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jueves, 3 de enero de 2019

Las historias de la abuela


Mi sobrino Maino le pide a la abuela que le cuente historias de su vida pasada. Borbotan entonces en la boca de mi madre las estrellas que se movían en el cielo antes del comienzo de la Guerra Civil, los trece días que duró la travesía hasta Venezuela en el trasatlántico “Montserrat”, las grietas del cristal del autobús a causa de una piedra con ocasión del levantamiento militar contra el presidente venezolano Pérez Jiménez, etc., y las canciones, muchas y muy vivas en su memoria. Del bando nacional, ésta: “De las narices de Azaña / vamos a hacer una escoba / para barrer el marxismo / y su camarilla toda”. Del bando republicano, esta otra: “Si supieran los curas y frailes / la paliza que van a llevar / correrían muy pronto a la iglesia, / libertad, libertad, libertad”.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Quen te cantará?

Estaba fregando y mi madre iniciaba su siesta en el banco almohadillado que está detrás de la cocina de leña. Como otras veces, cantó un poco. Entonces va y me dice en un tono un pelín burlón: “E quen te cantará cando eu morra?” “Ai, mamá, non che sei”, le contesté riéndome y un tanto conmovido.

miércoles, 26 de julio de 2017

sábado, 17 de diciembre de 2016

El gallo, el gato

¿Hace kikiriki el gallo? Hace kikiriki mi madre. ¿Hace miau el gato? Hace miau mi madre. Así los tiene de su mano, cantarines y gozosos.

martes, 8 de noviembre de 2016

Vértigo de velas

Parte de la gracia de las noventa velas que fui poniendo una tras otra en la tarta de manzana que compré en la de Tabora es que aproveché muchas de otros cumpleaños y que no se habían gastado del todo. Reutilice velas, vaya, con lo cual en la tarta del noventa cumpleaños de mamá ardieron aún más y seguro que la cera de alguna estuvo a punto de consumirse del todo. Hay aquí un vértigo de significados que no me atrevo a descifrar. Dejémoslo así.

miércoles, 19 de octubre de 2016

90 velas


De entrada había imaginado que serían los “parvuli” (Martina y Sabela, sus nietas más pequeñas) los que ayudarían a mi madre a soplar las noventa velas de su noventa cumpleaños, pero no. Fueron los “senex” que compartían mesa con ella (mi tío Luis -88 años-, mi tía Florita -91 años-, mi tío Darío -84 años- y mi tía Pepa -83 años) los que, eólicos, soplaron a una con ella para apagar las noventa velas. Un éxito, todo, su vida, sus 90 años, la fiesta que organizamos en su honor el pasado 12 de octubre. Un día inolvidable.

lunes, 8 de febrero de 2016

Jaula de grillos

Como buenos españoles, algunos de mis hermanos y yo, llegada la ocasión -llegada la discusión- hablamos muy alto. “¡Chhis, baja la voz!”, nos gritamos unos a otros. Además ocurre que, en la cocina, en la que comemos los domingos, la sonoridad es malísima. Si el techo estuviese más abajo, dice entonces, y una vez más, Pili, causaría  menos ruido. También como buenos españoles, Lucía y yo, llegado el momento, competimos a ver quien habla más rápido. Imagínense entonces la combinación: gritar a toda prisa. Horrible. En lo que se refiere a la altura de la voz la palma se la lleva mi cuñado/a X, si bien es cierto que por lo menos “grita” despacio. La última vez que se nos dio por gritar (no quiero presumir pero yo hice voto de silencio y no abrí la boca) fue a causa de una cuestión tontísima. Horas, días después, pensaba para mí: “¡Ojalá nos hubiese dado a todos un ataque de afonía!” Obligados a hablar más bajo, hablaríamos también más despacio y estoy seguro de que nuestros pensamientos serían más claros, mejores. La única que se salva, y que nos salva, de esto es mi madre, como siempre, con su voz despaciosa, clara y dulcísima. ¡Ojalá la hubiéramos heredado nosotros!

