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lunes, 20 de enero de 2014

El rostro del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es aire, es fuego, es agua, pero ¿y su rostro? ¿Cuál es su rostro? ¿Acaso una reverberación inescrutable de los rostros del Padre y del Hijo?

jueves, 21 de noviembre de 2013

Dar la cara

“Que dé la cara”, decimos, cuando retamos o exigimos a alguien para que, después de haber hecho algo reprobable, comparezca y de razón de su acto. Y muchas veces la expresión va seguida de un “si se atreve”. Fuera de este contexto polémico, “dar la cara” es lo que todo hombre debe hacer, como persona situada en el mundo, ante sí mismo, ante los demás y ante Dios. Pero antes que un deber ya es un hecho inmediato: no se es ni se está en el mundo sin dar la cara, o dicho de otra manera, sin ofrecer un rostro. Ser persona es en primerísimo lugar ser un rostro y es imposible esconderlo. La posible exigencia o petición posterior -“da la cara”, “muéstrame tu rostro”- parte del hecho de que previamente ya uno es lo que es y quien es porque da cara, porque muestra rostro.

lunes, 7 de enero de 2013

Buscando a Debra Winger



Uno necesitaría mil palabras para explicar hasta qué punto y de qué manera le fascinan los actores, ciertos actores, pero sobre todo las actrices, ciertas actrices. El deseo de escribirlas ha vuelto estos días, al ver  Buscando a Debra Winger, un documental dirigido por la actriz Rosanna Arquette y en el que otras actrices, famosísimas muchas de ellas, cuentan lo que piensan y sienten del Hollywood que las ignora una vez que alcanzan los cuarenta años. De emoción en emoción veo y escucho a Sharon Stone, Meg Ryan, Whoopi Goldberg, Melanie Griffith, Holly Hunter, Frances McDormand, Gwyneth Paltrow y muchas otras. Que el título se refiera a Debra Winger se debe a que esta actriz abandonó el cine cuando tenía 50 años, por todas las incomodidades y asfixias que el sistema de Hollywood le provocaba.

Es una de mis actrices favoritas, lo cual significa que tengo por ella un amor incondicional. No sabría decir el porqué. En muchos casos, al instante te viene una razón que explica el motivo de la fascinación o el amor que sientes por alguien pero en otros no: es más difuso e inconcreto, y averiguarlo te llevaría horas y cientos de palabras sin llegar finalmente a desvelarlo. Yo he visto a Debra Winger actuar en Cowboy de ciudad (1980), Oficial y caballero (1980), La fuerza del cariño (1983), Peligrosamente juntos (1986), El caso de la viuda negra (1987), El sendero de la traición (1988), Tierras de penumbra (1993), Olvídate de París (1995), En terapia (2008) y La boda de Rachel (2008). ¿Quién es, qué tiene esta actriz para que me guste tanto? Empiezo mi indagación por su rostro. Es rectangular (creo que la rectangular es la plantilla base de todas las caras; después podrán ser más o menos alargadas, más o menos anchas, más o menos redondeadas...), alargado, con una mandíbula picuda, fuerte (como la de Katherine Hepburn o Sigourney Weaver, otras de mis actrices preferidas), un rostro claro y luminoso, ojos de color azul grisáceo y frente despejada. Para mí es tremendamente atractiva pero, además, ¿es bella? La punta redondeaba de su nariz impide que lo sea más. No se podría decir que tiene un físico potente pero sí se adivina una personalidad intensa e inteligente. Hará lo que quiera hacer, será lo que quiera ser; nadie podrá manejarla. Y por aquí, creo, me estoy acercando al quid de la cuestión, que coincide con el que explica la pasión que siento por otras actrices: Debra Winger es fuerte. Sí, me atraen indefectiblemente las mujeres fuertes, independientes, ingobernables, dueñas de sí mismas. Y hay un freud que lo explica, ya no subterráneo ni inconsciente: X, que tiene un poderosísimo ascendiente afectivo sobre mí, se adecúa, en alguna medida, a este perfil. ¿Son las Katherine Hepburn, Sigourney Weaver, Debra Winger, trasuntos, proyecciones o amplificaciones de X? Puede que sí.

martes, 7 de febrero de 2012

Hermano mío

Hermano mío, te me das siempre en tu rostro abierto, noticia buena que me consuela y no trae reparo. Por ti salgo yo de mi tristeza ensimismada más rápido y alegre que un delfín. Me malogro sin ti, contigo me hago.

