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sábado, 8 de diciembre de 2018

La robleda

Ya era de noche cuando llegó a la robleda. Nunca la había visitado a esa hora. Las lucen recién estrenadas que estaban puestas en las lindes de los caminos no alcanzaban el metro de altura. Estaba seguro de que detrás de cada árbol se había apostado un fantasma y que todos contenían la risa. Por encima de las copas, entre las ramas, también las hadas debían estar riéndose a hurtadillas. Nadie le salió al asalto sin embargo cuando se puso a caminar.
Los árboles, que parecían más gigantescos y señoriales, lo miraban con curiosidad. Suponía él que algunas de sus hojas eran en realidad ojos aunque no sabría decir cuáles. Hojas, ojos y ramas componían un techo que lo amparaba.
Había ido a la robleda a hacer fotos. La escasa luz lo había obligado a llevar el trípode. Cuando veía algún objetivo interesante, lo desplegaba y la cámara, tras diez segundos, disparaba su tiro. De todas las que hizo, la fotografía que más le gustó fue una en la que se veía la luna creciente tras las hojas de los robles. Tenía misterio y encanto.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Los cuervos

Bajé a la huerta a darme un oreo. El día iba ya de caída. Los cuervos, siempre mañaneros, son también los que con sus graznidos marcan la hora de vísperas. Llevaba mi cámara por si pillaba algo interesante. Para mi sorpresa, al final de la huerta, que da a una calle en la que todavía no hay casas, apareció L., que había bajado del coche a hacer pis. Le eché el alto en plan policía vigilante de las buenas costumbres pero la vejiga es la vejiga y, resuelto a no aguantar más, se acercó al árbol a desaguar. Me siguió hablando tal cual y yo me di la vuelta para respetar su momento íntimo. Después se marchó y yo proseguí deambulando. La luna crecía y yo intenté obtener una buena foto. Ante los malos resultados, desistí. Tuve más suerte con una banda de cuervos, que cubrieron todo el rectángulo de la foto sobre un cielo cada vez más oscuro, mientras el ángulo inferior izquierdo lo ocupaban las ramas de un arbusto.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El pimiento rojo


El color rojo de un pimiento es más hermoso que el de un tomate porque tiene un brillo especial. Cuando merodeaba por la huerta con mi cámara en ristre repare en él. Estaba a ras de suelo y no tuve más remedio que acostarme. Al estirar las piernas mi pie izquierdo se hundió en un charco. “Vale, gajes del oficio”. A través del visor de la cámara, el pimiento me pareció todavía más hermoso y brillante. Pedía a gritos una buena foto y yo estaba dispuesto a hacérsela. Moví la cámara hasta dar con una composición que me gustase y entonces hice “clic”.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Álbumes

Cuando me canso de leer, una de las cosas que ahora tengo a mano es componer álbumes con las fotos de mis viajes. Internet ofrece miles de sitios para hacerlo y yo caí un buen día en blurb.com y en él sigo. Combinando plantillas, bordes, colores y diseños distintos, he ido colocando fotos en las sucesivas páginas de cada álbum, buscando unas veces contrastes y otras veces complementariedades, siguiendo unas veces un orden cronológico y otras saltándomelo, y no dando nunca ningún tipo de indicación sobre el lugar o el monumento fotografiados. Son álbumes puramente visuales y para nada informativos. No quiero dejar constancia de que estuve en tal o cual sitio sino hacer algo con esas fotos que me he traído y que, normalillas como son, encuentran en el modo como las ajusto una suerte de redención artística.

viernes, 13 de febrero de 2015

Desnudado por la cámara

Le pedí a una persona amiga que me hiciese unas fotos que necesitaba. Estábamos en su casa. Para que me relajara y me encontrase a gusto delante de la cámara, empezó a hacerme preguntas sobre mi vida, preguntas en verdad íntimas y que yo contesté con algo de apuro pero al mismo tiempo completamente confiado; me sentía “amistosamente” atrapado bajo el foco de la cámara que ella manejaba, siervo de ella, de ellas debiera decir, que se había adueñado de la escena. Lo que nunca jamás me hubiera preguntado en cualquiera otra situación, lo hizo ahora, como si en la cámara encontrase al mismo tiempo una excusa y un aliado; yo, que no veía su cara, me sentía impelido a responder como si estuviera bajo las órdenes de un interrogador profesional a cuyos pies caían los cerrojos de mi intimidad. Entre la perplejidad y el contento, la situación se prolongó mientras duró la sesión de fotos. Todo fue extrañó y al mismo tiempo ligero, sin tensión. Nunca hubiese imaginado que X, tan celosa de su intimidad, acertase a desnudarme con la ayuda de una cámara. Con razón se negaban los nativos de ciertas tribus a ser retratados, temiendo que las fotos les robasen el alma.

jueves, 30 de junio de 2011

El arte de fotografiar


La fotografía, a diferencia del resto de las artes, es técnicamente fácil. Con tomar una cámara, ponerla delante del ojo y disparar está todo hecho. Esto hace muy probable, por no decir certísimo, que en los millones de álbumes, analógicos o digitales, que en el mundo hay podamos encontrar una gran fotografía, que no desmerecería al lado de las de los grandes fotógrafos, una foto que un inexperto buscó y le salió en unos casos, otra que simplemente se disparó al azar en otros, o la de alguien que, sin buscar nada, pretendiendo algo simple, fotografiar a un anciano por ejemplo, obtuvo algo que de simple no tenía nada. Sería muy interesante organizar una exposición con estas fotos maestras “por casualidad”, escogidas de entre la millonaria cantidad de ellas que anda repartida por los millones de álbumes anónimos.

viernes, 21 de enero de 2011

As nosas velliñas

Puede ser una lección antropológica, que lo es, pero en ningún caso aparecen como rarezas antropológicas las viejas mujeres gallegas, principales protagonistas de las fotografías de Cristina García Rodero que se pueden ver en la exposición Transtempo del Centro Galego de Arte Contemporáneo. ¿Rareza además lo que todavía es de hoy aunque ya no será de mañana, un mañana muy cercano? “Parecen fotos de hace cincuenta años”, oí comentar a alguien, cuando en realidad son de principios de los ochenta. As nosas velliñas do agro, viudas vestidas de negro ya para siempre, con su mandil también negro y el pañuelo atado debajo de la mandíbula o detrás, en la nuca. Cualquiera de ellas podría haber sido mi abuela, la de tantos gallegos, y que ya no será de ninguno en breve tiempo. Tendrán otras, tienen ya otras, de pueblo o ciudad pero ya no de aldea, las que se deslomaron en los campos y guiaron el ganado, con uñas coronadas siempre con un ribete de suciedad y arrugas duras y profundas en sus rostros. ¿Qué sé de ellas en realidad? Nada. Figuras principales del viejo mundo rural gallego, creo que se han convertido demasiado pronto en iconos totémicos, que las desvirtúan, pues no fueron otra cosa que mujeres de su lugar y de su tiempo, tan parecidas seguramente a las de otros mundos rurales empobrecidos.