Mostrando entradas con la etiqueta Escenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escenas. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de noviembre de 2015

La principessa

“Buongiorno, principe”, me dice muchas mañanas cuando llego al trabaja. “Buongiorno, principessa”, le contesto.

La principessa, en uno de sus viajes a países exóticos, se vio en apuros al quedarse rezagada cuando bajaba de un volcán, pues su paso era más lento que el del resto del grupo que la acompañaba. Cuando este llegó a un punto en el que se abrían dos caminos, la guía no tuvo el detalle de darse la vuelta para comprobar si estaban todos. Al llegar aquí, la principessa se dijo: “¡Mio Dio, ora che faccio!” Unos jovencitos motoristas aparecieron de pronto, si bien, al no saber ella inglés, malamente iba a poder entenderse con ellos. El caso es que le vino a la cabeza el famoso “Don’t worry”, de Bobby McFerrin, y así se arregló todo.

martes, 30 de junio de 2015

La casa misteriosa

Es una casa misteriosa. Las ventanas de la planta baja, donde supuestamente se encuentra la sala, están siempre cerradas. Pululan por ella jóvenes brasileños. Creemos que hay una mujer que debe ser la madre de uno -o de más de uno- de ellos y que el resto son amigos que entran y salen. Mi hermana María, que vive justo al lado con su familia, pared con pared, les presentó sus quejas por los fiestorros que hacen a deshora, a las tantas de la mañana, con la música altísima. Mi cuñado Víctor en una ocasión se encontró en su huerta, también paredaña con la de ellos, un condón. “¿Y cómo vino a parar esto aquí?” Se dice que la mujer adulta y supuesta madre de alguno de los chicos se dedica a “la mala vida” en un club de alterne que no está muy lejos del núcleo urbano. A mi hermana le pareció sentir una vez que la señora se lo hacía con un cliente.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Blablablá

-Blablablá, blablablá...
(Suso, ten paciencia)
-Blablablá, blablablá...
(Ten caridad también)
-Blablablá, blablablá...
(Que no note que no te interesa nada lo que te está contando)
-Blablablá, blablablá...
(Dios mío, qué mujer)
-Blablablá, blablablá...
(Necesito que alguien me salve)
-Blablablá, blablablá...
(Marcha, tienes además que marchar, es la hora)
-Blablablá, blablablá...
(A ver si mirando el reloj varias veces cae en la cuenta de que tengo que irme, aunque estoy seguro de que no se va a enterar)
-Blablablá, blablablá...
(Me voy, me voy, ¡me voy!)
-Blablablá, blablablá...
-Hasta luego, guapa.

¡Uff! ¡Me fui!

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sabrina

-Hola, señor, por favor, ¿me compra un pollo?
Yo me retraigo, a la defensiva.
-Lo siento, ahora no tengo dinero.
-Está bien, señor, sé que no debo atosigar a la gente y que cualquier otro día me lo dará. Está bien así, señor.
Le debió venir a la cabeza la última vez que nos vimos: ella por la acera de enfrente llamándome “señor, por favor, señor”, y yo en la mía casi escapándome. La primera vez que la había visto, a la entrada del Eroski, me pidió si podía comprarle un champú para lavarles el pelo a sus hijas. “Lo tienen largo y bonito, ¿sabe?” Las llegué a conocer un día, cuando estaban las tres en el umbral de la Iglesia. En una segunda ocasión consiguió que le diera unos euros para comprarse un pollo.
-¿Cómo están tus hijas?
-Bien, ahora van al instituto. La mayor nos dio un buen susto un día debido a un corte en la garganta. Pero ya está bien.
Es extranjera, tal vez gitana, aunque me inclino a pensar que no.
-¿Cómo te llamas?
-Sabrina.
-Yo me llamo Suso.
-¿Y de dónde eres?
-De Bosnia-Herzegovina.
Está lloviendo y acerco el paraguas para cubrirla. Yo continúo con mi batería de preguntas:
-¿Dónde vivís?
-Tenemos alquilada una habitación. Pagamos 80 euros y también el agua.
-¿Tienes marido?
-Sí.
-¿Y tenéis trabajo?
-Lo tuvimos durante la vendimia. También nos dedicamos a limpiar escaparates y cristaleras pero estos días no es posible porque llueve.
Mi impericia narrativa hace que parezca una entrevista lo que fue una conversación, o eso creo. Habla muy bien el español, con un acento cerrado. Tuvo que casarse muy joven porque yo le calculo unos treinta, o menos incluso, y ya tiene una hija de doce años. Las gitanas se casan muy pronto y yo me vuelvo a preguntar si lo es aunque sigue pareciéndome que no. Sabrina tiene un rostro ovalado, de expresión dulce.
Nos despedimos. Sin duda nos volveremos a ver.

