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lunes, 10 de agosto de 2015

La gloria

Que se vive como se puede nos lo dijo Machado y uno vive también en lo gris como puede, rogando que vuelvan los colores.

Frente al alimento que pensamos sería el mejor para nosotros está el alimento que se nos da y que ingerimos de mala manera. ¿Y si resultara que, a la larga, era este último el mejor? Con estas confianzas futuras sigue uno caminando.

Somos lo que somos cuando tenemos pena, cuando tenemos gloria, cuando no tenemos ni pena ni gloria. Al final ya solo seremos gloria, también la gloria que tuvieron los días de pena y la gloria de los días sin pena ni gloria.

jueves, 16 de enero de 2014

En horas pobres

En horas pobres cuento un cuento pobre, rudimentario, sin fibra. Todo lo que hay es un hueso ya muy pelado, que uno sigue royendo. Se ve uno lanzado al ruedo de la vida sin guión para contar, sin letra para cantar.

¿Nos quejaremos por los días de nuestra vida que no tienen épica, ni lírica, por “las desesperantes posturas que tomamos para aguardar” (Antonio Machado)? Pero “la vida es la zarza ardiente al borde del camino donde Dios da sus voces” (Ortega y Gasset), también la vida pobre, la vida que no arde.

viernes, 25 de octubre de 2013

Machado

Machado es más que un poeta: una monedilla del alma, del olmo una hoja verde, una clepsidra, un hijo de la mar, una espina en mi corazón clavada, un poquito de exageración, la verdad que voy contigo a buscar, el borde del sendero en el que un día nos sentamos, mi corazón y el mar.

martes, 24 de septiembre de 2013

Desnudo

Hay momentos en que quisiera poner el reloj a cero y no saber nada: volver a ser ingenuo, como un niño, volver a ser inocente, como un santo.
Hay momentos en que me pesan las cosas y quisiera desnudarme, como lo hizo san Francisco: “ligero de equipaje”, o incluso sin ninguno, ir “como los hijos de la mar” (Antonio Machado).

lunes, 26 de agosto de 2013

La hybris de la retórica

El rey Lear cava su propia desgracia al pedirles a sus tres hijas que, antes de entregarle a cada una la tercera parte de su reino, le declaren cuánto es su amor por él . Las dos mayores, Goneril y Regan, mentirosas y aduladoras, se lo declaran ampulosamente, desconociendo que al amor le sienta bien la exageración en tanto ésta no vaya más allá de “un poquito”, como dijo Antonio Machado: “a las palabras de amor / les sienta bien su poquito / de exageración”. Las palabras de Cordelia, en cambio, son escuetas, breves, justas por ajustadas, sin ni siquiera ese “poquito” al que tendría derecho. El rey Lear siente regalado su oído por la verbosidad -¿no acude aquí como una flecha el “palabras, palabras, palabras” de Hamlet?- de sus dos hijas mayores y desatiende el regalo de la menor y mejor de sus hijas, Cordelia, el único que es verdadero porque al, no cegarla la codicia, no necesita expresar su amor con ínfulas que, en este contexto, serían siempre impostoras. En la medida en que se ajusta a su límite, evita la hybris de la retórica y demuestra así que su amor es el más devoto, el más fiel, el más entregado.

sábado, 24 de marzo de 2012

La verdad


La verdad absoluta es la verdad última (verdad primera), la verdad meta (verdad fuente), la que ya no depende de otra para seguir siendo verdad. Pero su independencia no significa que no mantenga en su seno todas las que apuntan a ella y de ella derivan: es siempre inclusiva de todo lo que es verdad. ¿Cómo podría la Verdad excluir las verdades? Desde este punto de vista, Antonio Machado no tiene razón cuando dice: “Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela.” Pues no: tu verdad sí, si es verdad, y la mía también, si igualmente lo es, relativas, claro, pero “relativo” significa “que guarda relación con alguien o con algo” (DRAE), alguien o algo de los que depende para ser. Así, el hijo “es relativo al padre” y el esposo es “relativo a la esposa”. Nuestras verdades, la tuya, la mía, “relativas a la Verdad”. Por eso no las guardamos sino que, como brújulas, seguimos el camino que señalan.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Camerún 16: las moscas

