Se quejaba, y no le faltaba
razón, de las defensas de la familia que huelen a alcanfor numantino, que sacan
pecho a lo Cid Campeador con pose calculada. A su supuesto enemigo más que
identificarlo lo desorbitan, y hasta parece que llevarían mal no tenerlo pues
entonces no podrían blandir su espada. Yo vuelvo a acordarme de lo que ya
escribía Gregorio Marañón en su Amiel
en 1932: “El miedo de la sociedad pacata a que desaparezca la familia y se
hunda el mundo cada vez que éste da un estirón (una revolución) en su crecimiento,
es tan antiguo como la creencia de la venida inmediata del Anticristo, del fin
del universo, etc. Leyendo el estudio sobre Rousseau, en los Essais critiques, de Amiel, recordábamos
que una de las preocupaciones del gran revolucionario del siglo XVII era,
precisamente, el peligro en que, según él, se encontraba la sociedad, porque,
decía, ‘la familia está comprometida, no existe vida doméstica verdadera, la
galantería es una práctica universal y casi un honor el adulterio’. Ahora, casi
dos siglos después, nuestros obispos católicos se lamentan de lo mismo y con
las mismas palabras que el pensador ginebrino. Ni entonces, ni ahora, ni nunca
le pasará nada fundamental a la
familia”.
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miércoles, 10 de abril de 2013
lunes, 30 de julio de 2012
Simpatía de santo
Dice Marañón en su libro sobre el emperador Tiberio que lo que
hace que las personas resulten simpáticas o antipáticas es su generosidad o la
ausencia de ella, respectivamente. Pero también puede ocurrir que uno sea lo suficientemente
generoso -lo suficientemente simpático- como para no advertir, o pasar por
alto, esa carencia del antipático, de modo que ya no aparecerá como tal. Generosidad
de santo, claro está.
lunes, 23 de julio de 2012
Recurrencias: De lo grande y lo pequeño
El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho (Lucas 16, 10).
Daba grandes sumas en los momentos de calamidad pública (…) Pero era, en cambio, tacaño para la pequeña caridad, la individual y de todos los días (…) Es esta disociación entre la caridad pública y la individual achaque muy común de los grandes filántropos: los que subvencionan con millones copiosos una obra social, pero son incapaces de sacar de su bolsillo una moneda de cobre para dársela con recato y con ternura a quien la pide, sin preguntarle para qué. Ésta es la diferencia entre filantropía y caridad. La filantropía es, sobre todo, cantidad; y la caridad es, ante todo, amor (Gregorio Marañón, Tiberio, historia de un resentimiento).
Y, así como aquellos que no se dirigen a Dios en las pequeñas tribulaciones carecerán de hábito y de recursos para mitigar las grandes cuando se presenten, los que no han aprendido a pedirle cosas pueriles carecerán seguramente de toda disponibilidad para pedirle cosas grandes (C.S. Lewis, Si Dios no escuchase. Cartas a Malcolm).
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