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lunes, 8 de febrero de 2016

Jaula de grillos

Como buenos españoles, algunos de mis hermanos y yo, llegada la ocasión -llegada la discusión- hablamos muy alto. “¡Chhis, baja la voz!”, nos gritamos unos a otros. Además ocurre que, en la cocina, en la que comemos los domingos, la sonoridad es malísima. Si el techo estuviese más abajo, dice entonces, y una vez más, Pili, causaría  menos ruido. También como buenos españoles, Lucía y yo, llegado el momento, competimos a ver quien habla más rápido. Imagínense entonces la combinación: gritar a toda prisa. Horrible. En lo que se refiere a la altura de la voz la palma se la lleva mi cuñado/a X, si bien es cierto que por lo menos “grita” despacio. La última vez que se nos dio por gritar (no quiero presumir pero yo hice voto de silencio y no abrí la boca) fue a causa de una cuestión tontísima. Horas, días después, pensaba para mí: “¡Ojalá nos hubiese dado a todos un ataque de afonía!” Obligados a hablar más bajo, hablaríamos también más despacio y estoy seguro de que nuestros pensamientos serían más claros, mejores. La única que se salva, y que nos salva, de esto es mi madre, como siempre, con su voz despaciosa, clara y dulcísima. ¡Ojalá la hubiéramos heredado nosotros!

sábado, 9 de enero de 2016

Escuchar

Lo que siempre estará en mi mano en una conversación, por más agria e intempestiva que se ponga, es escuchar. Esto solo depende de mí y que sea así me consuela muchísimo porque nunca faltarán las condiciones para que pueda cumplir uno de los requisitos principales de una conversación, sin que nadie pueda impedírmelo. Lo otro, lo que yo diga y exponga, no podrá eludir los factores en cierto modo incontrolables, que están siempre sujetos a la vivacidad y particularidad del momento, y que son el interlocutor o interlocutores que tenga delante con todas sus especifidades, yo con todas las mías y el entorno con todas las suyas, de las que dependerá la mayor o menor calidad de la conversación, sin descontar que pueda no alcanzar ninguna.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Blablablá

-Blablablá, blablablá...
(Suso, ten paciencia)
-Blablablá, blablablá...
(Ten caridad también)
-Blablablá, blablablá...
(Que no note que no te interesa nada lo que te está contando)
-Blablablá, blablablá...
(Dios mío, qué mujer)
-Blablablá, blablablá...
(Necesito que alguien me salve)
-Blablablá, blablablá...
(Marcha, tienes además que marchar, es la hora)
-Blablablá, blablablá...
(A ver si mirando el reloj varias veces cae en la cuenta de que tengo que irme, aunque estoy seguro de que no se va a enterar)
-Blablablá, blablablá...
(Me voy, me voy, ¡me voy!)
-Blablablá, blablablá...
-Hasta luego, guapa.

¡Uff! ¡Me fui!

jueves, 25 de septiembre de 2014

Un encuentro

Puestos en el contexto en el que estábamos, pudimos reconocernos el uno al otro, mejor yo a él que él a mí, pero sólo un poco mejor. O nada. Bueno, es igual. El caso es que, cumplido el trámite del mutuo reconocimiento, dimos en hablar de esto mismo, de cómo unos somos más reconocibles que otros a lo largo de los años: unos cambian mucho, otros cambian un poco, otros no cambian nada. Apareció en ese momento X y ambos coincidimos en que ella era el ejemplo de la persona que, encontrada veinte, treinta o cuarenta años después, sería reconocida de inmediato: sus rasgos principales siempre serían los mismos.
Yo sabía que él se había separado; no hice preguntas a este respecto porque la confianza no daba para tanto. Le recordé que había estado en la casa en la que habían vivido en Silleda cuando su hija mayor no era más que una cría de dos años. La conversación siguió después su curso, sus giros; llegamos a hablar de la muerte: “acaso no sea algo tan importante”, dijo él, a lo que yo repliqué: “la muerte es algo muy importante”. Finalmente, la parte del león se la llevó los hijos, su educación. Yo, que no los tengo, sólo pude hablar de vistas y de oídas. Él me refirió que con su hija mayor, una chica diez, había pasado por ser en el instituto el padre perfecto de una alumna ejemplar; pasaron unos años, su segundo hijo fue todo lo contrario -llegaron a expulsarlo dos meses en el instituto-, y las tornas se volvieron: había sido entonces el padre imperfecto de un alumno problemático. “Se equivocaron con esa medida: era lo que él buscaba, dos meses de vacaciones; de paso, tuve que aguantar el comentario de un profesor gilipollas que insinuó que el castigo también me lo estaban propinando a mí; me callé, para no levantar más polvareda de la que había”.
No por ser de Perogrullo dejan sus verdades de ser verdades. Una de ellas es que, al cabo, uno puede decir que “ha vivido”; todos podemos decirlo. Y haber vivido es haber aprendido, haber crecido, haber madurado. X, tantos años después, no parecía un hombre infeliz.

