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lunes, 17 de diciembre de 2018

La tierra de la amistad


Le sorprendo en una ciudad extranjera camino del hotel y no puedo tener una conversación larga con él. En el segundo intento lo sorprendo camino de misa y tampoco esta vez es posible. La amistad, pues, a pesar de estos pequeños arreglos “físicos”, continúa siendo predominantemente virtual. Él mismo me decía en mi primera llamada telefónica que algunos tenemos amistades virtuales que son un desastre porque falta la jugada maestra que las culmine, ese encuentro cara a cara o esa conversación por teléfono que nos permita tomar tierra, la tierra de la amistad. Me dice que en el mes de marzo vendrá por aquí y que será posible que nos veamos. Ojalá.

jueves, 8 de noviembre de 2018

En el entierro de la madre de B.


A la seis y media ya era de noche y lloviznaba un poco. Con nuestros paraguas abiertos le hicimos un pasillo al coche fúnebre para que pudiera acceder a la puerta del cementerio. Tras las oraciones de rigor, los empleados de la empresa funeraria sacaron el ataúd de la madre de B. y lo transportaron sobre sus hombros hasta el nicho. La calle en la que estaba era muy estrecha y nosotros permanecimos atrás.
A B. le hizo muchísima ilusión que hubiéramos ido a acompañarla sus amigos y amigas de última hora, o mejor, de último año, después que, por iniciativa suya, nos hubiésemos juntado la promoción del 79-83, desde 1º de BUP hasta COU, hacía 13 meses. No era asunto menor que actuásemos de contrapeso frente al entorno hostil que formaba la familia de su cuñado, el más presente en ese momento en el tanatorio. T. me informó que él y su mujer, la hermana de B., habían dejado de hablarle hacía años a raíz de un episodio familiar.
Su madre, que tenía 91 años, había estado los últimos cinco en cama y padecía alzhéimer. Había vivido con una sobrina de B. Ésta había sido el fruto de una violación, la que había sufrido su madre, una mujer discapacitada, a los 18 años. Era la otra hermana de nuestra amiga.
Yo ya conocía al marido de B., un hombre realmente encantador. Le pedí que me presentase a E., el hijo de ambos. Apareció un chico guapo, sonriente, con un semblante muy amistoso. T., que me iba informando puntualmente de todo, me dijo que era igualito al abuelo de nuestra amiga, un hombre de eterna sonrisa que ella misma había conocido.

sábado, 11 de agosto de 2018

Mi ritmo


Ah, si no opinaras tanto, si fueses menos contundente, si me dejases más tiempo para exponer lo mío. No sólo soy más lento que tú, X, y que tú, Y, sino que además necesito serlo, quiero serlo. No me apremiéis -no lo hacéis-, aceptad mi ritmo -ya lo aceptáis. Ya me acelera bastante mi ansiedad como para someterme a velocidades que no son la mía.

sábado, 21 de julio de 2018

Matar a X (y a Y)


Los pájaros se cruzan mil veces en el cielo. La ventana de aluminio verde está entreabierta. No luce el sol pero la mañana es clara y limpia. Voy pensando en por qué X es un problema para mí después de tantos años de amistad. Necesitaría horas enteras, días de reflexión para alcanzar alguna claridad sobre este asunto. Soy consciente de que su contundencia al hablar, su seguridad, su aparente potencia vital me descolocan. Y no descarto que haya motivos inconscientes que se me escapan y que algún buen psicólogo acertaría a descubrirlos. A veces pienso, y esto es sólo una hipótesis, que ciertos tipos femeninos terminan convirtiéndose en murallas que no consigo escalar, a los que tendría que “matar” del mismo modo que, como decía Freud, hay que matar al padre para independizarnos de él y así recuperarlo después en un estadio de nueva madurez. ¿Necesito yo matar a X, y ya puestos también a Y, para que la relación prosiga por un derrotero distinto y superior?

