La lectura en Las inclemencias del tiempo, de Andrés Trapiello, de su experiencia en el Panteón de Roma, me retrotrae a la mía, que fue, quizá, o sin quizá, la más gozosa que me brindó la ciudad tiberina. Al entrar y verme acogido por tan inmensa cúpula, con su abertura central, un ojo para el cielo, quedé fascinado y sobrecogido con emoción profunda. Ningún otro lugar romano pidió de mí sentirlo muy despacio, enteramente. Estás bajo una bóveda cuya clave es una ausencia, una abertura que te asciende al cielo o te lo baja a las manos, asentándote al mismo tiempo en una horizontalidad perfecta. Aquí se ha conseguido un espacio esférico sublime, cuya apertura cenital te hipnotiza. Lo miras, te mira, lo miras, te mira, y no te cansas nunca.
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martes, 11 de agosto de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
De cine, en Villa Borghese
Volvía de Villa Giulia, hermosa casa renacentista, con un no menos hermoso ninfeo, una estupenda colección de cerámica etrusca y demás lindezas. Cansado, pensaba tumbar mis huesos junto al lago de Villa Borghese y, allí, abandonarme. Pero como la vida, para mal y para bien, es un fuera de guión perpetuo, apareció un regalito que me detuvo: un equipo de cine preparaba el rodaje de una escena. ¡Al fin iba a poder cumplir uno de mis sueños, asistir a un "cámara, acción"! ¡Y menudo despliegue para una escenita de apenas unos segundos! Una mini carpa, luces, sonido, más de una docena de técnicos varios, voces por aquí, voces por allá, uno que se duerme -seguro que estaban en pie desde las 6 de la mañana-, los papás de los niños que intervenían en la escena, muy emocionados, y ella, una mujer madura, hermosa, a la que la maquilladora daba los últimos retoques. Sólo una frase, unos segundos, frente a un vendedor de helados, y al fondo el lago. Y oigo un Virna. "Oye, Virna", "mira, Virna", "tienes que colocarte aquí, Virna". ¿Virna Lisi, pensé, la que había bordado su papel como Catalina de Médici en La reina Margot? Esperé, curioso, divertido, sin perder detalle. Al fin, todo estuvo dispuesto. Vino el de la claqueta y pronunció el mágico "cámara, ¡acción!". Virna mira a la cámara y pronuncia una frase, inaudible para los presentes. Y ya está, THE END. Pero yo debía salir de dudas y saber ante qué Virna me encontraba. "Scusi, ¿Virna Lisi?", pregunto a uno de los técnicos. Y asiente. ¡Guau!
Roma, también de cine, en Villa Borghese.
Roma, también de cine, en Villa Borghese.
martes, 28 de abril de 2009
Fuera de mí, en Roma
El regreso de Roma supuso tomar conciencia de la total desconexión con mi vida diaria que supuso el viaje, y no sólo en lo que se refiere a su rutina, sino también, y sobre todo, a lo que tiene la vida de casa y nicho, espaciotiempo en el que se vive y se muere cada día. Roma supuso ser hombre que anda y que ve (detrás venían los otros cuatro sentidos), completamente absorbido por las piernas movientes y los ojos observantes. Y nada más. Ni rastro de pesadumbre, miedo o ansiedad alguna, de mis sapillos y culebras de cada día. Ya digo, ni rastro.
Sólo yo en Roma, sólo Roma en mí. Salí de mi espaciotiempo habitual y me coloqué en otro, no mi casa ni mi nicho, un estar fuera de mí que era también, a su manera, un gozar de mí.
Sólo yo en Roma, sólo Roma en mí. Salí de mi espaciotiempo habitual y me coloqué en otro, no mi casa ni mi nicho, un estar fuera de mí que era también, a su manera, un gozar de mí.
lunes, 27 de abril de 2009
El guiño de Roma
El guiño de la putana, ¿de quién si no? Vestida de negro con discreta elegancia y un cigarro en la mano, nada señalaba en ella su condición. Cuando ya estábamos a tiro de ojo y nuestras miradas se cruzaron, ¡flash!, vino el guiño, experto, profesional, como si nada y como si todo. Mi mente se puso a funcionar para deducir lo único que era posible deducir, no sin antes comentárselo a Ángel, quien me lo confirmó. Él sabía que en el Trastévere, por donde callejeábamos, ellas hacían su calle. Que una putana de Roma te guiñe el ojo no es cualquier cosa. Es como un guiño historiado, milenario, la Roma puta o la puta Roma insinuándose, por decirlo así, a lo grande y lo tremendo. Y es que Roma es grande y tremenda. Pienso ahora que estaría bien haberle devuelto el guiño, darse la vuelta y observar su reacción: ¿una sonrisa, anillos de humo, un ademán lascivo?
Nosotros seguimos nuestra ruta, en busca de la iglesia de Santa Cecilia que alberga una escultura de esta santa tal y como fue encontrada en las catacumbas calixtinas: talla excepcional, en mármol, de una mujer degollada, obra de Maderna.
Imaginemos que ella, la putana, se llamaba también Cecilia.
Nosotros seguimos nuestra ruta, en busca de la iglesia de Santa Cecilia que alberga una escultura de esta santa tal y como fue encontrada en las catacumbas calixtinas: talla excepcional, en mármol, de una mujer degollada, obra de Maderna.
Imaginemos que ella, la putana, se llamaba también Cecilia.
domingo, 26 de abril de 2009
Roma
Roma canela y azafrán, teja y oro viejo, el color de sus calles, de su vida a pie de ruta y aire, de vista y peatón, gastado tantas veces y por eso tantas veces más hermoso todavía. Con esta gama en los ojos, entras en las basílicas y te encuentras al hermano mayor y noble, el oro de su mosaicos bizantinos, nunca gastado, siempre en luz, al vivo.
Vida que se gasta y luce en la calle, vida que se preserva y luce en los templos, ¡oh Roma, vieja y nueva, siempre canela y oro!
Vida que se gasta y luce en la calle, vida que se preserva y luce en los templos, ¡oh Roma, vieja y nueva, siempre canela y oro!
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