sábado, 14 de junio de 2014

No se enfada

Ya oí decir a varias personas que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, “no se enfada” en las tertulias televisivas en las que participa (o participaba), y  tal observación pretendía ser desde luego un elogio. El subtexto que hay aquí es que muchos otros sí que se enfadan, y esto los afea. Hice una pesquisa en youtube y comprobé que era cierto lo que mis amigos decían. “Un buen punto a su favor” me dije, no sin envidia. Tampoco es que enojarse en el transcurso de un debate sea particularmente grave, salvo que esto ocurra demasiadas veces, porque entonces la calidad de la argumentación se verá afectada por esta insidiosa presión sanguínea. La energía así perdida es una energía de la que ya no podrá disponer la propia razón en sus esfuerzos reflexivos. Tanto si es una aptitud heredada o una aptitud adquirida (¡qué mérito tiene esto último si uno es de naturaleza temperamental!), es una de las condiciones para que, junto con otras, pueda darse un buen diálogo, o por lo menos un diálogo más exitoso.

jueves, 2 de enero de 2014

En santa discusión

De discutir, habría que discutir como un santo, sin arañar parcelas para el “yo”, con “una mente humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y compasiva” (Tomás Moro). Y, por seguir con el mismo santo, atendiendo a una de sus bienaventuranzas: “Felices ustedes si saben callar y ojalá sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando les pisan los pies, porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón”.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Siempre así

Tiene que ser eso, justamente eso, el tono amable, el intercambio tranquilo de logoi -razones y palabras-, las miradas suaves: siempre así y nunca, nunca, de ninguna otra manera.

miércoles, 3 de julio de 2013

Diálogo

Quien dialoga no vence ni es vencido. 

Decimos “tuve una charla o una conversación” y no “un diálogo”: sonaría raro, muy platónico, y nunca mejor. Parece que lo que quiere el diálogo son las grandes ideas, inmanejables si no hay logos, palabra entera y redonda razón, a través del dia. 

A un diálogo entre amigos no le viene mal de cuando en cuando un cosquilleo competitivo por ver quién es más brillante.

viernes, 25 de enero de 2013

Discutir



Si añado por mi cuenta una tercera acepción a la palabra “discutir” (Las otras dos según la definición del Diccionario de la Real Academia Española son: “1. tr. Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia. 2. tr. Contender y alegar razones contra el parecer de alguien”) que diría algo así como “3. Encenderse el ánimo, salir fuera de sí, a causa de una disputa”, puedo decir que
siempre que en una discusión-1 preveo que puedo acabar discutiendo-3, dejo rápidamente de discutir-1 para no tener que discutir-3. Con X. esto lo llevo haciendo a rajatabla desde hace ya algunos años: como siempre que discutía-1 con él acaba discutiendo-3, lo que lastraba mucho mi ánimo y mi autoestima, corté por lo sano y sanísimo estoy a este respecto, sin que me cueste ya ningún esfuerzo retener mi lengua. ¡Qué paz! Esta medida la he ido aplicando en grados distintos dependiendo del tema de la discusión y las circunstancias: lugar, ambiente, personas...  Grande ha sido la ganancia -soy más feliz- y nada echo de menos. Pero ¿y las pérdidas? ¿Las hubo, las hay, las habrá? Francamente, no lo sé.

lunes, 17 de enero de 2011

El arte de la conversación

El arte de la conversación, decimos, lo cual es cierto, tanto por la maestría que exige como por lo esplendoroso de su resultado, si hablamos de una conversación lograda. La indicación de un amigo me hizo caer en la cuenta de que la frustración que sentía a veces después de ciertas conversaciones se debía a mi perfeccionismo, es decir, al rastro amargo que me dejaba no haber obtenido un logro, una perfección con ellas. Desde entonces decidí aflojar esa tenaza y las no logradas conversaciones ya no me dejan frustrado. Acepté que hay circunstancias que lo impiden, las propias carencias, las de los otros, el tiempo del que se dispone, el lugar donde tienen lugar, y que no debía rajarme las vestiduras por ello. Es cierto que, para curarme en salud, opto ahora muchas veces por callarme, porque sé que con ciertos temas y con determinadas personas -muchas veces soy yo esa “determinada persona”- se pasará de la conversación a la discusión caliente, y yo en estas aguas nado muy mal y acabo ahogándome. Los artistas de la conversación lo demuestran justamente cuando se tratan temas espinosos y las posiciones de los interlocutores están muy enfrentadas. Esta es la dura prueba.

martes, 31 de marzo de 2009

Por prescripción médica

"-Pero Suso, ¿por qué no dices nada? 
 -Me lo ha prohibido el médico".
¡Ojalá! Así ya tendría una excusa inexcusable, valga la redundancia, para no meterme en discusiones de las que salgo tantas veces confuso y acalorado. "No, mirad, es que no puedo. Mi psiquiatra me ha ordenado que evite todo lo que altere mis nervios". Y, así, como buen chico y mejor paciente, obediente, sería el perfecto convidado, no de piedra, sino de carne y sangre serenísimas allí donde los demás se tiran las palabras a la cabeza.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El perfecto diálogo

Mientras uno expone sus argumentos, el otro lo escucha sin interrumpirlo. Como vale la razón, y no los gritos, ninguno de los dos se inflama nunca. Es cierto que a ello los ayuda sus caracteres tranquilos. No está en sus ánimos no dejarse convencer, cosa que solo puede obedecer al orgullo, la cabezonería o el capricho. Valoran las razones del argumento contrario, y si son convincentes, quedan convencidos, con la alegría de haber ampliado o corregido así su anterior punto de vista. Escuchan al otro, lo que siempre incluye intentar ver las cosas desde su perspectiva; manifiestan con firmeza, siempre acompañada de humildad, lo que piensan sobre el asunto a tratar; buscan la verdad, sea cual sea esta. No humillan, no quedan humillados.