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viernes, 7 de noviembre de 2014

Un kiwi mesiánico

Al kiwi lo bendice este año una abundancia mesiánica: decenas y decenas de kiwis cuelgan de sus ramas, estorbándose unos a otros de tantos que son. Por eso, no habiendo espacio suficiente para que todos hubiesen alcanzado un tamaño medio, los hay muy chiquitos, no mucho más grandes que una cereza, y todos componen una especie de enjambre disperso y un tanto amenazante: si se cayeran a un tiempo mal librado quedaría al que pillasen debajo. Noviembre es el mes de su recolecta y mi hermano Luis, que es el maestro hortelano, se encargará de ella. Si me tocase a mí hacerla, de entrada me entraría un gran desaliento porque me parecería estar ante una tarea que nunca tendría fin.

martes, 16 de septiembre de 2014

El kiwi, otra vez

El kiwi se expande profusamente y una de sus ramas avanzaba decidida a entrar por la ventana del baño. Finalmente se dobló y ahora araña la pared continuando su curso hacia abajo. La agarré y la apoye un momento en el alféizar para ayudarla a consumar su intentona. “Esto no es un triunfo, señor, pero se lo agradezco de todos modos”. “Es lo menos que podía hacer por usted, señora”. 
Este año trae muchísimos kiwis. Por su aspecto exterior, pilosos y pardos, pudiéramos considerarlos los hermanos menores de los cocos. Yo, que tomo siempre en mi desayuno un kiwi, me veo surtido ya para casi todo el invierno. En verdad, tengo que mostrarme muy agradecido con él: me cubre con su sombra en verano, viéndome leer, y me alimenta en invierno, ayudándome a despertar.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Otro verano

Este verano no ha sido lujoso de sol y calor, como el del año pasado, lo que ha disgustado a unos y gustado a otros. Yo me cuento entre los primeros sólo en la medida en que me ha procurado menos tardes de lectura bajo la enramada del kiwi: si el día está fresco, a la sombra hace todavía más fresco y no puede uno estarse quieto y sentado, leyendo tranquilamente. Pero aconteceres climatológicos aparte, han sido unas vacaciones dichosas y serenas. El hiato que abren las vacaciones estivales en el curso del año es francamente delicioso: no hay que madrugar, no hay que vestir las pesadas prendas de invierno, la semana deja de ser un rápido lunesmartesmiércolesjuevesviernessábadodomingo, se ven pasar a montones de peregrinos, las claras de limón en las terrazas son mucho más sabrosas, los libros, siempre un paraíso, lo son todavía más, y también las películas; unas sobrinas se van a Dinamarca, una hermana se va a Nueva York, se va otra con su familia a Menorca, me voy yo a Austria y volvemos todos con los ojos llenos de cosas nuevas; a Emilio, misionero en Camerún, lo veo de nuevo, tres años después de haberlo estado con él en este país africano, manteniendo crecidas las llamas de la amistad. Sí, el verano está a un paso de ser el paraíso.

sábado, 21 de junio de 2014

A la sombra del kiwi

Hoy ha sido el primer día de este año que he estado leyendo debajo del kiwi en una hamaca en el patio. Si me gusta el verano es porque me permite hacer precisamente esto, leer en el frescor que proporciona la sombra de un árbol, rodeado de flores, hortalizas y cantos de pájaros. Incluso consigue que sea más llevadera la lectura de un libro que dentro de casa me resulta pesada. Un verano sin esto sería para mí un verano perdido. De la conjunción del gozo de la lectura y el esplendor de la naturaleza resulta una dicha que anticipa retazos paradisíacos, en la que se da una mezcla perfecta de concentración, exterioridad y reposo.

domingo, 26 de agosto de 2012

Puro y remolón


Este verano he cancelado tres pequeños viajes peninsulares. En un caso anulé la reserva que tenía en un hotel, en otro los billetes de tren ya comprados y en un tercero, a mi amigo E., donde le dije digo le dije después Diego. El motivo fue el mismo en los tres casos: la poca o ninguna gana que tenía de viajar, aunque se tratase de poco más que de salidas de fin de semana. Mis vacaciones las quise enteramente para mí, con sedentarismo puro y remolón. Me esperaba el teclado pero sobre todo el libro, el libro largo de la tarde larga en perfecta introversión. El verano, por ser la estación del sol es también la estación de la sombra, que me esperó, solícita, para demorarme en ella. Lo hice, a pie de casa, bajo el kiwi, un año más.

