miércoles, 7 de diciembre de 2011

Olegario


Olegario (González de Cardedal) traía escrito el guión de su clase de cristología en un folio, que ponía en el ambón desde el que impartía su lección magistral. Su palabra bella y encendida, el rigor y la profundidad de su pensamiento, su vasta cultura, me deslumbraban. Sobrepasaba con mucho al resto de los profesores. En él parecía caber todo, no siéndole ajeno ningún horizonte: hacía honor a la universidad siendo universal. Pero no era del gusto de todos, para sorpresa mía. A., por ejemplo, mi vecina de banco, que era igualita a Olivia, la mujer de Popeye, al finalizar un día una clase de Olegario y exclamar yo “¡qué gozada!”, dijo: “pues a mí no me gusta nada”.
El primer día de clase (corría el curso 1985-1986), apelando al postulado marxista que relaciona materia y conciencia, nos preguntó cuál era la materia en la que había crecido nuestra conciencia, o más sencillamente, cómo nos llamábamos y cuál era nuestro origen geográfico y eclesial. Uno tras otro fuimos dando nuestro paso al frente para identificarnos. Un alumno, un rostro.
Olegario es alto; mide por lo menos 1,80. Anda ligero, sin encorvarse ni encoger los hombros, bien recta la espalda. En invierno, se tocaba con un gorro de astracán de color negro para protegerse la cabeza de los acerados fríos salmantinos. Siempre venía de traje y corbata; ésta debía molestarle un tanto pues uno de sus gestos característicos era meter el dedo entre el cuello de la camisa y la garganta para aflojar su estrechez. Su voz tiene dejes y finales atiplados, desconcertantes y graciosos al principio por inesperados.
Era muy accesible, como todos los profesores en general, y de no haber tenido yo la timidez que entonces tenía estoy seguro que lo hubiera aprovechado mucho más en el terreno personal. Se instauró de todos modos una corriente de afecto profundo que dura hasta hoy, a pesar de que, una vez finalizada mi etapa salmantina, sólo lo volví a ver tres veces, la última en 1994 (¡hace ya diecisiete años!), en el que asistí a uno de sus cursos de verano que por aquellos lustros organizaba en El Escorial la Universidad Complutense de Madrid.
Quince son las cartas que he recibido de él y otro tanto las que yo le envié desde 1990, cuando terminé mis estudios en Salamanca. Han pasado veintiún años. No sale ni a una carta por año. Una correspondencia escasísima, que con todo nos ha sostenido como amigos. Una y otra vez, mientras le enviaba yo mis escritos, me animaba él a ir a visitarlo a Salamanca, donde de mejor manera lo trataríamos todo, la última en 2006, a propósito de la celebración de su última lección como profesor, antes de jubilarse, a la que me invitaba. Nunca fui, sin más razón que la falta de confianza, la timidez y la pereza, perdiéndome así luces, saberes y presencialización de afectos, que habrían dado más espesor y vuelo a nuestra amistad. ¿Y cómo evaluar la pérdida que ello supuso para mi vocación y tarea de escritor?
En relación con esto último viene lo que ahora cuento. Escondiéndome en el anonimato, que descorrí transcurrido un tiempo, le envíe una obrita que había escrito por aquel entonces, a la que acompañaba una carta en la que, entre otras cosas, le decía:
“Le envío algo que he escrito este verano pasado (año 1988). En este momento de mi vida en que ante mí no veo camino, la escritura se me presenta muchas veces como un deseo, una necesidad, un sufrimiento, una desesperanza, una vocación… ¡ay, no lo sé! (…) La confianza y la seguridad me abandonan continuamente y un enorme interrogante se clava en el centro de mi querer: ¿Puedo escribir? ¿Tengo algún talento, alguna posibilidad? (…) ¿Cómo sabré si mi mano temblorosa traza una línea bella?
Su respuesta no tardó en llegar, en “Salamanca, día de San Juan de la Cruz 1988”. Entresaco estas líneas, relacionadas con las mías:
“En su carta se hace tres preguntas que me remite: ‘¿Tengo algún talento, alguna posibilidad? ¿Puedo escribir? ¿Cómo sabré si mi mano temblorosa traza una línea bella?’ La vocación literaria parece que es evidente en V. La pasión que le lleva a escribir, a sostenerse en un texto de redacción larga como el que me envía, lo confirma. Vocación es siempre ilusión y desazón, anhelo e impotencia. En última instancia la vocación le es conferida a uno por Otro y aun siendo lo más entrañable de uno mismo, viene de lejos. Una vocación hay que servirla con fidelidad y constancia. No sufra por ello: ésa es su más entrañable naturaleza”.
Esta carta, para mí hito y joya, sumada al resto -sus clases, sus libros, las cartas que siguieron, los escasos encuentros- me echó definitivamente en sus brazos.
El amor por la palabra, la pasión por la verdad, la estética en su sentido más profundo puesta a la misma altura que la ética, la hondura de la vocación y su vivencia como misión, la dignidad del pensamiento, el cultivo responsable de la inteligencia ante uno mismo, ante los demás y ante Dios: todo esto y mucho más formó parte de la entrega, la traditio, de Olegario. Fue, y de alguna forma lo sigue siendo, el maestro.

2 comentarios:

CB dijo...

Qué buen alumno para tal maestro, y viceversa.
La vocación viene de lejos, y algunos encuentros también.
En cuanto a la belleza de las líneas que trazas, no sé si te has contestado, pero no tengas ninguna duda.
Y qué preciosidad y dulzura la de Marceleine.

Suso Ares Fondevila dijo...

Muchas gracias, Cristina.