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viernes, 11 de septiembre de 2015

Ojalá

¡Ojalá el sufrimiento fuese siempre para todos, creyentes e increyentes, una puerta por la que dejásemos entrar a Dios!

jueves, 5 de febrero de 2015

Igualar las suertes

¡Qué torturante es la desigualdad entre los destinos de las personas, de las generaciones, de los pueblos! Buena fortuna para unos, mala fortuna para otros, a ratos buena a ratos mala para otros tantos; pueblos libres y pueblos esclavos; generaciones florecientes y generaciones masacradas; niños que llegan a vivir noventa años y niños que se mueren de hambre nada más nacer; hombres mecidos por la felicidad y hombres que sufren las torturas más salvajes; los que, a tiempo, escaparon de la Alemania nazi y los que no pudieron escapar; los que acabaron en el gulag y los que se libraron de él; los que lloraron siempre y los que casi siempre sonrieron; los aterrados por crueles enfermedades y los que no pillaron ni un resfriado en toda su vida; los que pudieron ser lo que quisieron ser y los que, perdiéndose, no acertaron a serlo; los culpables que no fueron inculpados y los que, siendo inocentes, sufrieron la pena capital. ¿Por qué no fui un judío buscado, atrapado, transportado, internado, esclavizado, muerto? “¿Por qué a mí?”, gritan unos. Los otros, en cambio, no gritan “¿por qué no a mí?” El peso de la eternidad tiene que remediar todo esto, tiene que igualar las suertes en un destino final de dicha absolutamente reparadora, para que todos entendamos y aceptemos.

viernes, 26 de septiembre de 2014

El emplasto

¿Cuánto durará el estado de shock? Y después, ¿cuánto el dolor insoportable? ¿Cuánto, finalmente, la desolación? Algún día, con el emplasto de una fe en una futura resurrección, en realidad una resurrección ya presente, comenzaría la remontada.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Los remedios

X. me estuvo hablando de su mal estado de salud. No sabía que el año pasado había estado seis meses de baja por culpa de una vértebra y del nervio ciático. Sólo con morfina pudieron calmarle el dolor. Su hijo tuvo que ponerse al frente de la cafetería. “Menuda conversación te estoy dando, ¿eh?” “Mujer, ¿qué hay de malo en hablar de lo que nos pasa?” Nada de malo y mucho, mucho de bueno, sobre todo porque así se sale del propio garito y aunque no se remedien por ello los dolores del cuerpo, tan concretos, tan brutos, se remedia sin embargo algo la vida, que impremeditadamente nos sale siempre al encuentro.

miércoles, 21 de mayo de 2014

La estela de Job

La entrevista a José A. Ortega Lara que nos dio a conocer Ángel en su blog me puso contra las cuerdas. Con el tema del sufrimiento humano, cuando éste lleva al hombre más allá de lo soportable, yo me electrocuto de cuando en cuando. Necesito después varios días para recuperarme. Ortega Lara habla de su sufrimiento “atroz, atroz, atroz”, de sus intentos de suicidio, de su suplicio vivido coram Deo. El diálogo entre el hombre sufriente y Dios alcanza aquí sus cotas más desgarradoras: estamos en la estela de Job, durísima estela, en la que el hombre arguye contra Dios y lo pone en tela de juicio. Yo me quedo siempre sin respuestas, y vuelvo los ojos a Cristo crucificado, enmudecido. “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”, gritamos. La oración de san Francisco de Asís vuelve a mis labios: “Pastor bueno que a nosotros nos has mostrado tu misericordia (...), concede gracia y virtud a esta tú ovejuela para que en ninguna enfermedad, angustia o dolor me aparte de Ti”. 

sábado, 17 de mayo de 2014

El sufrimiento

El sufrimiento es un material altamente inflamable, de difícil gestión. Se soporta, se lleva como se puede.

jueves, 13 de febrero de 2014

Millones

Es insoportable pensarlo, pensar en los aludes de dolor que causa cualquier guerra. La guerra mata personas, mutila cuerpos, deshace psiques, destruye almas, substrae padres, hijos, hermanos, amigos, derrumba casas y puentes y escuelas y hospitales, destroza carreteras y vías de tren, aniquila presentes felices y futuros esperanzadores, hace huir a todos los que se convierten en refugiados. Millones de muertos en la Primera Guerra Mundial, muchos más millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, los millones de muertos de todas las guerras a lo largo de la historia; millones de heridos, millones de hambrientos, millones de enfermos, millones de desamparados. Millones de dolores y sufrimientos.

martes, 5 de noviembre de 2013

¿Por qué?