jueves, 12 de octubre de 2017

Los del 79-83

Ando últimamente en fregados wasaperos gracias la brillante idea de B., compañera de BUP y COU desde 1979 a 1983, la cual, tras ponerse en contacto con unos pocos compañeros y compañeras de nuestra promoción, consiguió una primera quedada en Caldas de Reyes el 23 de agosto. Después formó un grupo de wasap al que se fueron adhiriendo más y más a medida que se fue corriendo la voz. A mí me llegó a través de C., compañera también de aquella promoción, que se acababa de agregar, pero, tras oír que tenía 700 wasaps, yo, que no soy nada wasapero, pronuncié un “¡qué horror, ni de coña entro yo en ese grupo!” A los que sí estaban en él, el continuo intercambio de mensajes les sirvió para ir calentando motores y conectar emocionalmente con el pasado y llenarse de ganas de verse en el presente. Esto ocurrió en la gran quedada del 16 de septiembre, en la que, todos ya con los corazones hirvientes, se abrazaron y pasaron una jornada inolvidable. Si B., a petición mía, me hubiese agregado al grupo, también yo habría calentado motores y salido de la frialdad en la que me encontraba con respecto a aquellos años de mi vida y aquellos compañeros y compañeras de promoción. Como esto no ocurrió no fui a la comida del día 16.
Sí estuvo mi amiga Sonia, que vino desde Madrid. Al día siguiente estuvimos juntos y me dio detalle. Mi memoria comenzó entonces a caldearse aunque sólo hasta el punto de sentir curiosidad, que fue creciendo un poco más en los días siguientes al ir yo poniéndome al tanto de nuevos detalles. El martes 20 de septiembre, C., en el trabajo, con sus comentarios añadió el punto de sal que me faltaba: entré en el grupo. A estas alturas ya me acostumbré, pero la sensación de estar en un maravilloso y excitante jaula de grillos-torre de Babel-tsunami fue en los primeros días apoteósica.

martes, 22 de agosto de 2017

Un pasito p'alante, dos pasitos p'atrás

Por unas y otras (y en las unas y en las otras siempre, de fondo, la falta de sueño) razones, cuando, a mediados de julio, comenzaron mis vacaciones, me encontraba un tanto nervioso, cansado y triste. Todas las ganas que, unas semanas antes, había tenido de ir a Irlanda, desaparecieron de repente. No me apetecía ir a ningún lado: quería dormir, leer y ver cine. Pasado un mes, y esto nos lleva a mediados de agosto, pensé que, a lo mejor, una inmensa pereza me estaba impidiendo salir de mí y realizar un pequeño viaje del que, aunque de entrada me parecía imposible, volvería contento. ¿Pero cuál? Me puse a pensar. ¿Unos días de relax total en un hotel maravilloso, con piscinas grandes y maravillosas y unas vistas ídem? Busqué online, aquí y allí, pero no acabó de convencerme. ¿Un crucero fluvial, véase Danubio, Rin, Loira, Vesubio? Lo mismo. Vamos a ver, Suso, piensa, ¿qué te apetece de verdad? Parecióme que ello era ir a una ciudad en la que se estuviese celebrando un festival de danza contemporánea y/o música clásica. Sendos telediarios en días distintos me dieron noticia del de San Sebastián y el de Torroella de Montgrí, en Gerona. Vistos los programas, me decanté por el segundo. Compré dos entradas, una para una actuación de Jordi Savall el jueves 17 de agosto y otra para el viernes 18, una interesante puesta en escena del Stabat Mater de Vivali a cargo del, para mí desconocido, Soqquadro Italiano. Después compre los billetes de avión y reservé plaza en un hotel. Según pasaban los días, las ganas, las medio-ganas y las no-ganas de ir se iban turnando. Pero, salvo el hotel, ya había hecho el gasto y no cabía vuelta atrás. Además, me atreví a concertar una cita en Barcelona con mi amigo Armando Pego, a la que respondió con excelente generosidad, pues era y es mucho mi interés por conocerlo más y mejor. Pero, dentro de mí, no terminada de afianzarse un deseo sin fisuras de irme al otro lado de la península. Cuando el fin de semana anterior al del día de mi partida me veo, ¡por primera vez en mi vida!, con un catarro estival, ya tuve la excusa perfecta. ¿Cómo iba a ir en estas condiciones, pobre de mí, colgado de un pañuelo con mocos, a Gerona, la cual además esos días iba a sufrir el azote de un tremendo calor (segunda excusa)? Decidido. No había más que hablar. Cancelo mi reserva en el hotel sin coste alguno y decido que me la refanfinfla perder el dinero del avión y el de las entradas a las actuaciones en el susodicho municipio gerundense. También pongo al corriente de mi cambio de ruta a Armando y nos citamos para una mejor ocasión. ¡Ah, qué felicidad, me quedaba en casita, en mi hamaca, en mi kiwi, en mis libros, en mi cine! Finalmente, el catarro en cierto sentido resultó ser providencial pues se presentaron unos asuntos que, aunque se hubiesen resuelto de igual modo en mi ausencia, se resolvieron más rápidamente estando yo presente. Y así es como ocurren las cosas, un pasito p´alante, dos pasitos p’atrás…

