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lunes, 10 de diciembre de 2018

Money Monster

Después de vagar por India, Rumanía, Argentina o Islandia, pongamos por caso, en mis noches de cine, viendo magníficas películas, necesito un chute de cine americano, ése que sólo saben hacer ellos, espectacular, entretenido, asombroso en muchos sentidos. Aquel vagar pone en mi pantalla historias que quieren ser sobre todo paisajes del alma, adentramientos en el corazón de lo humano, a las que acompaña siempre cierta morosidad. Sin ellas yo no podría vivir como espectador de cine (ni como ser humano), pero si enlazo varias de ellas llega un momento en que necesito salir de tales profundidades y buscar el aire, otro tipo de narración, la americana, vaya. Sólo esta industria (en la actualidad muchísimo menos, claro; su edad no es ahora, no ya la de oro, es que ni la del bronce) sabe combinar lo hondo y lo ligero en productos que satisfacen a un tiempo tus deseos de evasión y de conocimiento. Money Monster, de Jodie Foster, por citar sólo una, es un ejemplo perfecto. Está todavía muy caliente en mi retina.

jueves, 22 de noviembre de 2018

El mejor verano de mi vida


Al contrario que Haneke, Dani de la Orden no tira de ironía en el título de su película El mejor verano de mi vida, porque lo va a ser para el pequeño Nico cuando aguarda a que su padre cumpla su promesa de regalarle el mejor verano de su vida, tras obtener él un pleno de dieces en sus notas de final de curso.
Su padre es un personaje descacharrante e imposible, del que uno desespera a las primeras de cambio. Su optimismo caótico y su “yo siempre tengo un plan” montado sobre la más pura improvisación, lo conducen de desastre en desastre, para exasperación de su hijo que, con todo, no pierde sus esperanzas en él. Dado que Dani de la Orden quiere una película con final feliz, todo lo ordena para que, finalmente, al caótico Curro le sonría la fortuna.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Happy End

