Como buenos españoles,
algunos de mis hermanos y yo, llegada la ocasión -llegada la discusión-
hablamos muy alto. “¡Chhis, baja la voz!”, nos gritamos unos a otros. Además
ocurre que, en la cocina, en la que comemos los domingos, la sonoridad es
malísima. Si el techo estuviese más abajo, dice entonces, y una vez más, Pili, causaría menos ruido. También como buenos españoles, Lucía
y yo, llegado el momento, competimos a ver quien habla más rápido. Imagínense
entonces la combinación: gritar a toda prisa. Horrible. En lo que se refiere a
la altura de la voz la palma se la lleva mi cuñado/a X, si bien es cierto que
por lo menos “grita” despacio. La última vez que se nos dio por gritar (no
quiero presumir pero yo hice voto de silencio y no abrí la boca) fue a causa de
una cuestión tontísima. Horas, días después, pensaba para mí: “¡Ojalá nos
hubiese dado a todos un ataque de afonía!” Obligados a hablar más bajo,
hablaríamos también más despacio y estoy seguro de que nuestros pensamientos serían
más claros, mejores. La única que se salva, y que nos salva, de esto es mi
madre, como siempre, con su voz despaciosa, clara y dulcísima. ¡Ojalá la hubiéramos
heredado nosotros!
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lunes, 8 de febrero de 2016
sábado, 9 de enero de 2016
Escuchar
Lo que siempre estará en mi
mano en una conversación, por más agria e intempestiva que se ponga, es
escuchar. Esto solo depende de mí y que sea así me consuela muchísimo porque nunca
faltarán las condiciones para que pueda cumplir uno de los requisitos
principales de una conversación, sin que nadie pueda impedírmelo. Lo otro, lo
que yo diga y exponga, no podrá eludir los factores en cierto modo incontrolables,
que están siempre sujetos a la vivacidad y particularidad del momento, y que
son el interlocutor o interlocutores que tenga delante con todas sus especifidades,
yo con todas las mías y el entorno con todas las suyas, de las que dependerá la
mayor o menor calidad de la conversación, sin descontar que pueda no alcanzar
ninguna.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Blablablá
-Blablablá, blablablá...
(Suso, ten paciencia)
-Blablablá, blablablá...
(Ten caridad también)
-Blablablá, blablablá...
(Que no note que no te interesa nada lo que te está contando)
-Blablablá, blablablá...
(Dios mío, qué mujer)
-Blablablá, blablablá...
(Necesito que alguien me salve)
-Blablablá, blablablá...
(Marcha, tienes además que marchar, es la hora)
-Blablablá, blablablá...
(A ver si mirando el reloj varias veces cae en la cuenta de que tengo que irme, aunque estoy seguro de que no se va a enterar)
-Blablablá, blablablá...
(Me voy, me voy, ¡me voy!)
-Blablablá, blablablá...
-Hasta luego, guapa.
¡Uff! ¡Me fui!
jueves, 25 de septiembre de 2014
Un encuentro
Puestos en el contexto en el que estábamos, pudimos
reconocernos el uno al otro, mejor yo a él que él a mí, pero sólo un poco
mejor. O nada. Bueno, es igual. El caso es que, cumplido el trámite del mutuo
reconocimiento, dimos en hablar de esto mismo, de cómo unos somos más
reconocibles que otros a lo largo de los años: unos cambian mucho, otros
cambian un poco, otros no cambian nada. Apareció en ese momento X y ambos
coincidimos en que ella era el ejemplo de la persona que, encontrada veinte,
treinta o cuarenta años después, sería reconocida de inmediato: sus rasgos
principales siempre serían los mismos.
Yo sabía que él se había separado; no hice preguntas a este
respecto porque la confianza no daba para tanto. Le recordé que había estado en
la casa en la que habían vivido en Silleda cuando su hija mayor no era más que
una cría de dos años. La conversación siguió después su curso, sus giros;
llegamos a hablar de la muerte: “acaso no sea algo tan importante”, dijo él, a
lo que yo repliqué: “la muerte es algo muy importante”. Finalmente, la parte
del león se la llevó los hijos, su educación. Yo, que no los tengo, sólo pude hablar
de vistas y de oídas. Él me refirió que con su hija mayor, una chica diez,
había pasado por ser en el instituto el padre perfecto de una alumna ejemplar;
pasaron unos años, su segundo hijo fue todo lo contrario -llegaron a expulsarlo
dos meses en el instituto-, y las tornas se volvieron: había sido entonces el
padre imperfecto de un alumno problemático. “Se equivocaron con esa medida: era
lo que él buscaba, dos meses de vacaciones; de paso, tuve que aguantar el
comentario de un profesor gilipollas que insinuó que el castigo también me lo
estaban propinando a mí; me callé, para no levantar más polvareda de la que
había”.