viernes, 3 de febrero de 2012

sábado, 10 de diciembre de 2011

Glenn Close


Es fascinante asistir a la mutación del rostro de Glenn Close desde la expectativa a la desolación mientras la cámara la mira y ella mira a la cámara, y que traduce con total exactitud la profunda perturbación que va operando en su interior lo que le dice una echadora de cartas. Esto ocurre en Cosas que diría con tan sólo mirarla, de Rodrigo García. En sus ojos líquidos y en sus labios finos palpita todo el efecto que producen en Glenn Close las palabras que la adivinan. Tenerla de frente, muy cerca, y dejarse ganar por el hechizo de un rostro con tanta fuerza, es un regalo inmenso que ella nos hace bajo la batuta de Rodrigo García.

sábado, 11 de junio de 2011

Una llave

Cada rostro una llave, una puerta, una habitación, una casa…
Millones de rostros, de llaves, de puertas, de habitaciones, de casas…

jueves, 12 de agosto de 2010

Baja a la calle

Apartas la cortina y la espías fuera, la vida. ¿No está también dentro? Sí, pero incompleta. El todo siempre se cumple con lo que está más allá de nosotros, de modo que nadie pueda decir: “Me basto”. Uno nunca es alimento suficiente para sí mismo. Lo sabe el solitario, que si es verdadero, deja la puerta abierta para que sea la suya una soledad habitable. Hay que descorrer la cortina y mirar al otro lado de uno mismo y ver qué pasa, mejor, ver quién pasa, tal vez alguien que vuelva la cara y nos mire, diciéndonos: “Baja a la calle, amigo, alguien te sale al paso”.

martes, 15 de diciembre de 2009

Desvelados

Sólo desvelados es posible el diálogo, la cópula, el amor. Si no nos mostramos vamos al inframundo, donde las arañas despliegan su tela sobre nuestros rostros.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Así brotas

Tu sonrisa te manifiesta y nos dice quién eres. En torno a ella, todo el rostro se mancomuna, sobre todo tus ojos, que echan chispas. Y así brotas, tú mismo, franqueándote en ella, sello siempre abierto, que no se premedita y se lanza al ruedo instantáneo de la vida.

martes, 24 de noviembre de 2009

El viento

El viento y sus noticias frescas, las que trae aquí desde el otro lado del mundo, mensajero feliz en múltiples horas. A veces son el apunte de rostros desconocidos, aquéllos sobre los que se recostó y de los que extrajo una máscara, más bella cuanto más sutil. Lo sentimos también sobre el nuestro, culebreando sobre la nariz, resbalando por las mejillas, arremolinándose en los ojos, besando los labios, disparándose en el mentón. Suya nuestra cara en todos los senos del aire, para dejarlo allá, muy lejos, donde otros hombres esperan.

martes, 15 de septiembre de 2009

Un rostro

Un prematuro envejecimiento puede sentarle bien a un rostro de treinta y cinco o cuarenta años, darle una bonhomía en la que se sumen la juventud aún no ida y la vejez tan sólo un poco anunciada.

lunes, 31 de agosto de 2009

¡Oh, maravilla!

En tu rostro me abismo, igualmente en el tuyo, y en el tuyo también. Atravieso las puertas que tenéis abiertas, me planto ante las que permanecen cerradas. Vosotros, todos, mundos abisales. El abismo llama al abismo, el rostro llama al rostro. Aquí una pirueta, más allá una floritura, una fantasía, juegos malabares de las pestañas, los ojos, las mejillas, los labios, el mentón, la nariz, la boca, las comisuras, las arrugas, la piel tersa, las pecas, el vello. Me abres un camino y por él me lanzo. Me lo cierras, ante él me paro. Allí conquisto, aquí no encuentro. Pero sigo, pues son millones las caras, las aventuras faciales sobre los cuellos, bajo las frentes, cada uno una longitud de onda, una franja horaria, un sí, un no, un sí es no, un no es sí, me adentro, me detengo. ¿Qué pasa? Pasas tú, y tú, y tú también. ¡Oh, maravilla!

lunes, 16 de junio de 2008

El monstruo

A solas, se nos yergue el monstruo. En compañía, mengua, se hace chiquito, hasta desaparecer, porque no soporta la realidad de un rostro humano.

viernes, 6 de junio de 2008

Buenos días

Sales sin rostro a la calle, retraido en algún lugar del cansancio, el desaliento o la indolencia, y basta un "buenos días" de una vecina para que todo él, desde su inexpresividad, vuelva a su sitio, porque ante un "alguien" es imposible quedarse en "cosa" o en "nada". Un "tú" te emplaza y vuelves a ser un "yo", a devolver ser por ser, vida por vida, "buenos días" por "buenos días".