jueves, 22 de junio de 2017

Un largo etcétera (bajo el kiwi)


Terminado el libro, le envío estas letras que publico aquí con permiso del autor:

Querido Enrique:
Bajo el kiwi, he terminado de leer hace un rato Un largo etcétera. Tras la tensión-pasión de Un pábilo vacilante, sentí que la tercera entrega de tu diario-blogg bien pudiera titularse "Vuelta a la normalidad", o "Vuelta al valle" después de haber estado en la cumbre que es Un pábilo. Es un libro muy, muy sencillo, que casi no pesa, pues los niños pequeños, la una llamada Carmen, o Carmencita, y el otro Enrique, no pesan, y son ellos los protagonistas, o por lo menos los más protagonistas, de ULE, que es la puerta abierta al cuarto de sus vidas que tú nos brindas. En este sentido es el tuyo un libro muy poroso, aéreo, casi volátil. La cualidad transparente que tienen los niños, no cualesquiera niños sino estos niños que son tus hijos, impregna por completo tu libro. ¿Un casi-nada tu libro, un haiku alargado en el tiempo que dura seis años? Me gusta pensarlo así, y que leerlo haya sido como zamparse un sorbete de limón. Qué vivan los niños, qué vivan tus hijos, Carmen, o Carmencita, y Enrique.
Un fuerte abrazo.
Suso 

lunes, 12 de junio de 2017

C. 3

Sobre aquella remota vida mía con C. no tengo ningún recuerdo concreto, sólo, como ya dije dos entradas atrás, la de su cara de ratón bueno que ahora, sin embargo, más me parece la de un gatito. No me acordaba yo por tanto de que él y mi también amiga de la infancia y juventud, A., habían sido novietes. A. murió en el año 2009 pero C. me dijo que se había enterado no hace mucho. Además de para verme a mí, había venido a Silleda por lo tanto también para ver la tumba de A. Pero el encuentro con su prima R. no sólo limitó nuestro encuentro a una hora sino que le impidió igualmente acercarse al cementerio. Me dijo que el mes que viene lo planearía mejor, de modo que pudiésemos alargar nuestra conversación, visitar el lugar donde nuestra amiga está enterrada y también otros sitios que fueron escenario de aventuras y vivencias comunes.

Mi hermano Ramón había comido en casa y por eso, por la tarde, recibí un whatsapp de su mujer, Mude, en el que me pedía que le diera a C. de su parte un abrazo cariñoso. Tampoco de esta amistad entre mi cuñada y mi amigo guardaba yo ningún recuerdo. Poco a poco, en torno a él, como ondas expansivas, se van añadiendo circunstancias olvidadas por mí y que completan el cuadro en el que en principio sólo me veía a mí mismo con C..

