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martes, 7 de abril de 2015

Verde malo, verde bueno

¿Inaugura Homero la malignidad del color verde, cuando habla del “verde miedo” en varios lugares de la Odisea? Porque después, dando un salto de siglos, aterrizamos en Shakespeare, el cual, en Otelo, califica a los celos de “monstruo de ojos verdes”. Y en el siglo XIX una de las leyendas de nuestro Bécquer se titulará precisamente “Los ojos verdes”, los de la mujer del lago que, hechizante, arrastrará hasta su fondo, ahogándolo, a su hombre enamorado. Y parece que “el verde que te quiero verde” de Lorca, en su “Romance sonámbulo”, hace también suyo el carácter siniestro del color verde.
Es llamativa esta asignación de cualidades funestas a este color, siendo como es el color por excelencia de la primavera y por ello de la vida. Cuando la naturaleza, tras el invierno, resurge, se vuelve verde en los árboles y en las plantas. Es la “verde esperanza” de Machado y, superlativamente, de la Esperanza cristiana, que se hace también verde en el transcurso del tiempo ordinario del calendario litúrgico, durante el cual los sacerdotes en la celebración de la eucaristía visten una casulla de este color.
¿Será que lo malo: el miedo, los celos, la muerte, se viste con lo bueno, lo verde, para así atraernos y perdernos, otra versión del diablo disfrazado de ángel?

viernes, 28 de noviembre de 2014

Palabras, palabras, palabras

El “palabras, palabras, palabras” de Shakespeare sería un buen rótulo para identificar una de las vetas de la obra de Javier Marías. La existencia está embadurnada de palabras, rebosa de palabras el mundo y la historia, de todo se ha hablado y dicho demasiado, las cosas se explican, se re-explican, se re-re-explican, no cesa el torrente empalabrador: ¿por qué tanta palabra, tantas palabras? Y lo peor: que la palabra dicha ya nunca puede ser desdicha, queda ahí, atrapando para siempre a quien la dijo, por más que después diga que no la dijo o que diga que dijo “diego” donde había dicho “dijo”. El universo de Javier Marías llora por no ser mudo, acaso también sordo, o simplemente silencioso.

lunes, 26 de agosto de 2013

La hybris de la retórica

El rey Lear cava su propia desgracia al pedirles a sus tres hijas que, antes de entregarle a cada una la tercera parte de su reino, le declaren cuánto es su amor por él . Las dos mayores, Goneril y Regan, mentirosas y aduladoras, se lo declaran ampulosamente, desconociendo que al amor le sienta bien la exageración en tanto ésta no vaya más allá de “un poquito”, como dijo Antonio Machado: “a las palabras de amor / les sienta bien su poquito / de exageración”. Las palabras de Cordelia, en cambio, son escuetas, breves, justas por ajustadas, sin ni siquiera ese “poquito” al que tendría derecho. El rey Lear siente regalado su oído por la verbosidad -¿no acude aquí como una flecha el “palabras, palabras, palabras” de Hamlet?- de sus dos hijas mayores y desatiende el regalo de la menor y mejor de sus hijas, Cordelia, el único que es verdadero porque al, no cegarla la codicia, no necesita expresar su amor con ínfulas que, en este contexto, serían siempre impostoras. En la medida en que se ajusta a su límite, evita la hybris de la retórica y demuestra así que su amor es el más devoto, el más fiel, el más entregado.

sábado, 1 de septiembre de 2012

El estado de bienestar



El estado de bienestar ideal sería aquél que nos redimiese de la obligación de trabajar y librase al artista que cada uno llevamos dentro, el que somos en definitiva, a tiempo completo. Uno sería desde que nace hasta que muere un ser jubilado en permanente jubileo. Nuestras habilidades creativas no encontrarían ningún obstáculo y en su ejercicio hallaríamos nuestro descanso: todos los días serían lunes, o martes, o miércoles, o jueves, o viernes, o sábado, o domingo. Da lo mismo: el día laboral sería igual al festivo. De lunes a sábado “descansaríamos” y el domingo “trabajaríamos”, o viceversa, o de cualquier otra manera. Cada uno con su talento, completaríamos entre todos la Creación empezada por Dios: A. con sus silbidos y Beethoven con sus sinfonías; C. con su teatro de marionetas y Dante con su Divina Comedia; Esopo con su Fábulas y F. con sus chascarrillos; Galdós con su Misericordia y H. con sus cuentos para niños; I. con su Tomasín y Joyce con su Ulises; Kant con sus Críticas y L. con sus sinsentidos; Mozart con su Flauta Mágica y N. con su ingenioso caramillo; Ñ. con sus trampantojos y Ovidio con sus Metamorfosis; Picasso con su período azul y Q. con sus acuarelas verde claro; R. con su Luis y Margarita y Shakespeare con su Romeo y Julieta; Santo Tomás de Aquino con sus Sumas Teológicas y U. con su menuda teología; Velázquez con sus Hilanderas y W. con sus vestidos de colores; X. con los recuerdos de su niñez y Yourcenar con sus Memorias de Adriano; Zurbarán con sus monjes y Z. con sus monaguillos.

martes, 12 de enero de 2010

Recurrencias: piensa bien y rezarás

"La oración es otra manera de pensar limpia y rectamente. Cuando reces, piensa. Piensa bien lo que dices. Convierte tus pensamientos en cosas sólidas, de ese modo tus oraciones tendrán fuerza. Y esa fuerza formará parte de ti, de tu cuerpo, de tu mente y espíritu".
(Del guión de la película Qué verde era mi valle, de John Ford)

”Mis palabras vuelan a lo alto, mis pensamientos se quedan abajo: las palabras sin pensamientos nunca van al cielo”.
(William Shakespeare, Hamlet)

domingo, 1 de febrero de 2009

Verde

Los celos, el monstruo de los ojos verdes, que dijo Shakespeare.
Verde que te quiero verde, muerte que te quiero muerte, que dijo Lorca.
Verdes son los ojos de la mujer del lago, la leyenda de Bécquer, que, hechizante, arrastrará hasta su fondo, ahogándolo, a su hombre enamorado. 

Contra el maleficio del verde levanto yo su beneficio, esa otra, y mayor, tradición del verde esperanza, verde de la tierra mía, verde campo y verde árbol, verde mar y verde musgo… ¡Verde mundo, verde que te quiero verde, vida que te quiero vida, amor, ese ángel de ojos verdes, mujer del lago que te deja en tierra y no te ahoga!