Las moscas se posan en las caras de los niños más pequeños para alimentarse de sus mocos y sus legañas, “viejas moscas voraces”, “viejas moscas pertinaces”, que cantó Antonio Machado. En ellos, que no las espantan, hayan asiento seguro, miserables sanguijuelas que uno quisiera muy lejos, en pudrideros y porquerizas, fuera para siempre de sus rostros.

sábado, 14 de mayo de 2011

Recurrencias: Dame pena, clavo, espina, / dame vida

En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón. […] Aguda espina dorada / quién te pudiera sentir / en el corazón clavada.
(Antonio Machado, Soledades)

Unha vez tiven un cravo / cravado no corazón, / i eu non me acordo xa se era aquel cravo / de ouro, de ferro ou de amor. / Soio sei que me fixo un mal tan fondo, / que tanto me atormentóu, / que eu día e noite sin cesar choraba / cal choróu Madalena na Pasión. / “Señor, que todo o podedes / pedínlle unha vez a Dios, / dáime valor para arrincar dun golpe / cravo de tal condición”. / E doumo Dios, arrinquéino. / Mais…¿quén pensara…? Despois / xa non sentín máis tormentos / nin soupen qué era delor; / soupen só que non sei qué me faltaba / en donde o cravo faltóu, / e seica..., seica tiven soidades / daquela pena…¡Bon Dios!
(Rosalía de Castro, Follas novas)

Envíame una pena […] que despierte mi alma de su absorbente sopor.
(texto de una carta de Olive King, una de las protagonistas de La Primera Guerra Mundial en 227 fragmentos. La belleza y el dolor de la batalla, de Peter Englund)

