El precio, 72 euros, impidió que fuese al concierto de Bruce en Santiago el pasado domingo, 2 de agosto, lo que a cambio permitió a mi hermana María, que si fue, pedirme que acostase a Sabela, su hija mayor, de cinco años, y muy querida sobrina mía. Ambos, puestos los pijamas, nos embutimos en la cama de sus padres, privilegio que obtuvo Sabela esa noche. Lo primero de todo, la lectura de dos cuentos, Y la luna sonrió, de un tal Petr Horácek, y Russell el borrego, de otro tal Rob Scotton, cuyas historias sobre el sueño no pretenden sino eso, poner a dormir a los niños. Sabela, además de escuchar quería ver las ilustraciones, magníficas, por lo que tuve que desplegar los cuentos ante sus ojos. Creo que hice una lectura correcta, con un ritmo y un tono adecuados. “Ahora esperaremos a que venga mamá”, me dijo Sabela en cuanto terminé de leer. “No sé tú, pero yo no pienso esperarla despierto así que me voy a dormir”. “¿Y así como vamos a saber que viene?” “Ya nos despertará ella”. Nos giramos entonces, quedando frente a frente, y cerramos los ojos, yo con la intención de hacer mutis por el foro en cuanto ella quedase dormida. En un primer intento, al sentir que su respiración era más profunda, medio abrí los ojos y empecé a deslizarme fuera de la cama. “¿No duermes?” “Sí, sí que duermo”. Primer intento fallido. Unos minutos más tarde me lo propuse de nuevo con la intención de que ahora sí. Me sorprendió nuevamente, pero le dije que iba al baño y que enseguida volvería. “No tardes”. “Vale”. No tardé, volví, y ya estaba perfectamente dormida.
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viernes, 7 de agosto de 2009
viernes, 3 de julio de 2009
MÁS
Las realidades de la vida dan de sí lo que les es posible dar. Un buen vino, una balada de Bruce, un amor duradero, un puesta de sol en la playa, un amigo fiel, una de John Ford, el cuerpo cálido de un niño, la charla amistosa en una terraza de verano, un paseo por el Bósforo, la sonrisa de ese ser que te ama y al que amas, el chocolate, Katherine Hepburn, la santidad de una madre, la ternura de un padre, el cielo, las nubes, el fulgor de la desnudez, una novela de Álvaro Pombo, aquel poema de Auden -Postscript-, la camaradería en el trabajo, una tarde de lluvia, un brillo en la pared, las ardillas, Odilon Redon, la brisa entre las hojas, el canto de los pájaros, una ruina abandonada: dais de sí lo que tenéis, muchísimo, tanto que parece suficiente para calmarme y quedar yo saciado. Pero, ¡ay!, mi hambre es infinita… Quiero más. MÁS.
martes, 23 de junio de 2009
Bruce
Su voz terrosa, con ese punto ríspido que es al mismo tiempo muy cálido, deja en mi ánimo una extraña mezcla de gozo y melancolía, que me conmueve profundamente. ¡Ah, Bruce, qué hermosa se siente la vida al toque de tu voz! A quienes quedamos imantados por figuras que nos parecen paternas, o primogénitas, Bruce se nos presenta como un padre o hermano mayor adorable. Es un hombretierra cuyo calor buscamos.
¿Qué vacíos colma, que heridas cierra, que dolores alivia Bruce para que me llegue tanto? Sé porque eres llave y entras en el ojo de cerradura que tengo dentro de mí, donde indiscerniblemente me dañas y me salvas, me entristeces y me alegras, me haces derramar lágrimas de gozo y dolor.
¿Qué vacíos colma, que heridas cierra, que dolores alivia Bruce para que me llegue tanto? Sé porque eres llave y entras en el ojo de cerradura que tengo dentro de mí, donde indiscerniblemente me dañas y me salvas, me entristeces y me alegras, me haces derramar lágrimas de gozo y dolor.
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