lunes, 16 de junio de 2014

Apuros en Besançon

Emerge un recuerdo y me trae Besançon, ciudad del medioeste francés. Hace más de veinte años, de vuelta de Alemania camino a casa, estábamos en ella mi amigo Emilio, su hermana Mary, mi hermana María y yo. Paseábamos por la calle y mi hermana tenía necesidad urgente de ir al baño. No veíamos dónde hacerlo, ningún café, ninguna taberna, nada. Divisamos la señal de unos servicios públicos y respiramos aliviados. Pero al llegar, qué rabia, la mala suerte quiso que estuviesen pechados. Seguimos caminando, a paso muy vivo, mirando a derecha y a izquierda sin que apareciese ningún lugar que contuviese unos excusados. Al fin nos vimos al frente de un bar grande, medio oscuro, lleno de hombres. A María la frenó el temor. Todas las miradas, que nosotros imaginamos torvas, estaban puestas en nosotros, sobre todo en mi hermana: a buen seguro que era muy raro que entrasen turistas extranjeros en tal sitio y más raro que alguno de ellos fuese una mujer. “A saber cómo estarán los servicios”, musité. “Me da igual, no aguantó más”. Y allá que se fue, por en medio de los posibles violadores. Cuando entró en los servicios y dejé de verla pegué un respingo. Regresó sana y salva. “¿Qué?” “Respiré con la boca para no oler y me puse en cuclillas, ya sabes, era uno de ésos a ras de suelo”. Los dejamos con un palmo de narices, a los asesinos.

miércoles, 30 de abril de 2014

La herida

La herida curó bastante pero no tanto que llegase a convertirse en cicatriz. Sólo esto puede explicar los gritos y lágrimas de X, desproporcionados, tras las palabras de Y. Éstas, paradójicamente, aun siendo recriminatorias, contenían al mismo tiempo un profundo halago. Espero que con el paso de los días X se percate de ello. Sin embargo la escena, al recordarla ahora, resulta extraña, misteriosa, no del todo inteligible, salvo que desde ella se extienda hacia atrás una lupa que permita ver la historia de su herida. Pero ni siquiera así llega la luz a ser suficiente para comprenderla del todo. Algo, o mucho, se me escapa. Una redacción novelada de la misma quizá la colocase en el lugar ideal para entenderla más y mejor.

lunes, 6 de enero de 2014

El hombre y sus novelas

No tardé ni medio segundo en darme cuenta de que no estaba en sus cabales. Pedía una ayuda, preguntaba dónde había una cafetería cercana, quería cargar la batería del móvil. Mientras subía las escaleras a buscar a mi habitación algo de dinero, lanzó un “¡soy jesuita!”. “¿Es usted jesuita?”, le pregunté yo después. “Tuve una educación jesuita. Vengo haciendo el camino de Santiago y después volveré a Roma”. Todo esto con una voz viva, de acento indefinido. Era alto, de tez morena y un tanto arrugada; aparentaba unos sesenta años y tenía los ojos azul claro, de fondo incierto, algo turbio quizá. Llevaba a sus espaldas una mochila. “Estoy limpio y aseado, ¿ves? Si sacas una silla y te sientas podremos hablar; llevo siete horas sin hacerlo; tienes que estudiar; podrías ser mi hijo, etc., etc.” Hubiese continuado hablando sin parar si le hubiese dejado.
Cuando salí un poco más tarde vi que abordaba a otro en la calle, seguramente con una historia distinta pues llegó a mis oídos un “cumpleaños”. No fue poca mi sorpresa al verlo comulgar en la misa. No pude evitar señalárselo a mi hermana María con toda rapidez y decirle que el tipo estaba loco y que me había montado una pirula. 
Mi hermana Lucía, según me contó más tarde, había sufrido también su abordaje aunque esta vez el tipo no había salido económicamente beneficiado.
“Por donde quiera que el hombre vaya, lleva consigo su novela” (Benito Pérez Galdós). Éste la llevaba, y no una sino varias.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La pequeña y la mayor