viernes, 9 de junio de 2017

C. 2

Pepe, Lucía y yo estábamos resolviendo un asunto familiar que no admitía distracción ni dilación. Sonó el timbre, Pepe bajó, abrió la puerta y comenzó una conversación de la que Lucía pudo captar la palabra “C.”. “¡Es C. preguntando por ti! ¡Baja!”. Yo, con cera en mis oídos, no sentí esta palabra, sólo lo que Pepe le dijo al que había llamado: “Mira, ahora estamos ocupados con un asunto urgente. ¿Te importaría llamarlo un poco más tarde? Enseguida terminamos”. Cuando subió confirmó su identidad. Me levanté de un tirón, me asomé a la ventana y grité: “¡C.!”. Me lancé después escaleras abajo, salí a la calle y en pleno paso de cebra C. y yo nos fundimos en un abrazo. “Mira, ahora mismo no puedo quedar contigo. ¿Hasta qué hora andarás por aquí”. “Hasta las seis”. “Anda, entra que apunto tu número de teléfono”. Cuando estaba ya dentro de casa, en la cocina, y C. se acercaba por el pasillo, le dije a mi madre quién era. “Cómo, ¿el hijo de A.?”, exclamó sorprendida y alegre. Y también ellos dos se fundieron en un abrazo.

miércoles, 7 de junio de 2017

C.

El pasado sábado día 3 reapareció C. Me dijo que nos habíamos visto por última vez cuando rondábamos los dos los dieciséis años pero a mí me parece que esta fecha se remonta todavía más atrás en el tiempo. En cualquier caso, desde hace por lo menos treinta y cinco años no nos habíamos vuelto a ver.
C. era primo de unos vecinos amigos nuestros y durante algunos meses de septiembre en años sucesivos de nuestra infancia y primera adolescencia venía a pasar unos días a casa de estos primos suyos. Nos hicimos amigos, dentro de la pandilla más amplia que yo formaba con mis amigos y amigas de aquella época. Cuando dejó de venir, durante algunos años el único contacto que hubo entre nosotros fue la felicitación navideña que, con un escueto mensaje, yo recibía de él y él recibía de mí, si bien el contenido de la mía no era tan breve como el suyo.
Después, cada vez que sus hermanos A. y C. venían a Silleda a los entierros de los tíos y tías que se iban muriendo, yo sabía por ellos las nuevas de C.: “se fue a A., pues allí está nuestro hermano mayor”; “se casó”, “tuvo una niña”, y así. Supongo que él también fue sabiendo de mí a partir de lo que sobre mí yo les contaba a A. y C.
Nos citamos a las tres, después de comer, en el bar “A Pedra”. Ambos coincidimos en decir que, en un mero cruce con no más tiempo que una mirada fugaz, no nos hubiésemos reconocido. Sin embargo, en un bar, tras un inicial “esta cara me suena” y con tiempo para una mirada más que fugaz, acabaríamos con un “¡pero si tú eres C./Suso!” Me di cuenta de que, a grandes trazos, uno puede resumir su vida en un minuto señalando sus etapas esenciales y dando unas breves indicaciones. Es lo que hicimos los dos al comienzo de nuestra conversación. A medida que pasaba el tiempo, en su sonrisa adulta reconocía yo la sonrisa del C. infante y adolescente, su carita de ratón bueno.

miércoles, 1 de junio de 2016

Implorando a Gaudí

Estoy vitalmente interesado en que Gaudí obre el milagro de que la hija de una gran amiga “deje de ver puntos, que no se le escondan las letras” -así me lo escribía ayer en un wuasap- pues está afectada por la enfermedad de Stargardt, una afección en la mácula de la retina que la podría dejar ciega. El próximo día 10 de junio es el 90 aniversario de la muerte de Antonio Gaudí, fecha para la que estaba programada su beatificación. Al arquitecto catalán se le atribuye la devolución milagrosa de la vista a una mujer ciega de Reus, ciudad natal de Gaudí. Estoy al tanto de esto porque fui mi amiga la que, entre lágrimas, me lo contó y la que me pidió que se sumara a su ruego, y que, sí podía, sumase también a otros. Por esta razón, a quienes queráis y podías, os pido que os unáis a esta imploración, por ella, por X, una chica de 22 años.