Todos mis sufrimientos pasados han quedado encajados, pacificados, recogidos, excepto el de aquellos largos meses de uno de los años en que viví en Salamanca: éste no, se resiste, sigue enarbolando su “¿por qué?”

miércoles, 5 de octubre de 2011

Félix innocentia


Tengo intolerancia cero contra el sufrimiento. Lo considero fruto del pecado. A medida que crezco no me veo con mejores mañas para sufrir sino casi al contrario, me noto más vulnerable. Sufrimientos pasados no me han valido para sobrellevar mejor sufrimientos posteriores. De cada vez, partí de cero. En cuanto hijo de Dios me considero hijo de la alegría y la felicidad, en línea rectísima con la de nuestros primeros padres en el paraíso. Me sé de éste, lo gritan mis entrañas cuando me atenaza el dolor: ansío volver a él, que todos volvamos a él para no sufrir ni llorar nunca más.
Hemos hecho, sí, grandes cosas con el sufrimiento, acopiar cantidades ingentes de sabiduría. No quedaba más remedio. De la necesidad, virtud. Pero maldito el pecado que creó esa necesidad de la que hemos sacado virtud. Duro, muy duro, durísimo el peaje. Querría no tener que pagarlo, que nadie tuviese que pagarlo, para llegar a ser sabio, sino que viniese rodado, de suyo, con el puro discernimiento que logra la inocencia. Qué pena que ésta se nos fuese por obra del delito primero que nosotros hemos reafirmado año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, hasta hoy, hasta mañana, hasta el último futuro. Qué penosas las penas, qué injustas las injusticias, qué horrendos los horrores. Qué hermoso habría sido el color de la encarnación de Jesús en un mundo inocente, sin pecado. Con él, he ahí el color de la hiel, del azote, de la espina, de la cruz. Félix culpa, sí, pero cuánto mejor hubiese sido félix innocentia.

viernes, 1 de julio de 2011

El enfado de Consuelo


-Ímosche traer unha tele. Así distraeraste e poderás ver á misa os domingos-, le decimos mi madre y yo a Consuelo, su prima, encamada en una residencia de ancianos desde hace algún tiempo.
-Deixa, Pilariña, a min Deus non me quere. ¡É tanto o que levo padecido!
-Pero qué dis, Consueliño, Deus está cos que sufren, cos enfermos, cos pobres-, la amonesta cariñosamente mi madre.
El rostro de Consuelo refleja el desánimo oscuro en el que anda sumergido su espíritu.
-Estás anoxada con Deus-, le digo.
-Estou, sí. ¿Con quén se non?
El santo Job nos ampara en tales momentos: él abrió la veda para la queja ante Dios, cuya amorosísima abbaidad es la que permite, y hasta espolea, nuestros sufrientes y amargos reproches, porque tras ellos, en el fondo, se oculta un “yo te bendigo, Padre”.

domingo, 19 de junio de 2011

Discernir, sufrir


Se aprende por discernimiento o por sufrimiento, nos decían.
Hay asuntos que se disciernen sin necesidad de sufrirlos. Otros, sólo después de sufridos se disciernen. Cuáles sean unos u otros dependerá de la persona y sus circunstancias.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Reyes

Una corona que ella no pidió, que la vida le clavó con todas sus espinas, y que llevaba con la reciedumbre de una reina. Ésta es la impresión que me produjo una señora que hacía cierto tiempo había perdido a su única hija, mientras permanecía a mi lado ante el mostrador de un comercio: emanaba de ella una cualidad majestuosa, como si el dolor la hubiese colocado en un trono. Durísima corona y durísimo trono, sí, muy distintos de los que nos regala la alegría, que también nos convierte en reyes. La dicha verdadera es maestra de sabiduría, nos abre caminos, prende luces en nuestro interior, pero su precio no nos hace sangrar: ésta, ¡ay!, es la gran diferencia.

domingo, 16 de enero de 2011

¿Por qué?

