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lunes, 8 de septiembre de 2014

Ciudad Rodrigo: amigos, teatro

Me reuní con Emilio en Ciudad Rodrigo, a donde había acudido con un amigo que iba a su vez a visitar a un amigo mirobrigense; se presentó también otro amigo del amigo de Emilio, vecino de Tordesillas. Los conocía a todos pues fueron compañeros míos en Salamanca. “Estamos igual pero más mayores, ¿verdad?”, les dije, lo cual era cierto. Rodando todos los cincuenta, unos por arriba y otros por abajo, no estábamos todavía en edad de mostrar grandes deterioros ni estragos, sólo arrugas en las comisuras de los ojos, canas en abundancia y algunos quilos de más en alguno de los casos. Manteníamos nuestro genio y figura: lo que había cambiado es que éramos más sabios, sabíamos más acerca de la vida. Hay que ser muy cerril para que esto no ocurra. Me causó una gran alegría volver a verlos, quince o veinte años después. Retroceder en el tiempo hasta nuestra época salmantina fue inevitable y unos a otros nos lanzamos un “¿qué fue de éste, qué fue de aquél?” Pero no hubo ni un atisbo de nostalgia, sólo curiosidad. Estábamos todos muy en nuestro presente, cada uno en el de su ínsita biografía, y así seguimos en nuestra estancia en Ciudad Rodrigo. Tenía lugar la 17 edición de La feria de teatro de Castilla y León y nos zampamos ocho funciones; visitamos la exposición dedicada a los 800 años de la supuesta presencia de San Francisco en esta ciudad salmantina; nos paseamos también por el originalísimo museo del orinal, único en el mundo junto con otro que hay en Alemania; enfrente, la Catedral ofrece una joya, su espléndido pórtico, y una curiosidad que no me resisto a contar: en el coro, magnífico, una mano pícara talló un enorme falo; si se sube al piso superior por la escalerilla izquierda, el que es diestro apoyará la mano en él si quiere ayudarse a subirla, sin imaginar qué es lo que le está sirviendo de apoyo; y es que si nadie te advierte de su presencia pasa completamente desapercibido. Nosotros estábamos al tanto de su existencia porque en una visita anterior, hace más de veinte años, el guía de entonces quiso contárnoslo como quien cuenta un secreto; que nadie me pregunte por qué merecimos estar al tanto de este secreto. Una vez que lo sabes se te agolpan las preguntas: ¿quién lo esculpió: el maestro Rodrigo Alemán, uno de sus obreros? ¿Y por qué: es una picardía, un conjuro, una sinvergüencería? En el románico, los canecillos representaban a veces figuras obscenas. Jiménez Lozano tenía una explicación para esto. ¿La tiene alguien para el falo del coro de la catedral Santa María de Ciudad Rodrigo?

martes, 8 de julio de 2014

Mi senequita

Me causó maravilla, emoción y conmoción San Juan de la Cruz. La biografía, del padre carmelita José Vicente Rodríguez, una obra monumental en extensión y en calidad. ¡Qué hombre, qué santo Juan de Yepes, después Juan de la Cruz! Incandescente, pura luz, amor total, plenitud suave, y mil cosas más, todas concentradas allí donde el hombre de Fontiveros es el santo descalzo, un santo irrepetible y casi irrespirable de tan puro. Hubo momentos en que sólo me fue posible continuar la lectura a condición de dejarla y ponerme a rezar, a rezarle a él: “fray Juan de la Cruz, fray Juan, padre Juan”, le decía, le digo. “Mi séneca, mi senequita”, lo llamaba la madre Santa Teresa, un diminutivo que en mi cabeza se une a otro, El mudejarillo, la preciosa obra que escribió sobre él José Jiménez Lozano, y esto porque era bajo, bajito digo yo con otro diminutivo por la ternura que me inspira. Con respecto a mi relación con los santos, creo que esta lectura supone un antes y un después en mi vida espiritual y cristiana. No era devoto de ningún santo en particular y creo que a partir de ahora lo voy a ser incondicionalmente de San Juan de la Cruz, “el jilguero de Dios”, cuya protección y luz ya le pido. Me quedo con muchas cosas pero ésta me ha gustado especialmente: “Por donde fuésemos hiciésemos el bien a todos, porque pareciésemos hijos de Dios. Y que jamás hiciésemos agravio a nadie, ni con obras ni con palabras agraviásemos a nuestros prójimos; y que tuviésemos por claro y cierto que cada vez que nos descuidásemos de esto, nos hacíamos más mal a nosotros que a nuestros prójimos”, palabras de una monja descalza del monasterio de San José del Salvador, en Beas, Jaén, sobre lo que le había escuchado decir al santo en una ocasión.

