¿Qué juicio de un Paris redivivo sería capaz de decir cuál es la más bella de todas las damas que aparecen en Don Quijote, pues si una hace exclamar “¡oh!”, la siguiente impulsa un “¡ah!” y así hasta agotar todas las vocales y hasta las consonantes? Mas si lo hubiese, mejor le sería saber cómo se las gasta el Caballero de los Leones con quien ponga en duda la insuperable hermosura de su Dulcinea. Así pues, más le valdrá al juzgador, bajo la mirada serísima de Don Quijote clavada en él, pronunciase a favor de la del Toboso so pena de verse embestido, derribado y apaleado por tan formidable caballero. ¡Menudo es él!
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jueves, 2 de febrero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Sancho, Sancho
Ay, Sancho, Sancho, que todo lo de tu amo lo tienes por chifladura y quimera excepto la ínsula prometida. Aquí ya no ves locura sino ocasión de salir bien regalado, así se hable de magos encantadores o de princesas micomiconas. Inoportunísima sería aquí la cordura para tu goloso interés, Sancho amigo.
lunes, 23 de enero de 2012
Recurrencias: in medio no es virtus
Porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad: pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen «el tal caballero es temerario y atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde»(Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, capítulo XXVII).
Deberíamos tener la audacia de rectificar a Aristóteles.
Es sabido que para Aristóteles la virtud consiste en un término medio situado entre dos defectos contrarios. Y desde Aristóteles todos los virtuosos se curan en salud separándose de dos vicios contrarios. Así, el hombre valeroso se considera situado en el punto intermedio entre la temeridad y la cobardía. El hombre adornado de la virtud de la templanza se felicita de estar situado a igual distancia de la austeridad y del laxismo.
En mi caso, la experiencia de la vida, el análisis de los motivos y de los móviles, la lectura de la historia, la impresión de la ‘disimetría’ de las profundidades me han llevado a rechazar la idea de Aristóteles (…).
Y es que la timidez está en la rampa de la indolencia, mientras que la temeridad conduce a la osadía, al espíritu de empresa. La continencia no ocupa el ‘término medio’ entre el ascetismo y la lujuria; es una forma de lucha contra uno mismo”
(Jean Guitton, El absurdo y el misterio).
jueves, 19 de enero de 2012
"Bien mío" es su nombre
El caballo de Don Quijote tiene nombre, Rocinante. El rucio de Sancho no. ¿Olvido de Cervantes? A buen seguro que no. ¿Porque así lo mandaban las costumbres de la caballería? Ignoro esto. ¿Porque no se usaba poner nombre a los asnos? Juan Ramón Jiménez sí que nombró, y bien, al suyo, Platero, pero claro, era el protagonista. No lo era el de Sancho pero sí un secundario de primerísimo rango, a la altura de Rocinante. ¡Y cómo lo quería nuestro escudero!:
“Sancho llegó a su rucio, y, abrazándole, le dijo:
-¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío?
Y con esto le besaba y acariciaba, como si fuera persona. El asno callaba y se dejaba besar y acariciar de Sancho, sin responderle palabra alguna” (1ª parte, capítulo 30).
Ahora caigo. ¿Qué mejor nombre que los que el amor declara: “bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío”, y los gestos dicen: “le besaba y acariciaba”? Y Rucio callaba, como callan los muy amados para no estorbar la declaración de amor.
miércoles, 18 de enero de 2012
Sanchopancearse
Bien se ve en Don Quijote de la Mancha que la amistad es dejarse configurar por el amigo. Don Quijote de algún modo se sanchopancea y Sancho Panza de algún modo se quijotiza. Gozar, que no sufrir, la influencia del amigo de buena ley es por tanto argumento de la amistad. Me soniahace Sonia, me alfonsohace Alfonso, me emiliohace Emilio, y a ellos a su vez los susohago: a imagen y semejanza del amigo nos hacemos. Unos para otros somos molde que cubre y alma que habita.
miércoles, 11 de enero de 2012
El tuétano
Todo lo que no sean las pláticas y aventuras del caballero de la triste figura y de su escudero lo leemos de prisa y con impaciencia, para retornar al asunto de nuestras entretelas, el tuétano sabroso en torno al cual todo es hueso en la novela cervantina. Salen ellos de escena y ya los echamos de menos. Quién sabe si todas las largas digresiones del relato tenían justamente esta intención en la mente de Cervantes, hacernos suspirar por la vuelta al primer plano de don Quijote y Sancho Panza, el tándem más entrañable de la literatura universal.
La suerte de la fea...
