Mostrando entradas con la etiqueta Belleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Belleza. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de agosto de 2018

Su belleza


Su belleza es tan irresistible que me hace daño y por eso escucho su canto sin mirar su cara. Me moriría de un ansia que ni yo mismo soy capaz de describir. En el cielo la belleza ya no hará daño. ¿Quién dijo esto?

jueves, 12 de septiembre de 2013

Me podría pasar horas

Me podría pasar horas sentado en el Panteón de Roma mirando el óculo central de su cúpula.
Me podría pasar horas contemplando el retrato de Baltasar de Castiglione, de Rafael.
Me podría pasar horas mirando el rostro de Glenn Close, mientras la echadora de cartas le cuenta lo que ellas revelan, en la película Cosas que diría con tan sólo mirarla, de Rodrigo García.
Lo bello, lo revelador, lo fascinante: todo se aúna en los tres casos para que una emoción infinita me envuelva y me penetre sin dejarme ya nunca.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La respiración


Hay bellezas que cortan la respiración pero si no existieran también nos faltaría el oxígeno.

viernes, 1 de junio de 2012

Bellísimo


Los adjetivos que pertenecen a una misma área semántica son en muchas ocasiones intercambiables. A veces, sin embargo, es sobre todo uno el que dice más exactamente aquello que queremos decir. Así, por ejemplo, de la película Los puentes de Madison yo diría que es, por encima de todo, “bellísima”. Es el adjetivo que, en mi opinión, y frente a otros, mejor califica el logro de la película. Pensé todo esto a cuenta del último film de Steven Spielberg, War Horse (Caballo de batalla), que, prontamente y tras terminar, puso en mis labios otro exacto “bellísima”. Hay un rasgo que tienen en común las dos películas: son tremenda, principalmente conmovedoras. Y sí, casi es obvio, lo veo claro: cuánto más nobles, libres y purificadoras son las lágrimas desatadas por lo bello, más bello será: será bellísimo.

lunes, 3 de enero de 2011

Amor y belleza

Es bonito ver a dos seres bellos amándose. La mercadotecnia de la belleza ha conseguido desacreditarla al convertirla en objeto de artificio, pero si la arrancamos de sus manos y conseguimos verla de nuevo con ojos limpios aparece como lo que es, un don precioso, más precioso si sus poseedores lo “desconocen” porque así no ejercen de bellos, simplemente lo son. Vistas así las cosas, ¡qué gozada para la vista y el corazón dos bellos amándose, dos amantes embelleciéndose! Cary Grant con Deborah Kerr en Tú y yo, con Ingrid Bergman en Encadenados, ¡qué soberbio espectáculo de amor y belleza dándose la mano! Pero, también en esto, la vida supera al arte, y ahí están esas parejas que uno ve, y hasta conoce. Pienso en R., un ser bellísimo. Si su pareja, que no conozco, no le anda a la zaga, ¡guau! ¡Y acaban de ser papás!

jueves, 25 de marzo de 2010

Un mar

Un mar de belleza y me lanzo. No hago pie, pero de eso se trata, de perderse en las aguas benditas y recobrarse en la arena siendo otro.

domingo, 21 de marzo de 2010

Justamente

Siento que la belleza hace valer en toda regla el “eso, justamente eso”, recayendo en “justamente” todo el peso de la alocución y en todos sus sentidos posibles, lo que es justo porque se ajusta y porque también justifica. Se asiste al milagro de una realidad maravillosamente conjugada, en la que queda remediada toda dispersión, donde todo se vertebra y no hay desmembramientos. Sí, la belleza es un acto de justeza y un acto de justicia.