lunes, 4 de noviembre de 2013

El geniecillo de Oriente

Sigo preguntándome por qué me maravilló tanto el encuentro con Jiménez Lozano. Estaba con muy buenos amigos, cierto, y a la sombra de un árbol en el jardín de su casa en una tarde apacible, igualmente cierto, dos cosas maravillosas. Y estaba con don José Jiménez Lozano: ésta es la razón principal. Pero, ¿por qué encendió todas mis bombillas? ¿Por qué se hizo una especial luz? Había algo nemoroso, como si me encontrarse ante un papá Pitufo que hubiese salido de su casa en el bosque a revelarnos cosas extraordinarias, el jefe de los siete enanitos hablándonos, todo entusiasmado, del rubor de las mejillas de su dulce Blancanieves, un geniecillo con su lámpara de Oriente oliendo a seda y plantas medicinales, el maestro Yoda, adelantado en virtud y en sabiduría, haciendo fulgir su espada. Todo esto, sí, y mucho más.

martes, 17 de septiembre de 2013

Ancha es Castilla

Ancha es Castilla y también profunda, grávida, ligera. Castilla y lo castellano es lo histórico-español por excelencia, pues en ella se apoya España, nace de ella y a ella debiera volver una y otra vez.
La generación del 98 redescubrió Castilla y así la quiero yo en mí, siempre redescubierta, esta vez en Ávila, al hilo de Pedro Berruguete y su retablo del monasterio de Santo Tomás, del infante don Juan, el hijo de los Reyes Católicos muerto a los 19 años de edad, del monasterio de la Encarnación, donde profesó Santa Teresa y del que fue priora durante tres años, de la iglesia de San Vicente, de su magnífica muralla, de la catedral y sus esculturas de alabastro, de Fontiveros, cuna de San Juan de la Cruz, de don José Jiménez Lozano y de Alcazarén, la villa en la que vive.
Donde la luz es Ávila, reza el título de un libro, y reza bien, muy bien.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El hombrecillo

Don José Jiménez Lozano nos espera sentado y leyendo un libro junto a la puerta de su casa, al otro lado de la verja. Es un hombre muy bajo y viste un elegante traje de color canela. Aurora le entrega a su mujer, doña Dora, de Adoración, una tarta de chocolate que ha hecho ella misma. “Para los nietos”, le dice, tras escuchar sus cariñosas protestas.
Nos sentamos en el jardín, cada cual con la consumición que nos ha ofrecido doña Dora. Le pedimos que se quede con nosotros y así lo hace. Corre el aire, todavía no muy altanero. El autor de Sara de Ur lleva puestas unas gafas de sol, que se quita un poco más tarde. Vemos entonces sus ojos azul claro, vivísimos. Las intervenciones más largas del diálogo que se entabla entre nosotros corren a su cargo. Hablamos de muchas cosas: de literatura, de arte, de política, de educación, de historia. Yo lo escucho extasiado: ¡me encuentro ante una leyenda viva de la literatura española! Su mirada recorre las nuestras. Cuando se detiene en la mía yo me cuelgo en la suya, con ansia de encuentro.
Dos horas más tarde, a las siete, el viento comienza a ser molesto y doña Dora nos invita a entrar. La conversación continúa en el escritorio de su marido, ordenado y atestado de libros, acaso más íntima. Resulta muy gracioso ver cómo don José Jiménez Lozano se encrespa y pega un brinco en la silla cuando su esposa atempera alguna de sus observaciones.
A las ocho decidimos marcharnos. Fuera de la casa, a pocos metros de la verja, se repiten los apretones de manos. Yo soy el último en estrechar la del maestro. Obtengo entonces un maravilloso regalo: retiene durante un buen rato la mía, mientras nos dirige unas últimas palabras. Dada su poca altura, tengo que inclinarme un poco para poder sostener la suya.
Ya en el coche de vuelta a Ávila, G., el marido de Aurora, dice: “yo de mayor quiero ser como él”.

lunes, 14 de marzo de 2011

Recurrencias: el eco de la gracia

"Todo es gracia" (San Pablo, Carta a los romanos)

“Todo es gracia” (Santa Teresa de Lisieux, en su lecho de muerte).

“Todo es gracia” (George Bernanos, Diario de un cura rural).

“Todo es gracia” (José Jiménez Lozano, Historia de un otoño).