Se titula Happy End pero siendo de Haneke era fácil adivinar que se trataría de un unhappy end.
Al poco de empezar la película ya vemos en un hospital las piernas de una mujer que ha intentado suicidarse. En tanto se cura (o no), su hija se marcha a vivir con su padre y su segunda mujer a la gran mansión del paterfamilias, el abuelo octogenario. Aquí reside también su tía, que está al frente de la empresa familiar.
El anciano señor ya no quiere vivir por lo que, a hurtadillas y con nocturnidad, sube a un coche y lo empotra contra un árbol. Sólo consigue fracturarse la tibia, el peroné y dos costillas. Viéndose paralizado en una silla de ruedas sus ganas de morirse se redoblan. Le pide a su peluquero de toda la vida que le consiga medicamentos o un arma de fuego y munición. El peluquero, contrariado, le dice que no.
Mientras tanto la madre de la niña no ha conseguido salvarse y muere. Hete aquí pues a la pobre chavala con una madre suicidada y con un abuelo haciendo méritos para serlo. Por si esto fuera poco, descubre en el ordenador de su padre los mensajes líricos y guarros que intercambia con su actual amante. Las pastillas que le habían sobrado a su madre se los toma ahora ella.
Ya en el hospital, el padre desea comprender lo que ha hecho su hija. Ésta, a quien su intento de suicidio no le ha robado ni un ápice de lucidez, le suelta esta lindeza: “Mira, papá, tú no quieres a nadie. No quisiste a mamá, no me quieres a mí, no quieres a tu actual mujer ni al hijo que tienes con ella. Lo único que quiero saber es si, cuando la abandones, me llevarás contigo o me dejarás en un centro de menores”.
Su tía tiene un hijo treintañero con sus propias cuitas. Un accidente le cuesta la vida a un obrero de la empresa. Si bien, tras la investigación, se demuestra que ha sido fortuito y que la empresa cumple todos los requisitos en lo que a seguridad laboral se refiere, al heredero, aquejado de mala conciencia por el prurito social que de repente le brota, le estalla la cabeza. Así, la señora marroquí que lleva años de servicio en la casa aparece ahora antes sus ojos como una esclava, y no duda en denunciarlo a voz en grito el día en que su familia, con motivo del 85 cumpleaños del abuelo, celebra una fiesta en su honor con lo más granado de la sociedad presente.
En el banquete de boda de su madre (no sabemos si soltera, divorciada o viuda) vuelve a las andadas con mayor artillería. Irrumpe en el comedor con un grupo de migrantes negros. Tras un exordio irónico, presenta al primero: “Se llama Mohamed, viene de Nigeria, y su mujer y su hijos ardieron durante una operación de Boko Haram”. Se arma, clara, la de San Quintín.
El abuelo, aprovechando el revuelo, le pide a su nieta que lo saque fuera. Aquí hay que hacer un aparte para contar la conversación habida entre los dos unos días antes. Como el padre no había conseguido granjearse la confianza de su hija para averiguar por qué había querido suicidarse, le pide al anciano que lo intente él. Como ni de primeras ni de segundas consigue derribar la desconfianza de su nieta, de terceras opta por abrirle él su propia intimidad. Le habla de su abuela, a quien la niña no conoció, de lo maravillosa que había sido, de la vida feliz que tuvo a su lado. Cuando cayó enferma, le había entregado todo su tiempo para cuidarla, dejando el cuidado de la empresa en manos de su hija. “Tras tres años de sufrimientos prolongados y absurdos la maté asfixiándola. No me arrepiento de haberlo hecho”. Ahora es el turno de la nieta, de que cuente por fin por qué intentó suicidarse. “No lo sé”, contesta. Magra respuesta, pero en cualquier caso ya se ha forjado un vínculo.
Decíamos que el abuelo le había pedido a su nieta que lo condujera fuera del restaurante, a la sazón al lado del mar. Desde el sitio en el que están una vez que han salido, una rampa se adentra en él. “Acércame al agua”, le dice el abuelo a su nieta. Cuando ya están en el borde, le pide que lo empuje más. La niña duda, recela, se turba. “Está bien, vete”. Él mismo levanta entonces el freno de la silla de ruedas, que poco a poco se va adentrando en el mar hasta casi hundirlo hasta el cuello.
Mientras tanto, su nieta ha subido la rampa hasta quedar a la altura de la puerta del restaurante. Coge el móvil, activa la cámara y graba a su abuelo. En la escena entran de repente y a gritos su padre y su tía, que corren rampa abajo a rescatarlo.
Lo dicho, un “happy end”, ¿no?

martes, 20 de noviembre de 2018

El malvado zorro feroz


Hace unos días vi una película animada cuyo título era El malvado zorro feroz. Este zorro, a fuerza de no conseguir ser feroz, termina por no ser malvado. Es un inepto, vaya. La gallina enemiga, a la que quiere zampar, le tiene bien tomada la medida y una y otra vez lo ningunea de todas las maneras. Es una gallina de armas tomar. Su amigo el lobo, viendo que su amigo el zorro no pasa de ser un zorrito sin tomo ni lomo, le sugiere que le robe los huevos, cosa que sí logra. Cuando los tiene en su madriguera, continúa incubándolos para que nazcan los apetitosos pollitos. Finalmente éstos salen del cascarón y, como ya sabemos, al primero que ven le adjudican el papel de madre. Allá que se lanzan pues, todos alborozados, al regazo del zorro llamándole “¡mami!” Éste se queda anonadado por la sorpresa y, dada su poca monta como zorro malvado y feroz, se ve superado por los amores filiales de los pollitos. ¿Y qué querrán ser los pollitos cuya madre es un zorro? Pues zorros. ¿Y qué querrán comer? Pues pollitos. El pobre zorro cría unos pollitos que quieren ser zorros que se coman pollitos. El tiro a nuestro amigo le sale por la culata, pues. Las agallas se le convierten en entrañas y colorín colorado este cuento se ha acabado.