viernes, 6 de noviembre de 2015

Pío Baroja

Al oír en el telediario el nombre de Pío Baroja, que informaba sobre su novela inédita, Los caprichos de la suerte, mi madre comenzó a decir algo sobre él. “Espera un momento, mamá, que quiero escuchar la noticia”. Al terminar la información, le pedí que siguiera con lo que estaba diciendo, que fue lo que sigue: “Baroja va sus zuecos arrastrando y su carrito guiando, tirado por un borrico. ‘¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?’ Mas cuando el rostro volvió, vio que otro pobre iba cogiendo las migas que el arrojó”. “¡Anda, mamá!, ¿y esto?” “Lo aprendimos en la escuela, de niños”.

viernes, 16 de octubre de 2015

O cuiño

“Cu” es culo en gallego y “cuiño” culito. Hace unos días, en la sala de observación de urgencias en el Hospital Clínico de Santiago, donde estaba con mi madre, se la oí decir a un médico que atendía a una señora mayor. Dado que tenía que intervenir en salva sea la parte, le pedía a la señora que pusiese hacia a él “o cuiño”. Esta entrañable solicitud me alegró la noche, junto con otras lindezas del muy amable personal sanitario y los “observados” pacientes, hasta que vino el médico y nos dijo que mi madre estaba bien y que lo suyo no había sido más que un trastorno abdominal inespecífico. Eran las cuatro de la mañana.

lunes, 7 de septiembre de 2015

De cine, sexo y madre

Durante el verano, bajo con mi pendrive a eso de las diez para ver una película en la sala. Mi madre dormita o lee todavía un rato antes de irse a la cama. Digamos que podemos estar juntos unos diez o quince minutos. Yo cruzo siempre los dedos esperando que no haya ninguna escena que vaya más allá de un beso en los minutos iniciales de la película para que mi madre no se me alborote y me suelte un “¡que obscenidades!”, porque además tengo la puñetera mala suerte de que, justo cuando aparecen las escenitas de marras, mi madre va y se despierta. Hace unos días me puse a ver la película de Abel Ferrara sobre Pasolini, titulada precisamente Pasolini. Al comienzo, ¡ay!, el director italiano aparece revisando Saló o los 120 días de Sodoma para dejarla lista para su estreno. Y entonces se ve lo que se ve y yo pego un respingo, sudo, me pongo tenso y... compruebo que mi madre no dice nada. “No me lo puedo creer. Claro, como ahora ve peor, a lo mejor no llega a distinguir lo que se muestra en una tele dentro de otra tele. Pero, por favor, por favor, qué pasen pronto estas imágenes” Y, ¡uff!, pasaron. ¿Qué había ocurrido? Que, por suerte, esta vez mi madre no se despertó. Unos días después, revisando los extraordinarios Decálogos del católico director polaco Krzysztof Kieslowski, le llegó el turno al dedicado al sexto mandamiento: “No cometerás adulterio”. A determinada altura de la película, la protagonista recibe en su casa a uno de sus amantes que, nada más entrar, la abraza, mete su mano entre la braga y la nalga y... “¡qué obscenidades!”, al que mi madre añadirá otro cuando un poco después estén los dos en la cama. ¡Todo muy poquita cosa, casi pura castidad, vaya, en relación con lo que hoy se ve en los cines! A mi madre ya intenté explicarle en más de una ocasión que, por necesidades del guión, en atención a la verosimilitud de la historia, a lo ella quiere contar, etc., a veces es preciso mostrar escenas sexuales sin que en el ánimo del director obre ningún impulso impúdico. Como si nada. En este tema mi madre está chapada a la antigua y aunque se lo explicara el mismo papa no lo entendería ni lo aceptaría. Cuando finalmente se levanta del sofá y se va a la cama yo respiro tranquilo, me repantingo y disfruto del resto de la película.

martes, 12 de mayo de 2015

El maestro hortelano

Luis, mi hermano mayor, es el maestro hortelano de nuestra casa. Tomó el relevo de nuestra madre y la contenta con una huerta a la que, valga la redundancia, siempre contenta. Es infatigable y cuida las hortalizas y árboles con auténtico mimo y creo que con bastante acierto. Aquí remueve tierra y allí la saca, hace aquí un surco y aplana allí, planta y trasplanta, poda, esterca, abona, rodriga, cubre, alambra, acompañado por un movimiento del hombro que es su tic de toda la vida, casi chaplinesco. A veces es un poco termineitor y arranca alguna flor que él cree que estorba su labor pero que estaba allí porque nuestra madre quería que estuviese allí, con lo cual se gana la consiguiente reprimenda. Ahora, más le conviene, pregunta antes. Sobre “su” materia considera que los demás no tenemos ni idea, lo que en mi caso es totalmente cierto, y con cierto refunfuño y bronca, el de una persona tímida, a más de uno de mis hermanos y de una de mis hermanas se lo ha recordado. Nosotros, que ya lo conocemos, nos (son)reímos. En cualquier caso, ciertamente, es él el maestro hortelano.

