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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Emilio en la encrucijada

Como no puede volver a Maroua, en el norte de Camerún, donde lleva nueve años, dado que el grupo terrorista Boko Haram secuestra a los blancos para financiarse, mi amigo Emilio se encuentra en la encrucijada. Le han ofrecido irse al sur del país, pero aquí la iglesia local ya está bien asentada y no necesita la ayuda de curas misioneros. La otra posibilidad, la más apetecible teniendo en cuenta sus intereses, es irse al Chad, donde va echar a andar una nueva diócesis. Me pidió que rezara por él. Tengo que acordarme de hacerlo.

viernes, 6 de abril de 2012

Pietas


Se abraza con fuerza, con toda la ansiedad de su viejo corazón, al palo del que cuelga su hijo. “¡Si pudiese ser yo el mástil en que tú ondeases, oh hijo mío! Entonces no palo sino cuna sería para ti, tálamo, seno tuyo para siempre”.
¿Obtendrá su piedad este ansiado milagro? Algo, sobre el fondo de la noche, parece forzar esta solución sobrehumana.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Camerún 20: la invisibilidad

Para el subdirector de la cárcel de Maroua yo fui invisible: en todo momento se dirigió a Ana y sólo ella estuvo presente a sus ojos. No fui digno de recibir ni una sola de sus miradas. Su atención, si me la hubiese prestado, creo que hubiese aliviado mi incomodidad, de la que hablé en esa entrada.
Esta invisibilidad, sin embargo, me valió para comprender la que había sufrido Ana a manos de los curas nativos. Contabilizó hasta cuatro. El cura aquel que cenó con nosotros cuando nos acompañaba el seminarista cuellicorto, Raisón, que estuvo presente en la fiesta en honor a Tuka, el filósofo de Dubangar, y el riente panzón de Mengerla. ¿Por qué alguno de ellos se interesó por mí trabajo y no hizo lo propio con Ana estando como estaba allí mismo? ¿Por qué no la miraban? ¿Cuál era la razón? ¿La podría explicar Raison, en honor a su nombre? A éste lo disculpó Marie Pierre, una vez que la pusimos al corriente del asunto, apelando a su timidez. De los otros dijo que eran unos inmaduros. ¿Pero con respecto a qué? ¿A la mujer, tentadora, y más tentadora si es blanca, de la que hay por tanto que apartar la mirada? ¿O no van por aquí los tiros? ¿Por qué los dos seminaristas que conocimos, el mentado cuellicorto, y Paul, presente también en la fiesta de Tuka, no actuaron así sino con toda normalidad? ¿Empezarán a ser como los mentados curas en cuanto se vistan la sotana? Preguntas, hipótesis y ninguna respuesta clara. Tampoco Emilio supo aclararnos nada a este respecto.

jueves, 25 de agosto de 2011

Camerún 2: Emilio

Al volver del viaje sentí nostalgia de Emilio. Fui consciente entonces de que había sido el centro del viaje, la palanca, el prisma: desde él alcancé las realidades que me circundaron, punto fue de apoyo para saltar y sumergirme en ellas, a través de sus ojos las vi. Pero más importante que todo esto fue reencontrarnos como amigos, sentir de nuevo el fuego de la amistad, recuperable siempre porque las brasas nunca se extinguen. El hábito de la conversación íntima lo habíamos perdido un poco, o al menos así me lo pareció a mí, y por eso me sentí al principio incómodo cuando nos retiramos a hablar. Pero el tono se avino a ser el de siempre, el que colorea cada relación amistosa y le otorga su singularidad. Aun a riesgo de ser cursi diré que hice morada en él, al igual que la hizo él en mí, para seguir siendo lo que nunca habíamos dejado de ser: grandes, necesarios, íntimos amigos.

martes, 23 de agosto de 2011

Camerún 1: estuve

Se puede ver sin llegar a estar. La vista es parte de algo más grande y profundo, la estancia, sólo posible si algo, o mejor, alguien nos arraiga allí donde vamos. No sólo vi sino que estuve en una zona de Camerún gracias a mi amigo Emilio, misionero en este país africano desde hace cinco años, concretamente en Maroua, una ciudad de doscientos cincuenta mil habitantes situada en el norte, entre Nigeria y Chad. Un lugar es lo que son sus moradores. Sin el contacto con los segundos no hay arraigo en el primero. Al presentarnos y darnos a conocer a amigos, parroquianos y conocidos, sin más barreras que las exigidas por la educación y el respeto, hizo posible que Ana y yo fuéramos algo más que turistas que pasan y sólo ven: viajeros que, en su paso por el lugar, echan las raíces que nunca echarían los primeros.

miércoles, 20 de agosto de 2008

El ritual

En ciertos procesos vitales, si el fondo no encuentra su forma, el contenido su continente, la impresión su expresión, el caudal su cauce, el paso adelante requerido por tal proceso puede quedar gravemente alterado o hasta truncado. Me llevó a pensar en todo esto un hecho que me contó mi amigo Emilio. Un amigo suyo, tras perder una hija debido a un cáncer, y por carecer de creencias religiosas, limitó sus exequias a un simple vertido de sus cenizas en algún lugar. Así de simple, sin más. Este padre "huérfano" de hija yace ahora en una depresión profunda. Se preguntaba Emilio, y yo con él, si el no haber ritualizado la despedida, el adiós, el no haber realizado una ceremonia que recogiese en su seno toda la pena y la exteriorizase adecuadamente, no habrá contribuido a que el desgarro inevitable se hiciese mayor. Un acontecimiento de tal calibre, la pérdida de una hija, un "fondo" así, necesita una "forma" que lo ritualice de verdad, que lo "exprese" enteramente, que le dé algún tipo de sentido: el adiós al ser querido muerto necesita su ceremonia, la necesita el muerto y la necesitamos nosotros, para que el fondo, el contenido, el caudal de nuestra pena encuentren su forma, su continente, su cauce. Necesitamos "enterrar" a los muertos, darles cabal "sepultura" para que el proceso del duelo pueda iniciar su camino. Ese dentro-fuera, interior-exterior en que consistimos debe funcionar adecuadamente, de distinta manera en cada uno, para que la maduración sea posible.