¿Por qué la vida es tan dura, por qué a mí?, te preguntan, y tú contestas que no lo sabes. En otro momento esas mismas preguntas te las hiciste tú a ti mismo, a otro, y no hubo tampoco respuesta. La encuentra cada uno, una luz que a veces será clarísima y otras difusa, algo que busca acomodo dentro de la propia historia personal. Las durezas de la vida suman sus hilos para tejer toda la trama, que uno espera que se muestre al fin como misterio pacificado.

martes, 24 de agosto de 2010

Atrapado

Se enmaraña con sus sufrimientos y no sabe salir de ellos. No quiere sufrir pero quiere sufrir. Incapaz de ser feliz, halla un extraño goce en sus penas. Son enredos morbosos en los que queda atrapado, sin fuerzas y también sin ganas para poner un pie decidido en la vida. Alguien tendría que hundir la mano en su mundo y encontrar, agarrar y tirar con fuerza de su deseo de salvación.

sábado, 21 de agosto de 2010

Santos

Hombres enteros, sanadores, santos de alcance infinito. El sufrimiento lo bebieron entero y sacaron una dicha limpia. Curaron heridas, amortajaron a los muertos. El mal se encrespaba ante ellos y caía en pedazos. No eran rocas, el dolor los atravesaba pero no rendía su amor. Desde la humildad crecían como llama. A su lado el pecador se quemaba y volvía a ser bueno. Sus pies abrían caminos donde no los había y, levantándose, los hombres andaban de nuevo. Quien los conoció lo sabe: si morían, daban vida a raudales.

viernes, 20 de agosto de 2010

La herida

¿Dejar que la herida hable o silenciarla? Que calle, no diría sino disparates, anunciaría la hecatombe de una humanidad sufriente y un mundo herido. No tiene a mano una historia de salvación, el cielo lo ve muy lejos, se le pegan todas las lágrimas. ¿Sanará o quedará para siempre abierta? El amor es pálido, muy pálido, no lo siente y lo hambrea como un pordiosero. Deberá meterse muy dentro y, en silencio, rezar, rezar.

miércoles, 2 de junio de 2010

Grande y desplegada

Los golpes de la vida, al macerarnos, consiguen que nuestra carne se extienda y que disminuya su espesor. Ofrecemos así una superficie mayor y una menor resistencia. Gracias a esto, le es más fácil al viento empujarnos y alzarnos. Antes éramos una vela chica y encogida; ahora somos una vela grande y desplegada.

sábado, 6 de marzo de 2010

Sufrir mal

“Cuando se sufre realmente, siempre se sufre mal” (Henri de Lubac, Paradojas seguido de Nuevas paradojas), es decir, sin maña, sin arte, sin lograr un porte en el que el sufrimiento quede bien envainado. Uno no tiene bridas para conducirlo y ocurre más bien lo contrario: los embridados somos nosotros y es él quien nos conduce, si es que lo suyo es conducir y no más bien lo contrario, desbocarnos.
Este estar sin arte y sin maña, sin saber qué hacer para sufrir “bien”, “con estilo”, aumenta el sufrimiento. Sufrimos por partida doble: por el sufrimiento en sí y por hacerlo mal. Pero cuando “se sufre realmente”, ¿es posible sufrir “bien”, sea lo que sea lo que esto signifique? Supongamos que el “sufrir bien” consista en hallar algún tipo de compostura interior que nos permita no andar desencajados, por más que estemos padeciendo. ¿Continúa siendo esto un “sufrir realmente” o se trataría ya de un sufrimiento al que al “realmente” se le han restado varios grados de intensidad, precisamente porque se ha logrado sufrir “bien”? No parece, pues, en tanto se sufra “realmente”, que sea posible hacerlo de otra manera que “mal”, sin arte, sin maña, sin figura, un tanto o un mucho desgañitados.

jueves, 29 de octubre de 2009

Las pequeñas penas

Se dice, a veces, que las penas pequeñas son más difíciles de llevar que las grandes. La verdad que pueda haber en la frase, si alguna hay, acaso tenga que ver con el hecho de que una pena grande es imperial, mandataria, y, como tal, sus órdenes son claras y tajantes: quedas perfectamente situado frente a ella, en posición de “¡sí, mi capitán!” La pequeña no tiene ese poder imperativo, se mueve, se desplaza, no es clara ni contundente, y no sabes dónde ni cómo situarte ante ella, quedando uno reducido a la condición del pobre soldado que, ante un jefe sin dotes de mando, no sabe a qué atenerse con respecto a lo que debe o no debe hacer.

lunes, 26 de octubre de 2009

Las palabras de la desgracia

Lo que le hacía daño no era tanto la desgracia como las palabras que la nombraban. El familiar que quedaba destrozado, viviendo un infierno, roto por el dolor, con sufrimiento insoportable. Sí, era esto lo que le obsesionaba, el toque de campanas verbal que venía a continuación del hecho desgraciado, que lo coronaba redondeándolo. Su lucha era contra ese belicoso tropel de palabras que se levantaba tras el paso del dolor.