lunes, 13 de septiembre de 2010

La bondad de Machado

Hay una buena conciencia que es una buena “buena conciencia”: la que dejan en nuestro ser el deseo de hacer el bien y la ejecución de actos buenos y la omisión de los malos, siempre sin autombombo, a la chita callando, sin que nadie se entere, sólo Dios. Entonces se duerme con “la conciencia tranquila”. Acaso en esta línea se atrevió Machado a finalizar su famoso autorretrato con el verso que dice: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, y no parece que lo hubiera hecho “cargado de razón”, sino con humildad. Y es que si no es así, humildemente, calificarse a sí mismo de bueno es autoengaño y vanagloria.
¿Cómo debieron de sonar, si es que sonaron, en los oídos de Machado las palabras con que Jesús replicó a quienes se habían dirigido a él llamándolo “maestro bueno”?: “¿Por qué me llamáis bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10, 18) ¿Sentiría que lo desautorizaban, que lo acusaban de propasarse, pues si ni Jesús, el hijo de Dios, admitió ser llamado bueno, quién iba a ser él para llamarse bueno a sí mismo? Pero la afirmación del Maestro apunta a un fondo al que no creo que quiera, ni desde luego puede, llegar la de Machado, a la raíz de las personas, y en tal sentido es radical y absoluta: nadie, desde la raíz hasta las puntas, es enteramente bueno en este mundo, salvo Jesús. La de Machado, como decíamos, en tanto que autodescripción humilde, y sólo así aceptable, llega hasta donde le está permitido llegar, a lo que uno quiere ser, bueno, y a lo que no quiere ser, malo, a lo que se desea hacer, el bien, y a lo que no se quiere hacer a nadie, daño. En este sentido, no es la suya una afirmación radical, sino, como mucho, troncal, si entendemos por tronco esa parte de nuestro ser y de nuestra vida sobre la que podemos pronunciarnos y decir de ella que nos parece “buena”, así, sin pretensiones, con el ánimo de que se nos entienda que somos a la pata llana “buena gente”, o de que por lo menos lo intentamos.
Pero sigamos poniendo en aprietos a Machado, y de paso a nosotros mismos, citando ahora un párrafo un tanto largo de C. S. Lewis (El problema del dolor): “Ahora bien, el verdadero escollo de la ‘bondad’ estriba en que se trata de una cualidad que nos atribuimos con extraordinaria facilidad a nosotros mismos apoyándonos en razones poco sólidas. Todo el mundo se siente benévolo en los momentos en que nada le molesta. Aun cuando jamás hayan hecho el menor sacrificio por sus semejantes, los hombres se consuelan de sus vicios apoyándose en la convicción de que ‘en el fondo tienen buen corazón’ y son ‘incapaces de matar a una mosca’. Creemos ser buenos cuando en realidad somos felices” . No le falta razón a Lewis, y, ante esta tesitura, no soy yo quien para saber lo que podría haber pensado Machado tras la lectura de sus palabras: ¿volvería atrás, al poema ya acabado, y tacharía o corregiría el último verso, aquel que citábamos al principio y que nos metió en esta singladura, al percatarse de que se había atribuido la bondad con extraordinaria facilidad, apoyándose en razones poco sólidas, que se sentía bueno porque nada le molestaba, de que no estaba sino consolándose de sus vicios, de que creía ser bueno porque se sentía feliz? Desconozco la situación vital, la intención que empujó a Machado a atribuirse la bondad, lo que quiso exactamente decir, lo cual me anima a ponerme en su piel e inventar una contestación a Lewis: “Me faltan, en efecto, señor Lewis, sólidas razones para atribuirme bondad alguna, y ojalá que no las tenga nunca. ¡Qué ser más torpe y engreído sería entonces, alguien que se siente bueno apoyado en sus propios y compactos argumentos! ¡Dios me libre de tamaño dislate! Es cierto que digo realmente lo que digo, que ‘soy, en el buen sentido de la palabra, bueno’. Pero ¿cuál es ese buen sentido y que quise expresar exactamente? Creo que, ‘exactamente’, nada quise pronunciar sino sólo ‘poéticamente’, es decir, al hilo de lo que la redondez del poema me pedía y de lo que yo deseaba que fuese también la redondez de mi propia vida. Tal vez, sí, como usted afirma, al escribirlo me sentía libre de toda molestia, hasta feliz, e incluso es posible que quisiera consolarme de mis vicios apelando a una bondad escondida en el fondo de mi corazón. En cuanto a lo de ser incapaz de matar a una mosca… Verá usted: les dediqué un poema cuyos últimos cuatro versos riman así: ‘Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas; / pequeñitas, revoltosas, / vosotras, amigas viejas, / me evocáis todas las cosas’. Yo no mataría nunca a una ‘vieja amiga’. En fin, señor Lewis, usted tiene toda la razón, y yo no pretendo tener ninguna. Simplemente, en un poema, me expresaba”.

jueves, 2 de abril de 2009

Castilla

Mi amor por Castilla nació a partir de la estancia en Salamanca durante  mis siete años universitarios. Desde entonces se hizo un hueco en mí, me hice un hueco en ella, y ya nunca me abandonó. Me fascina su paisaje, todo lo evocador y legendario de su historia, lo que viene a mí desde su pasado cruzando los siglos y tejiendo España, tejiéndome a mí también. ¡Castilla! Nombran a Fernán González y me emociono; nombran al Cid, y me emociono; veo un castillo en ruinas -mejor si está en ruinas- y me emociono; nombran Burgos, Medina, Zamora, las Urracas, los Sanchos, Alfonso X, Covarrubias, Tordesillas, el Duero, Machado, los Alvargonzález, y me emociono. ¡Castilla! Sus arboles solitarios en medio de las planicies, sus encinas, sus labradíos inmensos, las iglesias enormes, altísimas, avistadas desde lejos, sus pueblos de barro. Cierto, ancha es Castilla, y profunda, y regia, y recia.  E insoportablemente hermosa.