lunes, 5 de febrero de 2018

De comedia en Nueva York

Aunque reconozco que es una actriz muy buena, aún no le tengo cogido el punto a Anne Hathaway. Sus ojos inmensos (a este respecto, pertenece desde luego a la categoría actriz-ojos, en la que están Bette Davis, Susan Sarandon, Charlotte Rampling, Jacqueline Bisset, Marisa Berenson) me despistan y siempre me parece un poco extravagante. El caso es que en la película El becario, de Nancy Meyers, está perfecta con un Robert de Niro igual de perfecto en la que la química entre ellos funciona a la perfección. Cuando una comedia neoyorquina marcha bien, como es el caso de ésta, te tonifica tanto como te relaja, y te vas entonces a la cama la mar de contento. Si tuviste un día inquieto este tipo de películas es ideal. Son simpáticas, sentimentales, amables, sencillas, inteligentes. Solo o acompañado, para una tarde de domingo o para disfrutar por la noche, al verlas te dan ganas de irte a Nueva York a vivir con su gente.

martes, 30 de enero de 2018

Jacqueline Bisset

Al desconocer que iba a encontrarme con Jacqueline Bisset en El amante doble, de François Ozon, tuve una alegría mayor que la que hubiese tenido de haberlo sabido. De repente apareció con sus bellos ojos azules y yo me dije “¡guau!”. Tardé en enterarme de que es una actriz británica. Al llamarse Jacqueline y tenerla asociada a La noche americana, de Truffaut, siempre pensé que había nacido en suelo francés. En cierto modo es así, pues su madre era del país galo. Su dueto con Candice Bergen en Ricas y famosas, de George Cukor, es absolutamente inolvidable. De la mano del expertísimo director de mujeres, levantan entre las dos una película portentosa, puro y gozoso cine. Pero el primer plano que viene a mi memoria siempre que pienso en ella es el de la mentada película de Truffaut, aquel close-up que la muestra felina e increíblemente hermosa. Ella aparece tras la claqueta, y yo reproduzco en mi cabeza su golpe y digo: “¡acción!” Todos los seres humanos somos nuestros ojos pero unos lo son más que otros. Es el caso de Jacqueline Bisset.

lunes, 22 de enero de 2018

Gary Oldman

Gary Oldman es uno de los míos. Me cayó bien desde el principio. El Drácula que interpretó para Coppola es terrorífico y genial. Por su forma de encarnar a los personajes, creo que se inscribe en la estela del Actors Studio y sus Brando, Newman y demás. El George Smiley, de la novela de John le Carré, al que dio vida en la película El topo, es una de las mejores interpretaciones que he visto en toda mi vida. Parsimonioso, frío, ejecutor, da su golpe maestro y vence al final a todos en un acto de suprema inteligencia. En varios momentos de la película lo vemos nadando en una piscina. En ella se relaja. La escena es poderosa porque comprobamos hasta qué punto es dueño de sí mismo. Casi sentimos cómo ordena su pensamiento, cómo avanza hacia la solución final. Parece un reptil que avanza cauteloso hacia su víctima. Y todo esto viene a cuenta del Globo de Oro que ganó hace unos días por su interpretación de Winston Churchill, en la película Darkest Hour. Cuando habló, tras recoger el premio, estaba emocionado. El último agradecimiento fue para el premier británico. Él también lo es, concretamente de Londres. Ganará el Óscar, claro.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Deborah Kara Unger