Son hermanas y me cruzo con ellas algunas las mañanas, camino yo del trabajo y camino ellas del colegio. Da gusto verlas. La pequeña debe tener cuatro o cinco años y la mayor ocho o nueve. Van agarradas de la mano, muy en su ser cada una: en su ser de pequeña la pequeña y en su ser de mayor la mayor. La primera se siente protegida y la segunda se sabe protectora. Son preciosos sus rostros limpios, tan abiertos. Los niños están siempre en el paraíso.

viernes, 5 de julio de 2013

El grupo de viento metal

A medida que avanzaba la sombra, el grupo de viento metal -cuatro trombones y una tuba- avanzaba también para escapar de ella y ponerse de nuevo al sol. Es lo que acababa de ver desde mi cuarto. A unos cincuenta metros de mi casa, al otro lado de la calle, está la Escuela de Música. De vez en cuando, una vez que llegan las temperaturas que le permiten a uno estar fuera, salen los distintos grupos orquestales a ensayar su parte, unos cuantos compases que repiten una y otra vez. Es agradable sentirlos.
Para nombrar los instrumentos gugleé “instrumentos de viento” y aparecieron. Con todo, para estar más seguro bajé a preguntarles los nombres. De nuevo en mi cuarto, aparté la cortina y vi que uno de ellos estaba ahora en el centro del semicírculo.

miércoles, 9 de enero de 2013

Viudas



Son tantos los millones que tiene depositados en un banco que un directivo del mismo viene a verla desde A Coruña cada mes, para ponerla al corriente del estado de sus cuentas. Su marido fue siempre el “marido de”, pues era ella la dominante. Se decía que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, y así, en época de caza, si cazador él cazadora ella también a la par con él. Esto lo hizo objeto de más de una burla por parte de sus compañeros. Aunque era bastante más joven que su mujer, la dejó viuda. El paso de los años la han ido consolando. Acaba de pasar por la calle de enfrente con la señora que la atiende, la cual, más que acompañarla parecía arrastrarla sin que a ella le diese tiempo de ir apoyándose en su bastón. ¿Llegaban tarde a alguna cita? Esta ayudadora suya, que tendrá ahora unos cincuenta años, fue un ejemplo casi enfermizo de desconsuelo, tras quedar también viuda hará unos diez años. Pasaban éstos y ella, de luto riguroso, parecía no salir del pozo de su tristeza. Siempre es difícil adivinar hasta qué punto el apenado se aferra a su pena y no quiere soltarla por temor a deshonrar la memoria de su ser querido. Lágrimas son honras, desde luego, pero sólo hasta un punto, distinto en cada caso, más allá del cual ya no es sensato seguir llorando.
Han pasado otra vez, de vuelta. La acompañante ya no tira de su señora y puede ir ella ir apoyándose en su bastón.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Vida de café