sábado, 7 de marzo de 2015

Mi tía Pepa y el diablo

Mi tía Pepa nos contó el sueño más horroroso que había tenido en toda su vida, uno que le hizo castañetear los dientes y el alma. Delante de mí, comenzó diciendo, veía la ladera de un monte, llena de cuevas. De repente, de una de ellas salió un joven y detrás de él muchos más, varones y mujeres, algunos bastante difuminados. Comenzaron a atentar contra la virginidad practicando el sexo de una manera bruta, bestial. Después subieron a las cuevas. Pasado un rato salieron otra vez de ellas, corriendo ladera abajo, a escarnecer la virginidad con su sexualismo atroz. La tercera vez quien salió fue un monstruo horrible: su cabeza tenía la forma de un pez muy conocido, cuyo nombre no recuerdo ahora, de color rosáceo. Desperté espantada pero seguía viendo el monstruo. Comencé a rezar el credo con energía y temblor: ¡¡Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo...!! Entonces, poco a poco, el monstruo comenzó a desmoronarse, y el ruido que hacía al quebrarse era muy parecido al que se produce cuando astillamos el marisco con las manos. No podéis imaginaros qué miedo pasé. Se lo conté pasados unos días a mi párroco, del que tantas veces me oísteis hablar, majísimo, muy buen sacerdote, y me comentó que no sabía qué pensar de mi sueño, son asuntos difíciles de interpretar. Pídele si acaso a Dios, me dijo, mayor fuerza y humildad para ponerte totalmente en sus manos, pues sin él no podemos nada. A muchos santos, añadió a continuación mi madre, se les aparecía el diablo y con un Ave María lo espantaban. Yo tengo metido en la cabeza, así os lo digo, terminó afirmando mi tía, que lo mío fue también asunto del diablo.
No seré yo quien lo niegue.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las nueces, otra vez

Debe pensar mi hermano Luis que mi madre pasa grandes apuros para abrir las nueces con el cascanueces usando éste a modo de martillo y no como lo que son, unas tenazas, pues le falta fuerza para hacerlo (como ya expliqué aquí), cuando en realidad se las apaña bastante bien. El caso es que le trajo un útil que diseñó su cuñado José Luis, que en paz descanse, muy apropiado para la operación de partir la nuez: una canasta de mimbre con un cono descabezado de madera en su centro. Sólo hay que coger la nuez, ponerla encima del cono, sujetarla con una mano, y, ¡zas!, golpearla con el martillo de madera que empuña la otra mano. Las cascaras no hay después que apilarlas y recogerlas sino que caen y quedan en la cestilla. Y así cuantas veces se quiera. Mi madre está encantada, todo hay que decirlo.

martes, 11 de noviembre de 2014

Las nueces

Oigo cómo mi madre las golpea con el cascanueces. Las abre así porque no tiene fuerza suficiente para agarrarlo, meter la nuez entre sus lados curvos y dentados y apretar después las tenazas. Las que estamos comiendo ahora son especialmente duras e incluso a mí me resulta muy difícil partirlas. Hay un montón de ellas en el suelo del desván, muchas más de las que hubo nunca en casa, gracias a las que trajo Toño por un lado y Pepa por el otro: los nogales este año vienen repletos de ellas. Las he extendido al fondo, donde forman como una laguna, a la que rodean las mil cosas que hay un desván: maletas, alfombras, colchones, maderas, cajas, juguetes, etc. Mi madre las come con pan por la tarde; yo con miel por la noche. Así atacamos los dos nuestros respectivos colesteroles. Las cáscaras de las nueces acaban en la cocina de leña, donde alimentarán el fuego del día siguiente.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Una santa de paja