Qué alegría encontrarme de nuevo con Deborah Kara Unger en The Way, la película sobre el camino de Santiago que dirigió Emilio Estévez y que tuvo como protagonista principal a su padre, Martin Sheen. Sólo conservaba dos recuerdos de esta actriz canadiense. El primero corresponde a su actuación inmensa en The Game, y el segundo me trae la imagen de un bar, de un mostrador y de ella sirviendo unas copas en no recuerdo ya qué película. Creo que en esta última ya había prorrumpido en un “¡hombre, Deborah, qué alegría verte de nuevo aunque sea en un papel secundario!” Deborah Kara Unger pertenece a ese tipo de mujer que, por su belleza y contundencia, siempre me atrae. Pertenecería a la saga que encabeza Katharine Hepburn desde el pasado y Sigourney Weaver en el presente. En The way interpreta el papel de una mujer rota, que fuma sin parar y que pretende dejar de hacerlo en cuanto llegue a Santiago. Pero, como ella bien dice cuando está con sus tres compañeros de ruta delante del mar en Muxía y enciende de nuevo un cigarrillo para sorpresa de ellos, no se trataba de eso. En un momento dado de la película, se sincera con el personaje que interpreta Martin Sheen y le dice que su marido la maltrataba. No soportándolo ya más, y estando en esa época de su vida embarazada, decidió abortar para que su bebé no fuera víctima del mismo maltrato. Y añade: “A veces escucho su voz… La de mi bebé… Sé que es una locura porque no llegó a nacer, pero me imagino cómo habría sido su voz. Y a veces la oigo. A veces juraría que la oigo”.

jueves, 19 de octubre de 2017

Kong

A Tom Hiddleston debieron decirle que se pusiese cachas en el gimnasio pues lo suyo en Kong: La isla calavera no va más allá de ofrecer un frente y un perfil espléndidos en los fotogramas-postal de esta fallida película. Más sangrante es que lo hagan también con la espléndida y bellísima Brie Larson, que es aquí la Bella de la que se enamorará la Bestia Kong, concediéndole sólo unos muy escasos minutos interpretativos en el tramo final de la película. Muy poco para el bueno de Kong y muy poco también para nosotros. Como él, también nosotros nos quedamos solos.

viernes, 25 de agosto de 2017

Siempre Sigourney

Es magnífico el arco que traza Sigourney Weaver desde la anti-monster teniente Ripley, que interpretó en Alien, hasta la monstruosa Alexandra, la villana que interpreta en The Defender. Allí, buena, mata al monstruo; aquí, mala-malísima, es el monstruo al que finalmente matan.

viernes, 12 de mayo de 2017

La descrucifixión de Cristo

Estaría bien que el Gibson que no nos ahorró detalles sobre el sufrimiento de Jesús en su película La pasión no nos los ahorrase tampoco en una filmación de su descendimiento de la cruz. Que allí donde vimos la coronación de espinas, viésemos su “descoronación”; que donde vimos los clavos atravesando y desgarrando sus manos y sus pies, los viésemos también saliendo de ellos. Que donde, en definitiva, vimos a Jesús crucificado, lo viésemos después descrucificado, “salvado” de alguna manera y consolado por los que permanecieron con él hasta el final. El propio Mel Gibson podría ser un magnífico José de Arimatea.

jueves, 4 de mayo de 2017

Jeff Bridges

¿Cuándo conocí a Jeff Bridges? Imposible saberlo. Es otro de los actores que amo y, desde el primer momento, un amigo y ahora ya un viejo amigo. Hace unos días volvimos a vernos en Comanchería (2016) y por eso lo traigo hoy aquí. Dicen de él que es “un actor de raza” y yo me pregunto qué significa esto. ¿El que actúa por instinto frente al que actúa por método? ¿El que nace y se hace frente al que no nace y después se hace? No lo sé, pero en cualquier caso me gusta la expresión: “un actor de raza”. Sin tardar, acude a mi memoria La última película (1971), en la que Jeff tenía veintidós años y en la que formaba un precioso tándem crepuscular con Timothy Bottoms, y, muy rápido también, el último plano de Fat City, ciudad dorada (1972), donde lo veo acodado en la barra de un bar al lado de Stacy Keach. Después, el traedor de recuerdos pega un salto de veintiséis años y me pone ante El gran Lebowski (1998), de los hermanos Coen, en el que aparecía ya su versión barrigona y un tanto pasota y de la que algún rastro queda en la película por la que ganó el óscar al mejor actor, Crazy Heart (2009). Sigue matrimonialmente unido, desde 1977, a su primera y única mujer, Susan Geston, lo que hace que lo ame todavía más. Un tipo decente en toda su extensión: como hijo, como hermano, como marido, como padre, como amigo, como actor… Ojalá, Jeff, que no nos falte nunca gente como tú en el mundo del cine. 

