murió el primer hijo de sus padres, Pablito. Comenta Marías: "Mis padres no se consolaron nunca, literalmente". Después será él mismo el que pierda a su primer hijo, Julianín, también a los tres años. Y vuelve a comentar: "no nos hemos consolado nunca". Me pregunto que significa no "consolarse nunca" de algo, en este caso de la muerte de un hijo, la peor de las pérdidas. ¿No poder hacerlo, no querer hacerlo, las dos cosas al mismo tiempo? ¿Que quede, inexpugnable, dentro de uno, un reducto de tristeza que jamás será vencido, un vacío inasequible a todo llenado, una sensación de pérdida que no admita la compensación de ganancia alguna? ¿Qué hemos de entender por consolación para que se pueda decir que uno no la ha alcanzado nunca -porque no se pudo, porque no se quiso, por cualquier otra razón- con respecto a algo? ¿Cabe la posibilidad de que alguien dé por imposible todo consuelo, que lo rechace de hecho, consciente o inconscientemente, para así permanecer unido al ser amado, como si esa in-consolación, o desolación, fuera la única manera de tenerlo presente?
El autor Clive Staples Lewis relató en su libro Una pena en observación el proceso espiritual que vivió tras la muerte por cáncer de su esposa. Pues bien, tras el paso inevitable por la desolación, el rechazo y la protesta, superado el duelo, hizo el siguiente descubrimiento:
”Y cuanta más alegría pueda haber en la unión entre un vivo y un muerto, mejor también.
Mejor por cualquier parte que se mire. Porque he descubierto una cosa, el dolor enconado no nos une con los muertos, nos separa de ellos (...). Es precisamente en esos momentos en que siento menos pena (...) cuando H. irrumpe encima de mi pensamiento en toda su plena realidad, en su ‘otredad’. No perfilada, enfatizada y solemnizada por mis propias miserias, como en mis peores momentos, sino como es ella por derecho propio. Esto es bueno y tonificante”.
Está claro que Lewis sí que se consoló.