lunes, 9 de julio de 2012

Las frutas sorpresa


¿Quién esperaría encontrar tras la piel áspera y peluda del kiwi una pulpa verde y brillante? ¿Y quién, tras la dura corteza verde oscuro de la sandía, podría imaginar unas vísceras tan rojas y acuosas? El blanco coco, ¿no es todo un descubrimiento cuando abrimos su envoltorio castaño y peludo?

sábado, 16 de junio de 2012

La hoja del kiwi


Como es primavera sé que la hoja del kiwi se está abriendo y estirando; pero si no lo supiera, su repulgo bien pudiera ser indicio de un cierre o de una apertura, y tendría que esperar para saber de qué lado caería su decisión. ¿Y si se quedase así, a medio cerrar o a medio abrir? A mí no me importaría porque, repulgada, tiene un aspecto graciosísimo: parece una señorita de rostro verde con una cofia gris muy ajustada.

jueves, 14 de octubre de 2010

En el patio

El verano es un patio. El invierno, un claustro. Me gustan más los patios que los claustros y a medida que pasan los años mayor es mi preferencia por los primeros. 
Pues bien, henos aquí de vuelta al claustro. Las lluvias enterizas, plomizas, nos encierran dentro. Por muy casero que sea uno, que lo soy, lo soy de casa con huerta, patio y jardín, todo un poco revuelto, nada versallesco, con lo cual, llegado el invierno, esa parte posterior queda clausurada, a merced de fríos y lluvias. “Hacia dentro, hacia dentro”, ordena el invierno, y uno, mal que le pese, con la cabeza gacha asiente. Habrá quien necesite invernar para entrar dentro de sí y producir sus frutos. Acaso yo también, y la vuelta a los cuarteles de invierno sea volver a la habitación pascaliana, con velas (flexos) a lo Georges de La Tour, para dar de sí lo que se lleva dentro. Pero el verano no me expropia hasta el punto de dejarme sin interioridades, nada de eso. En el patio y a la sombra del kiwi, con luz solar entorno, es como uno quiere estar y gestar.

martes, 13 de octubre de 2009

Flexo

Cuando, con el cambio de tiempo, ya no es posible pasar las tardes leyendo en el patio, bajo los kiwis, y vuelve uno a la habitación y al flexo, se desea que avance la tarde y anochezca, pues entonces es cuando el cono de luz se nota más y con ello la sensación de estar aislado en él, protegido, viviendo en otro mundo, uno de ángeles guardianes y elegantes mecedoras.

(Y aquí, Felina)

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¡Ay!

Estoy sentado, leyendo, y oigo un ruidito. Una hoja del kiwi, a medias verde, a medias seca, cae en vertical, a palo seco, sin tirabuzón alguno. Sigo leyendo. Al rato, de nuevo otro ruidito. Otra hoja del kiwi, del todo verde, cayendo en vertical sobre el suelo, también sin floritura alguna. “Falta un viento que os acune y haga de vuestro desprendimiento un juego de vueltas, y virajes, y ondas, me digo. Quizá yo, ahora, con estas palabras mías, os doy la brisa que no tuvisteis al caer, atisbando, ¡ay!, el fin del verano”.

sábado, 15 de agosto de 2009

Verano

Uno ama el verano cuando lo es, es decir, cuando el sol, además de lucir, calienta en torno a los 25 grados como mínimo, cuando el cielo está despejado y las noches no son nunca frías aunque puedan quedar frescas, cuando le está permitido a uno sentarse en la hamaca, bajo la sombra de los kiwis, en las horas de la tarde, para leer a ratos y a ratos pasmar, y a eso de la ocho, incluso antes, agradecer la llegada refrescante de la brisa, cuando por la noche puede dejar la ventana de la habitación abierta y sentir los ladridos de algún que otro perro, que le suena a uno, sin saber por qué, como el acorde perfecto para esas horas. Si tiene lugar todo lo anterior, el verano aparece como la estación perfecta, por su generosidad, por su dicha. El sol ejerce un dominio saludable, vital, entusiasta, que pone morena al alma, más carnal que nunca, y uno siente que la felicidad está en los jardines, en las huertas, en los mares, en las frondas, en los patios interiores, en las fuentes y los ríos.