George Steiner, en una conferencia titulada Una idea de Europa (2004), afirma que “Europa está compuesta de cafés. (…) Si trazamos el mapa de los cafés, tendremos uno de los indicadores esenciales de la «idea de Europa»”. Y más adelante, “mientras haya cafés, la ‘idea de Europa’ tendrá contenido”. Y ahora un texto largo: 
“El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el fláneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artísticoliterario y de presencia programática. Una taza de café, una copa de vino, un té con ron proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día. Es el club del espíritu y la poste-restante [apartado de correos] de los homeless. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergó a la oposición política que existía, al liberalismo clandestino. Tres cafés principales de la Viena imperial y de entreguerras ofrecieron el ágora, el centro de la elocuencia y la rivalidad, a escuelas contrapuestas de estética y economía política, de psicoanálisis y filosofía. Quienes quisieran conocer a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían exactamente en qué café buscarlos, a qué Stammtisch [mesa] se sentaban. Danton y Robespierre se reunieron por última vez en el Procope. Cuando las luces se apagaron en Europa, en agosto de 1914, Jaurés fue asesinado en un café. En un café de Génova escribe Lenin su tratado sobre empirocriticismo y juega al ajedrez con Trotski”.
En el café Comercial, en Madrid, recordé que para Steiner los cafés resaltan un aspecto identificador de Europa.
Si fuese coleccionista coleccionaría cafés. En el mencionado café madrileño, apostado en el fondo, gozaba de mi vista panorámica mientras esperaba a Cristina. A mi derecha, al otro lado de una especie de mostrador, un hombre y una mujer hablaban sobre algo que estaban mirando en uno de esos portátiles que tienen una manzana a la que le han dado un mordisco. Otro chicochica a mi izquierda, dos o tres mesas más allá, hacía lo mismo con otro portátil con la misma manzana. Justo enfrente, un hombre de nariz pronunciada, frente despejada y melena peinada hacia atrás y de color ceniciento, leía el periódico. Al poco rato llegó alguien que se le parecía muchísimo; debía ser su hermano. Se saludaron efusivamente y se sentaron. Por su aspecto, bien pudieran ser dos instrumentistas de un cuarteto de cuerda, el violinista y el violanista. Tras una mesa vacía, una pareja gay no dejaba de hablar. En realidad hablaba sólo uno, mientras el otro, completamente embebido, tenía puesta su mano en la del primero, acariciándola. Un poco más allá, tras otra mesa vacía, dos alemanes con el ojo en el rabillo miraban envidiosos a los primeros. A mi izquierda, enfrente del homoparlanchín y su colega, tres amigos parecían estar celebrando un reencuentro después de mucho tiempo sin verse. Su conversación era animada, muy gestual y alegre. Se les veía felices estando juntos. Y más gente, con su periódico, su conversación, su café, su bebida. Los camareros de estos cafés antiguos son todos iguales: chaqueta blanca con cuello militar, pantalones negros, zapatos ídem, jeta fea, con más de 50, y lo justito en cuanto a amabilidad. Suele haber uno al que le asignan el papel de borde.
Vida de café, vida de calle al otro lado de la cristalera. Vida de Europa.
Llegó Cristina. Alcé la mano para que me viese. Se sentó y nos pusimos a conspirar.

