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sábado, 12 de mayo de 2012

Que no falte el nombre

Podemos decir Unamuno pero no diremos Zambrano sino María Zambrano; podemos decir Heidegger pero nunca diremos Arendt sino Hanna Arendt; diremos Bergson pero nunca diremos Weil sino siempre Simone Weil, y así con muchos y muchas más. Sin entrar a valorar lo que esto signifique, de ser un famosísimo querría pertenecer al bloque femenino: nunca Ares y siempre Suso Ares. Es más, ¿cómo diría?, concreto, carnal. El solo apellido tiende a ser etiqueta, realidad abstracta, pero el nombre y el apellido es un tú que resiste la evaporización y te muestra al completo, sin mengua, más lleno de tu propia identidad y muy implantado en la tierra: María, Hanna, Simone…

jueves, 23 de diciembre de 2010

Recurrencias: basta con que Tú estés contento

”La idea perenne de que existe algo infinitamente más justo y más feliz que yo me llena de emoción y de gloria inmensas, sea yo quien sea y haga lo que haga. Mucho más que ser dichoso, el hombre necesita saber y creer siempre que existe en alguna parte una plácida y consumada felicidad para todos y para todo”.
(Fedor Dostoievski, Los demonios)

“Nuestro descanso consiste en alegrarnos de la felicidad infinita de Dios”; “la alegría de la gloria de Dios, la alegría de ver que ahora Jesús no sufre más y no sufrirá más, sino que Él es dichoso para siempre a la diestra de Dios”; “¿podré quejarme cuando mi Bienamado es infinitamente feliz por la eternidad?”.
(Charles de Foucauld, Escritos espirituales)

“¡Qué importa que nunca haya gozo en mí si perpetuamente hay gozo perfecto en Dios!” .(Simone Weil)

miércoles, 29 de julio de 2009

Mirar, comer

La belleza que vemos, sólo la vemos, o la escuchamos, o la olemos, o la tocamos. Nunca, en cualquier caso, la comemos. ¿No quedamos así faltos de algo esencial? Simone Weill lo dijo excepcionalmente bien en La gravedad y la gracia: ”El gran dolor del hombre, que comienza ya en la infancia y que prosigue hasta su muerte, lo constituye el hecho de que mirar y comer son dos operaciones diferentes. La beatitud eterna es un estado en el que mirar es comer”. La relación sexual nos deja en el borde de este deseo, el de “comernos” al ser amado, el de ser comidos por él. Un beso, profundo, apasionado, ¿no es el amago de un mordisco, de un arrancamiento e ingestión de un trozo del cuerpo venerado? Al “mirar, tocar, besar, lamer, morder”, de Félix Grande (Las Rubáiyátas de Horacio Martín) , le faltaría un “comer” que completase el crescendo del amor y el deseo.
Me pregunto si, cuando comemos y bebemos el cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía, no se anticipa lo que, según Simone Weill, será una realidad en el cielo, la unidad del mirar con el comer. Cristo, el admirable, el mirable, es también el comible, por puro amor suyo hacia nosotros, a nuestras necesidades y anhelos más profundos. Él, que se ofrece a la vista para que nos gloriemos con su belleza, se ofrece a nuestra boca para que nos saciemos, comiéndola, de esa misma belleza. Su entrega total hace posible que mirar sea también comer.