martes, 23 de febrero de 2010

Bellos y buenos

Tengo incrustado en mis genes cordiales el deseo de mejoría, y no soy de los que voceo el “¡soy así, y que me aguanten!”. De hecho soy, somos, de una determinada manera, y muchas veces a los demás, al tropezar con las esquinas punzantes de nuestro ser, no les queda más remedio que aguantarlas y sufrirlas. Aquí se da un irremediable quid pro quo: tú me aguantas a mí y yo te aguanto a ti.
Yo, en cualquier caso, no me conformo con que ese afilamiento de mis bordes se mantenga tal cual. Me importa, y mucho, desafilarlos, limarlos, suavizarlos. Tengo presente también que, detrás de este anhelo mío, además de mi deseo de no dañar a nadie ni embravecer la convivencia, obra igualmente cierto narcisismo, aunque quizá no sea ésta la expresión más exacta. Me explico. El ideal de mejoría tendría que ser un ideal de justicia, con uno mismo y con los demás, y no un ideal estético, aquel que vendría auspiciado por el deseo de ofrecer un “bello perfil espiritual”. La única belleza de la que cabría hablar aquí tendría que ser subsiguiente, por añadidura, la otorgada por la misma justicia, y nunca buscada por si misma. Sería la “justicia” la que otorgaría la “justeza”, por decirlo al modo de Charles Péguy. Aunque tampoco es descartable que alguien, obrando al revés, termine en manos de un ideal de justicia cuando al principio sólo lo había animado un ideal de belleza, que la justeza lo lleve a la justicia.
¿Son separables, sin embargo, ambos aspectos? Se puede y se debe diferenciarlos pero ¿no se funden en único impulso, de modo que, quien desea mejorar, lo hace siempre animado por un ideal de bondad y hermosura? Si lo bello es bueno, si lo bueno es bello, ¿no tiene que ser necesariamente así? ¿No decimos acaso de una persona buena que es “una bella persona”? En esto somos herederos de los griegos, cuyo ideal de perfección ética quedaba descrito por el “kalós kai agathós”, lo bello y lo bueno. Seamos pues bellos, es decir buenos. Seamos buenos, es decir bellos.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Exacto

El adjetivo “exacto” que en varias ocasiones le sirve a José Miguel Ibáñez Langlois en su Libro de la Pasión para definir la, por decirlo así, posición de determinados actos y actores en la pasión de Jesús de Nazaret, su lugar medido y como ajustado a una planilla eterna que Dios tiene de su mano, me llevó enseguida a la reflexión que despliega Hans Urs von Balthasar en sus siete tomos de Gloria. Una estética teológica. Y es que la belleza, nos viene a decir el gran teólogo, es siempre una suma de justeza y reverberación, de forma y esplendor, de exactitud y resonancia, de número e infinitud, y esto lo rastrea él, genialmente, y en clave teológica, a través de la historia en la obra de distintos autores. Es un tema que me apasiona, y por eso pegaba un brinco feliz cada vez que Langlois hacía comparecer un “exacto” en su bello poemario, pues algo tiene que ver con ese universo de ideas que me es tan caro del gigante Balthasar.

miércoles, 29 de julio de 2009

Mirar, comer

La belleza que vemos, sólo la vemos, o la escuchamos, o la olemos, o la tocamos. Nunca, en cualquier caso, la comemos. ¿No quedamos así faltos de algo esencial? Simone Weill lo dijo excepcionalmente bien en La gravedad y la gracia: ”El gran dolor del hombre, que comienza ya en la infancia y que prosigue hasta su muerte, lo constituye el hecho de que mirar y comer son dos operaciones diferentes. La beatitud eterna es un estado en el que mirar es comer”. La relación sexual nos deja en el borde de este deseo, el de “comernos” al ser amado, el de ser comidos por él. Un beso, profundo, apasionado, ¿no es el amago de un mordisco, de un arrancamiento e ingestión de un trozo del cuerpo venerado? Al “mirar, tocar, besar, lamer, morder”, de Félix Grande (Las Rubáiyátas de Horacio Martín) , le faltaría un “comer” que completase el crescendo del amor y el deseo.
Me pregunto si, cuando comemos y bebemos el cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía, no se anticipa lo que, según Simone Weill, será una realidad en el cielo, la unidad del mirar con el comer. Cristo, el admirable, el mirable, es también el comible, por puro amor suyo hacia nosotros, a nuestras necesidades y anhelos más profundos. Él, que se ofrece a la vista para que nos gloriemos con su belleza, se ofrece a nuestra boca para que nos saciemos, comiéndola, de esa misma belleza. Su entrega total hace posible que mirar sea también comer.

miércoles, 22 de octubre de 2008

La belleza

¿Qué debe hacer con la belleza el ser que la posee? Nada. Olvidado de sí ella resplandece, dejando que sea el cristal que no estorba el paso de la luz.

viernes, 21 de marzo de 2008

Envenenado de belleza

Murió Anthony Minghella, el director de El paciente inglés. Con esta película experimenté algo insólito: salí de ella "envenenado" de belleza, tan envenenado, que creía tener en mi cuerpoalma un tóxico que me destruiría de pura fascinación. Casi no podía soportarlo. Me vi en la necesidad de aplicarme un "antídoto" de mediocridad que me librase del hechizo, del estado de ebriedad en que me hallaba. Al llegar a casa di con él: Lina Morgan y su Hostal Royal Manzanares. Sobreviví al golpe brutal de la Belleza.