martes, 29 de marzo de 2011

Fama

Eulalia (así la llamaremos) fue una magnífica profesora de literatura durante muchos años en un colegio privado perteneciente a una orden religiosa en una ciudad que vamos a llamar Fama. Los alumnos la adoraban, la querían los padres de éstos, y el director estaba muy orgulloso de tenerla en su plantilla. Se hizo famosa en Fama, y hasta en la provincia, y de un sitio y de otro la requerían para dar conferencias. También en esto era una especialista consumada. Podía hablar de cualquiera cosa, tanta era su cultura, su inteligencia, su ingenio, su brillantez, su profundidad, también a veces su mordacidad, siempre lejos de sofismas y demagogias. Persona buenísima, letrada rigurosa, maestra excelente, mujer vital y entusiasta.
Un día, un alumno le pidió hablar con ella. Le confesó que se sentía atraído por las personas de su mismo sexo y que no sabía cómo digerir tales deseos. Eulalia lo tranquilizó, le dijo que dejase que transcurriese el tiempo para ver si se confirmaban o se trataban de algo episódico. Si resultaba lo primero, no pasaba nada. Debería aceptarlo desde lo más hondo y construir su felicidad. Su condición homosexual no iba a ser un obstáculo. Integrada dentro de su personalidad, sería una parte de ella, ni más ni menos importante que cualquier otra. Eulalia, deseosa a toda costa de poner a su alumno en paz consigo mismo, fue un poco más allá y, en un paso audaz y, ¡ay!, arriesgadísimo que a la postre fue su perdición, le abrió su propio corazón, quizá queriendo ofrecerse como imagen tranquilizadora en la que el chaval pudiera apoyarse. Le confesó que también sus sentimientos iban dirigidos a las personas de su mismo sexo, y que a veces se enamoraba platónicamente de alguna de sus alumnas, si bien todo quedaba dentro de su corazón. El alumno se lo contó a su madre, íntima amiga de Eulalia. ¿En qué términos? A lo mejor ya tuvo lugar aquí una primera tergiversación no intencionada. El caso es que, aquélla, de haberse comportado realmente como una amiga, hubiese hablado con Eulalia, de corazón a corazón, y todo habría terminado aquí. No lo hizo. Lo que sí hizo fue ponerlo inmediatamente en conocimiento (¿tuvo lugar aquí una segunda deformación de los hechos?) del director. Éste llamó a capítulo a su profesora y, tras ponerla al corriente de lo que sabía, y aun a pesar de todas las explicaciones de Eulalia acerca de lo que exactamente había ocurrido, le pidió que comprendiera que no podía seguir en el centro. La fama de éste quedaría comprometida si era otra su resolución. Los diez años de magisterio ejemplar, de excelencia profesional, de entrega sin reservas de Eulalia, que tanto habían prestigiado al colegio, no valieron de nada a ojos del director y no impidieron por tanto que siguiese adelante con la decisión tomada. La entrega de Eulalia como maestra, no ya simplemente como persona, había llegado a su punto más alto cuando, al recibir el contenido del corazón de un alumno que acudía en su ayuda, correspondió en la misma medida para confortarlo abriéndole el suyo. Muchos pensarán que no hubiese sido necesario que llegase a tanto. Es cierto, no lo era (¿No lo era? ¿Y quién lo sabe?). Ella lo hizo, sin cálculo, espontáneamente, a lo mejor hasta irresponsablemente. No lo sé. Pero a la vista queda qué intención la animó a hacerlo.
Su vida terminó en Fama. Había comprado un piso de segunda mano que había ido decorando poco a poco, con mimo. La sala le había quedado preciosa, con las paredes color granate oscuro y una de ellas ocupada enteramente por una biblioteca blanca de pladur llena de libros. Tendría que ponerlo en venta, empaquetarlo todo y volver a casa de sus padres, para los que tendría que inventar una razón verosímil sobre la marcha de la ciudad tan querida, aparentando estar contenta de modo que no advirtiesen la sangre de su corazón roto. Su amigo del alma durante todos esos años, también profesor en el mismo centro, no le dio la espalda pero tampoco se puso de frente. Pudo haberla defendido intercediendo en su favor ante el director. No lo hizo. ¿Temió por su puesto de trabajo? Otro dolor sobre el dolor. ¡Cómo se acobardan en las horas oscuras los que son amigos en las horas claras!
Afortunadamente fueron muchos en Fama los que no creyeron lo que empezó a circular acerca de Eulalia, seguramente una bola de nieve ya muy crecida. Recibió llamadas de padres, de alumnos, de otro tipo de gente, que le mostraron su apoyo incondicional. El director que había antecedido en el cargo al que había despedido a Eulalia también la llamó. Le expresó su hondo sentir y le dijo que él nunca habría actuado como su compañero. Eulalia no estaba sola, lo cual fue un gran consuelo. Cuando yo oí de sus labios lo que le había ocurrido me resultó casi imposible creerlo. Se echó a llorar. Estaba destrozada. “Suso, tú sabes que soy fuerte, pero también frágil”. Con la fortaleza en una mano y la fragilidad en la otra tiró para adelante como pudo. Tardó bastante en reponerse. Su gran amigo dejó de serlo. Se había desacreditado a sí mismo.
Con el paso de los años Eulalia se sintió con fuerzas para volver a Fama, donde recibió de unos y otros calurosas muestras de cariño y que continuaron en las siguientes visitas que por distintos motivos tuvo que realizar. Eulalia quería saber a toda costa de unos y de otros: qué había sido de A, tan brillante y tan bueno, qué carrera estudiaba B, cómo estaba la madre de C, y D, ¿qué hacía D, que tan entusiasta era de Kafka?
El trabajo que ha tenido todos estos años lo ha cumplido y lo cumple de modo brillante, como no podía ser de otra manera. Es feliz. Pero su pasión continúa siendo la enseñanza. Cualquier día, ¿quién sabe?, son tantas las vueltas que da la vida, volverá a estar dentro de un aula al frente de un grupo de chicos y chicas que se beneficiarán de su magisterio. Más que nunca, los tiempos actuales la necesitan.