martes, 2 de mayo de 2017

Los miserables

El musical Los miserables, de Tom Hooper, estaba en el furgón de cola de mi memoria para ser visto algún día. Éste llegó y compré el blu-ray, un formato de tan altísima calidad que le concede a las películas un tono hiperrealista que, en el caso de la que me ocupa, no me gustó nada, ni creo que me vaya a gustar nunca en ninguna otra película. Uno de mis intereses por el film gravitaba en torno a la presencia en él de actores a los que amo: Russell Crowe y Hugh Jackman, pero no fue suficiente para que dijese “sí, me gusta”. Al final me di cuenta de que sólo había visto un cuento hiperreal lleno de gorgoritos sin ninguna escena inolvidable. En su día, la lectura del novelón de Víctor Hugo fue todo un hito en mi vida como lector. Jean Valjean, Javert, Fantine, Cosette y Marius continúan siendo para mí criaturas legendarias en el sentido más noble y potente de la palabra. Años después, pude ver en un teatro de Madrid el musical basado en la novela. Estaba con mi amiga Sonia en el gallinero y éramos muy pocos los espectadores. Me gustó muchísimo y la única escena que a día de hoy retiene mi memoria es la de las barricadas.
Hace unos días mi hermana María me preguntó si tenía la novela. Me levanté y se la di. Se asustó al ver el tamaño del novelón y una letra tan pequeña. “¿Me enganchará?” “Creo que sí, pero te aconsejo que te saltes las partes históricas” (Me acordaba en ese momento del tedioso y larguísimo capítulo dedicado a los túneles y cloacas de París). Espero que le guste la novela tanto como me gustó a mí y que Jean Valjean permanezca para siempre en su recuerdo.

sábado, 22 de abril de 2017

Sampietro, Suárez

Mercedes Sampietro debiera haber sido nominada al premio a mejor actriz en la última edición de los premios Goya por su majestuosa interpretación en la película Las furias. A falta de ver la actuación de Penélope Cruz en La Reina de España, sería a ella a quien yo hubiese entregado mi voto, y otro también para su belleza: sale hermosísima en el film de Miguel del Arco, con un pelo blanco y reluciente que parece coronarla de gloria.
En Las furias actúa también Emma Suárez, que hizo doblete en los premios Goya de este año: mejor actriz principal y mejor actriz secundaria. Está estupenda, excepto cuando le sale el careto dramático-trágico, el mismo que utilizó en la película de Almodóvar, Julieta, y que le valió el antedicho premio a la mejor actriz principal. A ver si abandona estos mohines y la vemos en una película cómica, o de aventuras, o en una dramática, vale, pero en la que esté mejor dirigida. Yo amo a Emma Suárez, a cuyos pies, como a los de Mercedes Sampietro, me pongo.