Quien vio gigantes en unos molinos y yelmo en una bacía, ¿no había de ver en la fea Aldonza Lorenzo a la más bella de las doncellas? Así hubo de ser, porque, además, ¿qué decir de Rocinante como caballo y de Sancho Panza como escudero, comparados con los que muestran los más altos libros de la caballería? Cervantes, en lo que respecta a la dama del caballero, no se salió tampoco de la lógica del conjunto quijotil. Fea habría de ser, para que la chifladura de Don Quijote obrase la transfiguración.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Ayudar a llorar
“Con los que lloran, llorad”, dice San Pablo. ¿Significa esto ayudar a llorar? Así lo pretende el caballeroso Don Quijote con Cardenio, quien, a ratos loco, a ratos cuerdo, anda escondido entre los apriscos de Sierra Morena por cuestión de desamores. “Y cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla y plañirla como mejor pudiera” (capítulo XXIV). Hay que llorar bien la pena y el que consuele se ocupará también de esto. No dirá “no llores” sino “llora, que te ayudaré a hacerlo”.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Yo nací libre
Cada uno tiene sus ritornelos, esas fresas leídas un día y retenidas ya para siempre. Uno de los míos es el modo como se describe la pastora Marcela en el capítulo XIV de Don Quijote: “Fuego soy apartado y espada puesta lejos”, que me encandiló en su día y me ha vuelto a encandilar al escucharla de nuevo (Don Quijote de la Mancha es lo que ahora ocupa mis oídos, mp3 mediante, en mis caminatas). Se encuentra en su famoso discurso, a buen seguro uno de los más encendidos y bellos panegíricos de la libertad y la independencia que se hayan escrito nunca: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos”.
“Yo nací libre”, y libre vivo, pudiera seguir diciendo Marcela, y libre querré morir. Toda persona puede y debe decir lo mismo: “Yo nací libre”. Después, con la misma rotundidad, debiera también poder decir: “Yo vivo libre”. Solo en las montañas, con su fuego y su espada, le será hacedero.
lunes, 4 de octubre de 2010
Sólo misterio
Vuelve una y otra vez mi “no sé quien soy”, contra el que se alza siempre el “yo sé quien soy” de Don Quijote. ¿Cuál es el contenido de este mensaje que me frecuenta tanto últimamente? Quizá se trate de un suave empujón a descender más, o a ascender, para llegar a orillas donde quede mejor definido. Un “yo sé quien soy”, ¿no puede ser una trampa si ello significa quedar anclado sin desplegar las velas? Pero a lo mejor tampoco importa tanto saber quién sea uno si ello significa descifrarse donde no hay ningún enigma, sólo misterio. Y los misterios pertenecen a Dios.
miércoles, 14 de abril de 2010
Yo sé quien soy
“Yo sé quien soy”. Esta afirmación de don Quijote le venía una y otra vez a las mientes desde hacía ya algún tiempo. Él no sabía quién era. Lo había sabido en el pasado (¿seguro?) y esperaba volver a saberlo. Entre medias, debería hacer el recorrido que lo llevase del autoconocimiento de ayer al autoconocimiento de mañana, y eso pasaba por ver morir sus seguridades, por matarlas él mismo incluso, pues bien sabía que se habían convertido en parapetos tras los que se ocultaba su identidad. “Yo sé quien soy”, había dicho el Quijote, “yo no sé quien soy”, afirmaba él. Y así, una vez y otra la afirmación quijotesca primero y la negación suya después, se dejaban oír en su interior señalando un camino.
domingo, 21 de junio de 2009
Léon Bloy (3)
“Fuego soy apartado, y espada puesta lejos”, dice la pastora Marcela en El Quijote. Así quiero tener yo a Bloy con respecto a mí, como fuego, pero un poco apartado, para que me ilumine sin quemarme, como espada, pero un tanto lejos, para que su filo relampaguee sin cortarme. Acaso la quemazón y el corte serían beneficiosos para mí, me harían un daño saludable, pero, ¡ay!, la duda persiste. Demasiado abismal, demasiado selvática su entrega al sufrimiento: mi sensibilidad no lo soporta. Sé que lo hizo por amor a Cristo, por amor a María, que es necesario que haya hombres y mujeres que, llevados de un amor colosal al Siervo Sufriente de Yahvé, completen lo que falta a su pasión. Sin ellos, la obra redentora se vendría abajo, no continuaría, todo quedaría falseado. Todo esto lo sé… Pero hay estilos, otros estilos. El de Bloy me lastima y me confunde. No puedo tenerlo por eso en la cocina de mi casa, con Chesterton y Péguy y Bernanos y Lewis y tantos otros. Eso sí, le reservo una muy cómoda habitación, aunque un poco apartada.
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