jueves, 24 de marzo de 2011

Muy digna

Allá por los años 60, mi tía pasó un año en Italia. Durante una temporada trabajó en un hotel. Se le ordenó que fuera a recoger un pedido y al llegar al último descansillo de la escalera vio que el mandadero que esperaba abajo era un apuesto y bellísimo italiano. Decidida a descender a lo Gloria Swanson en el Crepúsculo de los dioses, pegó un traspié y, de peldaño en peldaño, fue el culo y no los pies el que la llevó hasta el final de la escalera. Toda digna, comiéndose la rabia que la roía por dentro, se enderezó y, con mirada coqueta y desafiante, se dirigió al lindo muchacho en estos términos: “sogni giù per le scale come si desidera” (cada uno baja las escaleras como quiere).
(Años después, con un cardado recién hecho en la peluquería, hubo otras escaleras, otro traspié y la misma dignidad: “¿me he despeinado?”)

miércoles, 9 de marzo de 2011

La ceniza de mi madre

Este año le pidieron a mi madre que se encargara de obtener la ceniza con los palitos de los ramos de olivo del año pasado. Se puso a ello con un mechero, pero no fue posible encenderlos por su poca llama y la quemazón del dedo. Tampoco sirvieron después un trozo de papel o una piña porque alguna de sus cenizas podría mezclarse con la del olivo y esto mi madre no estaba dispuesta a consentirlo. “Pero mamá, tampoco pasaría nada”. Y en tono cómico solemne añadí: “Ya oigo a Jesús diciendo: ¡Ay de vosotros, hipócritas, que sois escrupulosos con la pureza de la ceniza pero no con la de vuestros corazones!’”. Se echó a reír. Yo, a petición suya, había bajado a ayudarla pero me pudo la impaciencia y medio me enfadé. La cocina estaba completamente ahumada y acabé marchando. Al final, no sé cómo, consiguió su poquito de ceniza de olivo. Ayer, cuando eran las ocho y cuarto de la tarde, vinieron a recogerla J., el párroco, y M, su hermana, pero al ver que era tan escasa le añadieron alguna de la de leña corriente, cosa que se hace todos los años. “¡Tenías tú razón!”, me dijo mi madre riéndose al aparecer yo en la cocina. 
La ceniza que me impongan hoy será también la ceniza de mi madre.

lunes, 7 de marzo de 2011

Un plan para Flannery

El viernes pasado, 4 de marzo, día de celebración del carnaval en los centros de enseñanza, un alumno de bachillerato del nuestro se disfrazó de Jesús con la cruz a cuestas. Me sorprendió. No sé si tendría que haberme indignado o sentirme ofendido. Lo único que se me ocurre ahora es llevarlo al terreno de la ficción planteando la siguiente situación. Se trataría de un alumno que, harto de las burlas de las que ha sido objeto por parte de un avinagrado profesor de religión, planea vengarse apareciendo en la mascarada disfrazado de Nazareno y con un rótulo colgado del cuello cuya leyenda sería el paulino “Revestíos del Señor Jesucristo”. Este cogollo se lo entregaríamos después a una rediviva Flannery O’Connor, que nos contaría como todo el plan del alumno se vuelve contra él en un soberbio golpe de la gracia, cuya onda alcanzaría también al cejijunto cura.

jueves, 24 de febrero de 2011

El hombre primavera

Durante el invierno está al quite de los primeros signos que anuncian la primavera y no tarda en notificárnoslos a primera hora de la mañana, cuando llega al trabajo, siempre o casi siempre con una trova clásica y romántica en su boca. Lo suyo, durante la estación invernal, es un “¡chis, chis, que viene, que viene!”, y al fin, claro, viene, como él no se había cansado de anunciarlo. Después, instalados ya en ella, ejerce la portavocía de sus esplendores: pájaros, flores, árboles...

martes, 1 de febrero de 2011

Memento mori

En breve cumplirá 87 años y sigue ejerciendo su especialidad. Yo llevaba un tiempo pensando que cualquier día se nos moría y sus pacientes quedaríamos huérfanos. ¿Qué sería de nosotros? Yo quería saberlo. En mi última visita me atreví a plantear la cuestión. “Verá doctor, esto, no sé como decirlo, tal vez me muestre muy osado -aquí, cierta cara de susto en el doctor-, en fin, no sé”, y así durante un rato, dando vueltas. “Mire, usted ya tiene una edad, y me pregunto que será de sus pacientes. Sé que es un atrevimiento por mi parte, perdóneme…”. “Tranquilo, no se preocupe. Yo estoy bien pero entiendo su inquietud. Tengo discípulos, y usted, con su camino recorrido, no tendría que empezar de cero. Sabría poner al corriente de su situación a quien le atendiera”. “Gracias, doctor”, e hilvano otro ristra de excusas. Al fin, ¡uf!, fui capaz de decirlo. “Desde luego fuiste muy atrevido, me dijo alguien, pero hiciste bien”. Esa tarde, y ahora me río, fui su memento mori.