miércoles, 12 de abril de 2017

Khaled

El otro lado de la esperanza, de Aki Kaurismäki. ¿Por qué Khaled, que acaba de recibir una puñalada de un matón nacionalista, no espera en el trastero del garaje a que venga Wikström, el dueño del restaurante que le ha dado trabajo y conseguido una identidad falsa, para que lo auxilie? Cuando éste llega, encuentra todo colocado y sin más rastro de Khaled que unas gotas de sangre. En la escena siguiente, la hermana de nuestro protagonista, que había estado esperándole para ir a la gendarmería a solicitar asilo, decide acudir sin él. A la vuelta de una esquina se lo encuentra, con una mano sobre la herida abierta por el puñal, aunque no repara en ello. Él la abraza, la anima y le dice que tiene que ausentarse por un tiempo. Al final, vemos a Khaled tendido y con la cabeza apoyada en un árbol. Tiene un vendaje sobre la herida. ¿Es mortal, vivirá o morirá Khaled? La cámara nos muestra lo que está mirando, el puerto de descarga de mercancías. Fuma plácidamente; el perro del restaurante está con él, se acerca y lo lame. Khaled sonríe.

domingo, 2 de abril de 2017

La fe que mueve hombres

La fe no tiene que mover montañas, tiene que mover hombres. Esto es lo que me ha enseñado Hasta el último hombre, la impresionante película de Mel Gibson, que cuenta la historia real de Desmond Doss, un objetor de conciencia, Adventista del Séptimo Día, que se alistó como médico en el ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Una vez que, en nombre de la Constitución americana, se le reconoció el derecho a no usar fusil para poder cumplir con su conciencia que le decía: “no matarás”, se le permitió ir con su batallón a Okinawa, Japón. En la batalla que se libró allí, una vez que en un primer embate los americanos tuvieron que batirse en retirada, cuando Desmond Doss arrastraba a un amigo herido que, al llegar al borde del desfiladero por donde tendrían que bajar por una escalera de cuerdas, se le murió entre sus manos, una frustración dolorosísima se apoderó de él y entonces le gritó a Dios: “¿Qué quieres de mí? No lo entiendo. No te oigo. Ayúdame, ayúdame, Señor”. Un grito de socorro que provenía del campo de batalla fue la respuesta. Todos se habían ido y se había quedado solo. Con astucia y fortaleza infinitas, sin tener que matar a ningún japonés, una vez que encontraba un compañero herido, lo arrastraba hasta el borde del precipicio, lo ataba con una cuerda y, utilizando como polea un recio poste de madera, lo dejaba caer hasta el fondo. Y después iba por otro, rogando en cada ocasión: “Por favor, Señor, ayúdame a conseguir uno más”. Y consiguió setenta y cinco, incluyendo dos japoneses que no sobrevivieron. Fue una gesta extraordinaria, magnífica, heroica, santa. Desmond Doss fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor. Asistí a su hazaña derramando lágrimas. Es lo único que me hace llorar: la bondad, el heroísmo, la santidad, la fe que mueve hombres.

viernes, 31 de marzo de 2017

De padres e hijos

El tesoro, del director rumano Corneliu Porumboiu. A su hijo, que supo por la madre que su padre estaba buscando un tesoro, no habría de parecerle que éste fuera tal si no iba a encontrar en él collares, pulseras, diademas, monedas. Y es que el tesoro que él y su vecino habían encontrado consistía en unas acciones de la empresa de coches Mercedes emitidas el año 1969 y que les iban a proporcionar mucho dinero. Lo que hizo entonces el padre, una vez que cobró la parte que le correspondía, fue ir a una joyería y comprar un buen lote de joyas que después guardó en la caja de hierro que habían encontrado a más de dos metros bajo tierra y cuya apertura requirió la ayuda de un ladrón ducho en estas tareas. Después se fue al parque donde estaba su hijo jugando. Él y su esposa lo llamaron para que viniese a ver el tesoro; el resto de los niños y niñas acudieron también en tropel. Cuando el padre abrió la caja y a los ojos de todos apareció el tesoro, un “¡oh!” se expandió por el parque. Cada uno agarró lo que pudo para quedarse así con una parte de él.
Después de la tormenta, del director japonés Hirokazu Koreeda. No había sido un buen padre, quizá porque tampoco él lo había tenido y había heredado las inhábiles maneras del suyo propio. Su ex-mujer se lo reprochaba, y ahora que estaban divorciados, y dado que él siempre se retrasaba en el pago de la pensión, lo castigaba no permitiéndole ver a su hijo más que una vez al mes. Tras morir “el viejo”, cayó en la cuenta de su paternidad medio olvidada. No quería perder a su hijo, que estaba siendo cortejado por la pareja actual de su ex-mujer. “¿Tú volviste a ver a tu padre?”, le pregunta a su compañero de trabajo, hijo también de padres tempranamente divorciados. “Sí, cuando tenía veinte años lo volví a ver. Nunca olvidé las zapatillas deportivas que tanto quería y que me había regalado”. Un regalo, eso es, pensó entonces nuestro protagonista, un “memento” que obre en mi favor. Le compró también él las zapatillas deportivas que su hijo tanto quería, y unos boletos de lotería, a los que él era tan aficionado, como símbolo de una buena suerte futura.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Maravilloso Marvel