viernes, 8 de abril de 2016

Madre coraje

Las madres -también los padres aunque menos, creo- son unas auténticas jabatas cuando luchan por sus hijos. Mi amiga X tuvo y crió a los suyos en Euskadi. El instituto en el que estudió el mayor era un vivero de Herri Batasuna y mi amiga, durante los años que su hijo cursó en él el bachillerato, tuvo un miedo pánico a que acabase en las garras de los secuaces de ETA. XX, cuando fue mayor, le dijo (muy cariñosamente) a su madre: “Mamá, fuiste una irresponsable. No sabes en donde me metiste”. Pero esta “irresponsable” madre luchó como una responsable leona para salvar a su hijo. ¿Y cómo lo hizo? Dado que XX no era un buen estudiante, ella se dijo: “Esta es la mía”. “XX, a partir de ahora te vas poner a estudiar cuatro horas todas las tardes y yo contigo para que no te muevas”. Su mala calidad como estudiante le vino de perlas para sentarlo y sentarse ella con él, de modo que, durante este proceso, supo trenzar ayuda escolar con conversaciones personales que al fin le abrieron los ojos a su hijo, y esto día tras día durante tres años. Lo salvó, y ella con él.
XX es ahora un brillante profesor en la universidad de Barcelona y en breve será papá, lo cual hará que X sea abuela por primera vez. Cuando nos lo dijo, ¡qué contenta estaba y qué contentos nos pusimos nosotros con ella!
Enhorabuena, querida X.

martes, 3 de noviembre de 2015

La principessa

“Buongiorno, principe”, me dice muchas mañanas cuando llego al trabaja. “Buongiorno, principessa”, le contesto.

La principessa, en uno de sus viajes a países exóticos, se vio en apuros al quedarse rezagada cuando bajaba de un volcán, pues su paso era más lento que el del resto del grupo que la acompañaba. Cuando este llegó a un punto en el que se abrían dos caminos, la guía no tuvo el detalle de darse la vuelta para comprobar si estaban todos. Al llegar aquí, la principessa se dijo: “¡Mio Dio, ora che faccio!” Unos jovencitos motoristas aparecieron de pronto, si bien, al no saber ella inglés, malamente iba a poder entenderse con ellos. El caso es que le vino a la cabeza el famoso “Don’t worry”, de Bobby McFerrin, y así se arregló todo.

viernes, 2 de octubre de 2015

Las bodas de la amistad

En su día, mi más antigua amiga, Sonia, y yo hablamos de hacer algo especial el año en que nuestra amistad cumpliera sus bodas de plata. Al final no hicimos nada pero ya fue especial pensar en hacer algo especial. Mi amigo Stefan, de un tiempo a esta parte, menciona muchas veces los años que llevamos siendo amigos. No sería mala idea que la amistad tuviese sus bodas de plata, de oro, de platino y de cuantos metales preciosos haga falta. El año que viene, el 2016, hará veinte años que Andreas y yo nos conocimos haciendo el camino de Santiago, el Jacobusweg para él. Por eso nos hemos comprometido a quedar pues llevamos muchos años sin vernos: otra celebración de unas bodas de la amistad.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Mis llorares