No por ser de Perogrullo dejan sus verdades de ser verdades. Una de ellas es que, al cabo, uno puede decir que “ha vivido”; todos podemos decirlo. Y haber vivido es haber aprendido, haber crecido, haber madurado. X, tantos años después, no parecía un hombre infeliz.
sábado, 14 de junio de 2014
No se enfada
Ya oí decir a varias
personas que Pablo Iglesias, el líder de Podemos, “no se enfada” en las
tertulias televisivas en las que participa (o participaba), y tal observación pretendía ser desde luego un
elogio. El subtexto que hay aquí es que muchos otros sí que se enfadan, y esto
los afea. Hice una pesquisa en youtube y comprobé que era cierto lo que mis
amigos decían. “Un buen punto a su favor” me dije, no sin envidia. Tampoco es
que enojarse en el transcurso de un debate sea particularmente grave, salvo que
esto ocurra demasiadas veces, porque entonces la calidad de la argumentación se
verá afectada por esta insidiosa presión sanguínea. La energía así perdida es
una energía de la que ya no podrá disponer la propia razón en sus esfuerzos
reflexivos. Tanto si es una aptitud heredada o una aptitud adquirida (¡qué
mérito tiene esto último si uno es de naturaleza temperamental!), es una de las
condiciones para que, junto con otras, pueda darse un buen diálogo, o por lo
menos un diálogo más exitoso.
jueves, 2 de enero de 2014
En santa discusión
De discutir, habría que
discutir como un santo, sin arañar parcelas para el “yo”, con “una mente
humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y
compasiva” (Tomás Moro). Y, por seguir con el mismo santo, atendiendo a una de
sus bienaventuranzas: “Felices ustedes si saben callar y ojalá
sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando
les pisan los pies, porque el Evangelio comienza a penetrar en su
corazón”.
jueves, 19 de diciembre de 2013
Siempre así
Tiene que ser eso, justamente eso, el tono
amable, el intercambio tranquilo de logoi
-razones y palabras-, las miradas suaves: siempre así y nunca, nunca, de
ninguna otra manera.
miércoles, 3 de julio de 2013
Diálogo
Quien dialoga no vence ni es vencido.
Decimos “tuve una charla o una conversación” y no “un diálogo”: sonaría raro, muy platónico, y nunca mejor. Parece que lo que quiere el diálogo son las grandes ideas, inmanejables si no hay logos, palabra entera y redonda razón, a través del dia.
A un diálogo entre amigos no le viene mal de cuando en cuando un cosquilleo competitivo por ver quién es más brillante.
(La niña)
viernes, 25 de enero de 2013
Discutir
Si añado por mi cuenta una tercera acepción a la palabra
“discutir” (Las otras dos según la definición del Diccionario de la Real
Academia Española son: “1.
tr. Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia. 2. tr. Contender y alegar
razones contra el parecer de alguien”) que diría algo así como “3. Encenderse el ánimo, salir fuera de
sí, a causa de una disputa”, puedo decir que
siempre que en una discusión-1 preveo que puedo acabar discutiendo-3, dejo rápidamente de discutir-1 para no tener que discutir-3.
Con X. esto lo llevo haciendo a rajatabla desde hace ya algunos años: como
siempre que discutía-1 con él acaba
discutiendo-3, lo que lastraba mucho
mi ánimo y mi autoestima, corté por lo sano y sanísimo estoy a este respecto,
sin que me cueste ya ningún esfuerzo retener mi lengua. ¡Qué paz! Esta medida
la he ido aplicando en grados distintos dependiendo del tema de la discusión y las
circunstancias: lugar, ambiente, personas...
Grande ha sido la ganancia -soy más feliz- y nada echo de menos. Pero ¿y
las pérdidas? ¿Las hubo, las hay, las habrá? Francamente, no lo sé.
lunes, 17 de enero de 2011
El arte de la conversación
El arte de la conversación, decimos, lo cual es cierto, tanto por la maestría que exige como por lo esplendoroso de su resultado, si hablamos de una conversación lograda. La indicación de un amigo me hizo caer en la cuenta de que la frustración que sentía a veces después de ciertas conversaciones se debía a mi perfeccionismo, es decir, al rastro amargo que me dejaba no haber obtenido un logro, una perfección con ellas. Desde entonces decidí aflojar esa tenaza y las no logradas conversaciones ya no me dejan frustrado. Acepté que hay circunstancias que lo impiden, las propias carencias, las de los otros, el tiempo del que se dispone, el lugar donde tienen lugar, y que no debía rajarme las vestiduras por ello. Es cierto que, para curarme en salud, opto ahora muchas veces por callarme, porque sé que con ciertos temas y con determinadas personas -muchas veces soy yo esa “determinada persona”- se pasará de la conversación a la discusión caliente, y yo en estas aguas nado muy mal y acabo ahogándome. Los artistas de la conversación lo demuestran justamente cuando se tratan temas espinosos y las posiciones de los interlocutores están muy enfrentadas. Esta es la dura prueba.
martes, 31 de marzo de 2009
Por prescripción médica
"-Pero Suso, ¿por qué no dices nada?
-Me lo ha prohibido el médico".
-Me lo ha prohibido el médico".
¡Ojalá! Así ya tendría una excusa inexcusable, valga la redundancia, para no meterme en discusiones de las que salgo tantas veces confuso y acalorado. "No, mirad, es que no puedo. Mi psiquiatra me ha ordenado que evite todo lo que altere mis nervios". Y, así, como buen chico y mejor paciente, obediente, sería el perfecto convidado, no de piedra, sino de carne y sangre serenísimas allí donde los demás se tiran las palabras a la cabeza.
lunes, 15 de septiembre de 2008
El perfecto diálogo
Mientras uno expone sus argumentos, el otro lo escucha sin interrumpirlo. Como vale la razón, y no los gritos, ninguno de los dos se inflama nunca. Es cierto que a ello los ayuda sus caracteres tranquilos. No está en sus ánimos no dejarse convencer, cosa que solo puede obedecer al orgullo, la cabezonería o el capricho. Valoran las razones del argumento contrario, y si son convincentes, quedan convencidos, con la alegría de haber ampliado o corregido así su anterior punto de vista. Escuchan al otro, lo que siempre incluye intentar ver las cosas desde su perspectiva; manifiestan con firmeza, siempre acompañada de humildad, lo que piensan sobre el asunto a tratar; buscan la verdad, sea cual sea esta. No humillan, no quedan humillados.
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