“Mamá, tú eres una santa de altar”, le dijo un día mi hermano Rodrigo a nuestra madre, que tuvo que oír entonces como le espetaba un “¡Qué Dios te perdone lo que acabas de decir!”, que nos hizo reír a todos. Y otro día, su prima Luisa le hizo saber que alguien había dicho que era una santa, que indignó de nuevo a mi madre para hacerle exclamar: “Una santa de paja”, tras lo cual se echó a reír. “Sólo Dios sabe quién es santo”, añadió, con toda la razón. Santa o no, lo que sí es mi madre es una persona buena, muy buena, y eso lo saben las gentes, y uno se lo ha oído decir a muchas de ellas, y me lo digo yo a mi mismo viendo su conducta irreprochable, su dulzura innata, su decidido callar las faltas de los demás, su no haber hablado jamás mal de nadie, su odio a la mentira, su fe profunda.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Un 30 de octubre

Hemos vuelto mi madre y yo del cementerio de Negreiros, donde hemos depositado el florero, que ella hizo con crisantemos y ramas verdes, sobre la tumba en la que están enterrados mi abuelo Jesús, mi abuela Mari Pepa, mis tíos Pepe y Manolo y mi tía Isabel. Ya había allí rosas amarillas y granates que alguien, no sabíamos quién, había dejado, flores compradas que me parecieron menos hermosas que los crisantemos que habíamos llevado nosotros. Es la operación de todos los años. Primero vamos a la casa donde nació mi padre, en Fonteboa (Fuentelabuena dice en broma mi tía Pepa), en la que ya no vive nadie, mi madre provista de un cuchillo con el que cortará los tallos de los crisantemos y de las ramas verdes que allí nacen en la era. Después volvemos a casa; yo espero a que mi madre componga en una especie de macetero blanco su centro floral y después nos vamos a Negreiros, la aldea en la que nació mi madre, a su cementerio, y ante la tumba que pone “Familia Fondevila” rezamos por nuestros difuntos. Por allí aparecieron Jesús, primo de mi madre, un bendito, y su mujer, Luisa, una bendita de otra especie, que viven en una casa grande al lado de la iglesia. Componen una pareja singular, de la que nacieron más de diez hijos: dos de ellos, en edades tempranas y en años sucesivos, murieron ahogados. Jesús es un ser delicado, suave, con unos ojos que te bendicen cuando te miran y un rostro que refleja una dulzura inefable; Luisa es fuerte como un roble o un chorro de agua, alegre, dicharachera. Si Jesús es el cielo, Luisa es la tierra, uno y otra unidos por un amor más poderoso que la muerte.

martes, 4 de noviembre de 2014

Del dicho al hecho

Otra buena parábola que oye mi madre de labios de un sacerdote saletino, angoleño, Alfonso por más señas, en una homilía: “Había un rey muy bueno que enfermó del corazón: sólo seguiría viviendo si le trasplantaban uno nuevo. Cuando estaba en la entrada del hospital, una multitud de súbditos se había congregado allí y gritaba: ‘¡mi rey, yo te daré mi corazón!’. Entonces el buen rey les dijo: ‘Está bien, queridos amigos, lo acepto. Pero, ¿quién será el que me haga tan maravilloso don? Lo haremos así ¿Veis está pluma? La dejaré volar, y aquél sobre el que caiga será el señalado para que me regale su corazón’ Entonces el rey soltó la pluma y vio como sus buenos súbditos, cuando veían que iba a caer sobre ellos, la alejaban con sus soplidos pues ninguno quería ser el elegido”.
El corazón, tantas veces, está pronto para ofrecerse pero se aleja en el momento en que realmente tiene que darlo, pero también hay quien primero dice no y después sí: “Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero”.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Antes del amanecer

Cuando llego tarde a casa y coincide que hay que dejar la puerta de entrada sin la llave puesta porque al día siguiente muy temprano viene mi hermano Ramón, mi madre me deja una nota recordándomelo. La última vez que lo hizo hubo un detalle que me llamó mucho la atención, un detalle poético, y fue algo tan simple como el que mi madre escribiera, cosa que nunca había hecho antes, que mi hermano vendría “antes del amanecer”. Los avisos solían limitarse a decir: “Suso, saca la llave porque viene Ramón”. Y nada más. En esta última ocasión el supradicho “antes del amanecer” fue toda una sorpresa que me enterneció. Me pareció bellísimo, una coda lírica final que mi madre escribió con total inconsciencia.