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miércoles, 10 de abril de 2013

Alcanfor numantino



Se quejaba, y no le faltaba razón, de las defensas de la familia que huelen a alcanfor numantino, que sacan pecho a lo Cid Campeador con pose calculada. A su supuesto enemigo más que identificarlo lo desorbitan, y hasta parece que llevarían mal no tenerlo pues entonces no podrían blandir su espada. Yo vuelvo a acordarme de lo que ya escribía Gregorio Marañón en su Amiel en 1932: “El miedo de la sociedad pacata a que desaparezca la familia y se hunda el mundo cada vez que éste da un estirón (una revolución) en su crecimiento, es tan antiguo como la creencia de la venida inmediata del Anticristo, del fin del universo, etc. Leyendo el estudio sobre Rousseau, en los Essais critiques, de Amiel, recordábamos que una de las preocupaciones del gran revolucionario del siglo XVII era, precisamente, el peligro en que, según él, se encontraba la sociedad, porque, decía, ‘la familia está comprometida, no existe vida doméstica verdadera, la galantería es una práctica universal y casi un honor el adulterio’. Ahora, casi dos siglos después, nuestros obispos católicos se lamentan de lo mismo y con las mismas palabras que el pensador ginebrino. Ni entonces, ni ahora, ni nunca le pasará nada fundamental a la familia”.

lunes, 30 de julio de 2012

Simpatía de santo


Dice Marañón en su libro sobre el emperador Tiberio que lo que hace que las personas resulten simpáticas o antipáticas es su generosidad o la ausencia de ella, respectivamente. Pero también puede ocurrir que uno sea lo suficientemente generoso -lo suficientemente simpático- como para no advertir, o pasar por alto, esa carencia del antipático, de modo que ya no aparecerá como tal. Generosidad de santo, claro está.

lunes, 23 de julio de 2012

Recurrencias: De lo grande y lo pequeño

El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho (Lucas 16, 10).

Daba grandes sumas en los momentos de calamidad pública (…) Pero era, en cambio, tacaño para la pequeña caridad, la individual y de todos los días (…) Es esta disociación entre la caridad pública y la individual achaque muy común de los grandes filántropos: los que subvencionan con millones copiosos una obra social, pero son incapaces de sacar de su bolsillo una moneda de cobre para dársela con recato y con ternura a quien la pide, sin preguntarle para qué. Ésta es la diferencia entre filantropía y caridad. La filantropía es, sobre todo, cantidad; y la caridad es, ante todo, amor (Gregorio Marañón, Tiberio, historia de un resentimiento).

Y, así como aquellos que no se dirigen a Dios en las pequeñas tribulaciones carecerán de hábito y de recursos para mitigar las grandes cuando se presenten, los que no han aprendido a pedirle cosas pueriles carecerán seguramente de toda disponibilidad para pedirle cosas grandes (C.S. Lewis, Si Dios no escuchase. Cartas a Malcolm).