Cuando leí la respuesta de Enrique a la pregunta “¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de alguien? ¿Y a solas?”, del test de Arthur Aron, me puse a pensar yo en mis llorares. Son muy escasos, escasísimos. El año 1996 lloré a moco tendido abrazado a mi hermana María debido a un asunto que nos ligaba a ella, a mí y a nuestro amigo X. El desahogo me liberó de un quiste que se estaba volviendo tumefacto. No volví a llorar, que yo recuerde, hasta el 12 de octubre del año 2002. Habíamos tenido la comida de la fiesta del Pilar, la fiesta familiar por antonomasia, en la que celebramos el cumpleaños y santo de mi madre, el santo de mi hermana Pili y el cumpleaños de mi hermano Luis. Estaba fregando la vajilla y en ese momento se acercó mi cuñada Dolo. Le estaba hablando de unas obsesiones sobre la muerte de mis seres más queridos que venía padeciendo desde el mes de agosto y entonces me eché a llorar; se acercaron mis hermanas Pili y María, que quedaron también informadas del asunto. El 7 de mayo de ese año había muerto mi padre. ¿Había alguna relación entre mi llanto y esta muerte? No lo sé y sigo sin saberlo. Han pasado trece años y no he vuelto a llorar. Se humedecen mis ojos, sí, cuando en la tele, ya sea en un espacio informativo ya en una película, veo un acto bueno, pero no llego a derramar lágrimas. En más de una ocasión me hubiese gustado gozar de ellas pero nunca acudieron en mi ayuda.

viernes, 14 de agosto de 2015

Amigos

Al final, el amigo, la amiga, es el que está ahí, la que está ahí, medio olvidados unos de otros a veces: problemas de agenda, distancias geográficas, perezas del corazón... Pero están ahí, estamos ahí sin duda, y llegado el momento resurgimos unos para otros como una potente llamarada o un río que salta.

miércoles, 1 de abril de 2015

Murieron ellos, moriremos nosotros: está bien

La primera de mis amistades que perdió a un progenitor fue Araceli. Creo que estábamos en 1º de BUP y teníamos por lo tanto catorce años. La muerte prematura de su padre fue un mazazo, sobre todo para su mujer y sus hijos mayores. Después, siguiendo con los amigos de mi infancia, murieron los padres de Bety, de Luis, de Miguel, de Sonia, el mío. Sin excepciones, ellos, los padres, murieron en primer lugar; ninguno de nosotros ha perdido todavía a nuestra madre. Doy un gran salto en el tiempo y me planto en estos últimos años. Murió, ahora sí, la madre de Aurora; perdió también a su madre Enrique. Y en estos últimos meses, de noviembre en adelante, murió el padre de Isabel, la madre de Andrea y, por último, murió de repente la madre de mi amigo Emilio. Es lo que toca.
Lo que tocará una vez que pasen más años será asistir a la muerte de nuestros hermanos y nuestros amigos. Llegaremos, si llegamos, a los 80, a los 90, e iremos “passing away”, unos primero, otros después... No me causa tristeza pensarlo. La vida se cumple y llega a su fin: esto está bien.

martes, 17 de febrero de 2015

Una peligrosa izquierdista

Se ha muerto una peligrosa izquierdista. Nunca una mujer conservadora y de derechas supo encarnar tan bien los mejores valores de la izquierda: la honestidad, la solidaridad, la rebelión ante la injusticia, la lucha por un mundo mejor, el trabajo tenaz y bien hecho, el apoyo incondicional a los más débiles, la tolerancia y la práctica constantes de la escucha para aprender y modificar sus opiniones. Y para nosotros, sus hijos, una bendición: un continuo ejemplo de bondad y amor sin condiciones.
Palabras de mi amiga A. sobre su madre, recientemente fallecida. Descanse en paz.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Amistad y literatura