sábado, 1 de enero de 2011

Ave

-Ave María Purísima.
-Ave.
-Ave María Purísima.
-Ave.
-Ave María Purísima
-Ave.
-Oiga, usted hace mucho que no se confiesa, ¿verdad?
-Pues la verdad es que sí, muchos años en realidad.
-Es que la contestación es “sin pecado concebida”.
-¡Ah, claro! (Rubor y medias risas). Pues aunque no lo parezca, fui muchos años sacristán en X.
-No me diga, ¿en X? Anda, pues yo conozco mucha gente de allí.
-¿Sí? Pues, blablablá.
-Blablablá.
-Blablablá.
-Ejem, ¿y si retomamos el hilo?
-Pues sí. Mire, padre, son muchos mis pecados…
Así le ocurrió a un “pecador” y yo no hago más que transcribirlo. La escena tuvo lugar en un confesionario de la catedral de Santiago.
No hay como pegar la hebra para hacer después una buena confesión.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La bendición

Se le acercó tristísima, con la intención de saludarlo, y un súbito “padre L., bendígame” le salió de las entrañas. El padre L., que acababa de llegar después de hora y media de viaje con su propia maraña de decisiones tomadas y partidas inminentes, se quedó muy sorprendido y sin capacidad de reacción. Como al mismo tiempo otros familiares se acercaron a saludarlo, creo que D. se quedó sin su bendición en medio del barullo. Además, ¿era posible que la obtuviese allí, en medio de todos, cuando el acto hubiese requerido la más absoluta intimidad? Esa cruz trazada sobre su frente hubiese sido el óleo de la fortaleza de la que estaba tan necesitada. Sin embargo, ¿quién negaría que, aun en ausencia de signo y palabra, quedó bendecida? ¿No valió por un “yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” la petición de socorro de ella, la mirada sorprendida y confusa de él?
A lo largo del día siguió tristísima. Sigue tristísima. Pero la bendición la acompaña.

viernes, 8 de octubre de 2010

La residencia

Quedó llorando. El que hacía las veces de bedel le pasó el brazo por encima de los hombros. Cuando llegamos ya nos había parecido un hombre bueno. Nos dimos la vuelta y seguía allí, tras la puerta, sollozando. Nos dijo adiós con la mano. Se sentía triste y desamparada en este su nuevo mundo, la residencia de ancianos. Llevaba poco tiempo, no mucho más de un mes, y seguía haciendo duelo por su casa, en la que había vivido sola, sí, pero en su hogar. La decisión de trasladarse a una residencia la había venido sopesando desde hacía un tiempo. Sin más familia que sus hermanos, cuñadas y sobrinos, todos en Venezuela, con una pierna aquejada de poliomielitis desde que era niña, llegaría un momento en que ya no se habría valido por sí misma. “Nunca pensé que acabaría en una residencia”, nos dijo. El choque con otros viejos como ella, unos con andador, otros en silla de ruedas, la abatió profundamente. En la habitación se mostró muy parlanchina, como siempre, dándonos detalles de su nueva vida allí. Se refirió a su compañera de habitación, al resto de las ancianas: “Dios me libre de sentirme mejor que nadie, quién sabe en que me convertiré, pero me parecen todas unas chismosas”, a los hurtos que tenían lugar -su dinero lo tenía a buen recaudo una de las jefas-, al hecho de que la hubiesen dejado sin tijeras y agujas: “¿Y qué hago si me cae un botón? Y tengo un pantalón nuevo al que quiero subirle”. Pasaba el día encerrada en su habitación para no ser testigo de la decrepitud de los otros. Le bastaba con la suya. Nos acompañó hasta abajo. La besamos, la acariñamos, mientras le caían las lágrimas. Quedó en manos de un brazo protector.