Luke Cage está bien, pero no tan bien como sus hermanas Daredevil, de la que se emitieron ya dos temporadas, y Jessica Jones. Estas tres series de Netflix, junto con la que acaban de colgar, Iron Fist, son las dedicadas a los cuatro superhéroes marvelianos que, juntos, serán The Defenders, en proceso de filmación, y en la que la supervillana será mi amada Sigourney Weaver.
A los que, de niños, nos entusiasmaban los cómics de superhéroes de la factoría Marvel: Supermán, Batman, Daredevil (mi preferido: un abogado ciego con todo el resto de sus sentidos superdesarrollados), Spiderman, los Cuatro Fantásticos, Hulk, el Capitán América…, vemos con felicidad como, en los últimos años, el cine los traslada a la pantalla con resultados generalmente buenos, muy buenos y a veces hasta geniales. En la medida que un superhéroe es un hombre que tiene un poder especial, en esa misma medida se convierte en símbolo de plenitud, y más si es un superhéroe bueno, porque también los hay malos. Y allí donde hay plenitud, es decir, superación de los límites terrenos como punta de lanza hacia la gloria celeste, allí estoy yo hambriento, sediento, y todo lo que haga falta.
Los flancos débiles de Luke Cage son los de un guión no suficientemente trabajado en algunos momentos -que Luke, tras ser tiroteado por su hermanastro y enemigo, Willis Stryker, tenga justo detrás un camión de la basura en el que caerse como un colchón y que lo aleja de un segundo y mortal disparo es, mira tú que suerte, una solución demasiado fácil. Uno de sus aciertos es la banda sonora, sobre todo unos compases que en determinados momentos le dan un aire setentero y de spaghetti-western, muy de cómic, que lo aleja de innecesarias tenebrosidades. Pero es que además, en el Paradise Club, lugar donde transcurre gran parte de la historia, la música negra del Harlem suena estupendamente.

jueves, 23 de febrero de 2017

Jackie

Jackie, de Pablo Larraín, es una historia de fantasmas. En esta película, el director chileno imagina cómo pudieron ser los días vividos por Jacqueline Kennedy tras el asesinato de su marido en Dallas y hasta el día de su funeral. A Jackie (interpretada por Natalie Portman), la vemos casi siempre en primer plano y nunca alcanza a tener una consistencia real, la de los seres de carne y hueso, como si con ello Larraín quisiese subrayar su dolor, pues tal es su efecto cuando su intensidad es desgarradora: los dolientes navegan como náufragos entre los demás y parecen no existir. Jackie es un ser que vaga, pero no tanto que no pueda pensar, hablar, tomar decisiones. Sin embargo, atravesada por el dolor en todo momento, el abatimiento la desrealiza, y es esta pérdida de realidad la que Larraín consigue mostrar con recursos exclusivamente cinematográficos: no lo dice sino que lo vemos. Pero creo que el director chileno quiere además que notemos que su narración no es más que un pudo haber sido así, que su Jackie doliente no es más que un parto de su fantasía. 