Cuando dos amigos son escritores pueden surgir chispas. Alguna experiencia de este tenor la contó Andrés Trapiello en su viarionovela. La mía con mi amigo X no se debió a nada que tenga que ver con un “yo te leo si tú me lees” ni cosa parecida, sino a algo que yo le dije en una carta y que al le escoció, lo cual provocó que él me enviase otra donde me daba algunas coces; a vuelta de correo yo me defendí. El asunto quedó en tablas y ambos teníamos nuestra parte de razón. No obstante yo me quedé contrariado y con la sensación de “deberle” algo: me sentía su deudor, además de que obraba en mi ánimo el deseo de que ninguna herida quedase abierta. La prosa de X es áspera y me costó mucho por eso leer durante cuatro años (bueno, digamos más bien los dos últimos) su página diaria, de lunes a viernes, en un determinado sito web de la geografía española. Pero lo hice: era, y es, mi amigo, grandísimo amigo, y mi compromiso fue firme a este respecto. La deuda quedó cancelada al final de este periplo. Antes de esto (¿o fue después?), ya me había comprado uno de sus voluminosos libros de filosofía y entré en él dispuesto a llegar hasta el final: me gustó y así se lo hice saber en un correo sincero y exultante que él me agradeció mucho.
Leer es un acto de suprema libertad al que acompaña el deseo de un sumo placer. En términos generales la amistad no debe estorbar este principio. Lo mejor para mí es que no lo estorbe de ningún modo. No obstante también soy consciente de que la amistad obliga en alguna medida, y la amistad con un escritor obliga en esta misma medida a leerlo. ¿Hasta qué punto? No hay ningún problema cuando el escritor amigo es un escritor preferido y si lo hay cuando no lo es, por la razón que sea. Pero incluso si es preferido podemos llegar a determinada altura de la vida a aburrirnos un poco y dejar de leerlo por un tiempo, que puede ser incluso mucho tiempo. Las cuestiones sin número que quedan sin contar aquí las dejamos en manos de todas las parejas de amigos escritores, esperando que, si surgen chispas, no salgan de ellas quemados.

martes, 25 de noviembre de 2014

Narf y León

Narf es el nombre artístico de Fran Pérez, amigo mío de la infancia. El pasado 14 de noviembre vino a la tierra que le vio nacer, Silleda, a cantar en O recanto, un entrañable pub tipo taberna, o taberna tipo pub, que antiguamente fueron unas cuadras que guardaban el ganado de la casa a la que pertenecían. Fran nos deleitó con sus guitarras eléctricas (utilizó dos, sucesivamente claro) y sus canciones: letras de Rosalía, de Castelao, un poemilla de su padre y otras. Al final, tras la canción que cantó en honor de su madrina, que estaba presente, se sentó conmigo y las que me acompañaban, mis hermanas María y Lucía, también amigas suyas de la infancia. Con cerveza y vino pasamos un rato delicioso recordando los tiempos de nuestros primeros años. A mí me pasmó que mi memoria no hubiese retenido cosas que contaron ellos: la camioneta de cabina color azul y desastrado remolque en la que jugábamos, el cochecito que conducía mi hermana María y en el que paseaba a Fran cuando era un bebé, el billete de cien pesetas que encontró un día mi hermano Ramón en el suelo y que llevó raudo a la boca para propinarle varios besos (nos partimos de risa oyéndoselo contar a Fran, sobre todo con los “mua, mua, mua” crematísticos de mi hermano que nuestro amigo imitó tan bien). Hubo otro recuerdo que abre un capítulo aparte, con el que sigo en el siguiente párrafo.

En una de las pausas entre canción y canción, Fran mencionó a otro amigo de la infancia, de él y también mío, Miguel, y a su perro León. Miguel, que estaba allí, me miró a mí con gesto de “sí, claro, ¿no te acuerdas?” y yo a él con gesto de “¿un perro, León?, no, no me acuerdo”. Terminado el acto y efectuadas las despedidas de rigor, en el pasillo de fuera me acerqué a Miguel para preguntarle por León. “Sí, hombre. Nacimos a la par, cachorrito él y bebé yo. Mientras yo continué siendo un bebé él en unos meses se convirtió en un perro enorme. Me acercaba a él a gatas primero y andando después a meterle los dedos en los ojos, en las orejas, en la boca, a fastidiarle la siesta vaya. León, que me podía haber mandado a veinte metros de un rabotazo, me agarraba entonces el cuello con sus fauces y me llevaba hasta el salón, donde me dejaba. Ni una marca me quedó nunca en el cuello. Lo hacía como si portase a un cachorrillo”. “Anda, qué bonito”, añadí encantado. “Años después murió y cuando fui yo mayor inquirí la causa de su muerte: mi padre me dio a entender que alguien lo había matado porque era un peligro ¡para los niños!” Seguro que se lanzaba a sus cuellos y los mataba a dentelladas...