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sábado, 6 de marzo de 2010

Sufrir mal

“Cuando se sufre realmente, siempre se sufre mal” (Henri de Lubac, Paradojas seguido de Nuevas paradojas), es decir, sin maña, sin arte, sin lograr un porte en el que el sufrimiento quede bien envainado. Uno no tiene bridas para conducirlo y ocurre más bien lo contrario: los embridados somos nosotros y es él quien nos conduce, si es que lo suyo es conducir y no más bien lo contrario, desbocarnos.
Este estar sin arte y sin maña, sin saber qué hacer para sufrir “bien”, “con estilo”, aumenta el sufrimiento. Sufrimos por partida doble: por el sufrimiento en sí y por hacerlo mal. Pero cuando “se sufre realmente”, ¿es posible sufrir “bien”, sea lo que sea lo que esto signifique? Supongamos que el “sufrir bien” consista en hallar algún tipo de compostura interior que nos permita no andar desencajados, por más que estemos padeciendo. ¿Continúa siendo esto un “sufrir realmente” o se trataría ya de un sufrimiento al que al “realmente” se le han restado varios grados de intensidad, precisamente porque se ha logrado sufrir “bien”? No parece, pues, en tanto se sufra “realmente”, que sea posible hacerlo de otra manera que “mal”, sin arte, sin maña, sin figura, un tanto o un mucho desgañitados.

miércoles, 3 de junio de 2009

Dad razón

Estad “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza”, leemos en 1 Pe 3, 15.
Sí, y tantas veces no será esa razón más que el balbuceo ininteligible de un cristiano tímido, o el exabrupto de un cristiano susceptible, o la sentencia inapelable de un cristiano magisterial, o el quedarse sin palabras ante un no saber qué decir de un cristiano dialécticamente inhábil, o el grito de un cristiano sanguíneo que quiere así dar más fuerza a su argumento, o… ¡cuántos “o” se podrían añadir aquí! No, no tendremos siempre a mano una razón perfecta y redonda que, por nuestra boca, salga como palabra igualmente perfecta y redonda. Cada cristiano dará la razón que pueda dar, y Dios tampoco le pide otra cosa, es más, justamente le pide sólo ésa, justamente ésa que sólo él puede dar, tan suya, acaso pobre, insuficiente, inhábil, balbuciente unas veces, acaso demasiado defensiva y abrupta, gritona y sentenciosa otras. Porque “al creyente que razona, dice Henri de Lubac, no se le ha prometido ser siempre lógico riguroso, ni hábil analista, ni sabio perspicaz, ni profundo filósofo. Aun siendo buen razonador, su técnica puede ser defectuosa. No es cosa que avergüence hacer esta confesión” (Por los caminos de Dios). Sí, es muy fácil comprobar día a día cuán defectuosa puede ser nuestra técnica. Pero también este logos imperfecto y tan poco sabio de tantos cristianos cumple su papel, acaso tan fecundo o más que el de los teólogos más geniales. ¿Qué sabemos nosotros acerca de todos los millones de razones y de logos que cada día ponen sobre el mundo cristianos de todo pelaje y condición, que, acaso muy incompetentes en su forma, no lo son en su fondo y dan así un fruto magnífico?