martes, 21 de febrero de 2017

Una de mis historias con el cine

En Silleda hubo cine en los tiempos en que los había en casi todos los pueblos y yo sólo recuerdo haber visto una película, tal vez una de Walt Disney. Después, el cine de mi pueblo, como el de todos los pueblos, desapareció. Habrían de pasar algunos años hasta que volviese a otro. En 1978, cuando se estrenó el primer Superman, aquel en el que aparecía Marlon Brando, mi hermano Rodrigo nos llevó a mi hermana Lucía y a mí al Capitol, en Santiago, a verlo, y esta fue la segunda vez que yo fui al cine. Con la sola guía de mi memoria, siempre falible, la tercera podría haber sido cuando, en una excursión escolar, nos llevaron a ver Gandhi, y esto debió ocurrir en 1982. Solo en Salamanca, a donde marché a estudiar teología el año 1983, se convirtió el ir al cine en moneda corriente. Casi todos los viernes por la noche, solo unas veces o con mi amigo Dorian otras, cumplía el rito.
Me viene a la memoria Saló, o los 120 días de Sodoma, que me resultó tan repulsiva que poco faltó para levantarme y abandonar la sala; Abyss, de James Cameron, con su culebra de agua, sus seres abisales fantásticos y benefactores, y el portentoso final en la que la ciudad-nave extraterrestre emerge a la superficie, salvando así a los trabajadores de la plataforma submarina de una muerte segura; El último emperador, de Bertolucci, en la que un muy británico y atildado Peter O’Toole instruía al último emperador en la Ciudad Prohibida, y que a mí me aburrió un montón; Cartas a Iris, de Martin Ritt, con unos maravillosos Jane Fonda y Robert de Niro, que vi, no un viernes por la noche, sino una tarde con un sol espléndido de algún otro día, y de la que salí muy reconfortado, que es como se sale siempre de las películas “bonitas”. Hubo muchas más, claro, pues siete años de estancia salmantina dan para mucho, pero estas son las que me vienen ahora a la cabeza.
El mes de julio del año 1990 volví a Galicia. Los viernes, aunque ahora por la tarde, continuaron siendo mis días de cine. Mientras tanto, y desde hacía ya tiempo, había ido engrosando mi colección de cintas (y nunca mejor dicho, pues eran todavía los tiempos del VHS analógico) de películas grabadas en versión original subtitulada, convencido ya de que una película doblada era una película en parte impostada, pues no deja de ser una “impostura” que sobre la voz original del actor, única e insustituible, que interpreta un personaje, se ponga otra y borre aquella. En estas llegó internet y con él la posibilidad de ver los estrenos en versión con subtítulos. Entonces, yo, dejé de ir al cine, pues sus salas únicamente proyectaban versiones dobladas. Solo volví a ir pasado mucho tiempo, cuando conocí a Ana y a Patricia y empecé a quedar con ellas para tener un cine-cena algún que otro viernes.
El 18 de marzo de 2015 se abrió en Santiago Numax, cine, librería y laboratorio a un tiempo, y dado que las películas de todas sus secciones iban ser siempre en versión original subtitulada, yo tendría que haber retomado sin dudarlo ni un segundo mi encuentro semanal con el cine en una sala como Dios manda. No fue así. Llevaba ya muchos años viéndolo en casa, ora en la pantalla del televisor, ora en la del ordenador, y no sentí ninguna gana de, como en tiempos pasados, coger el coche y marcharme gozosamente a Santiago a ver una película en el cine. Pero lo que un día empieza un día acaba, y así, las oscuras golondrinas, las tupidas madreselvas, han vuelto. Cada sábado por la tarde, siempre que haya una película que me interese, una butaca del Numax será mi asiento. Y la cosa ya empezó el día 18, con Jackie, la película de Pablo Larraín sobre Jacqueline Kennedy, interpretada por Natalie Portman.