lunes, 17 de junio de 2013

La ilusión del héroe



No son pocas las veces que aparece la palabra “héroe” en los medios. Puede incluso que lo haga con demasiada frecuencia. Los de la roja fueron unos “héroes”, Rafa Nadal acaba de ser un “héroe”, “héroes” son los de la plataforma contra los desahucios, los tédax son igualmente unos “héroes”, y así otros muchos que podrían citarse.

¿Será que los necesitamos como una suerte de adrenalina moral que ponga nuestras almas a funcionar? Lo verdaderamente contrario de moral, decía Ortega, no es inmoral sino desmoralizado. De hecho cuando se dice que uno está bajo de moral es que está bajo de ilusión. Los héroes entonces serían moralizantes en tanto que ilusionantes, levantadores del ánimo.

viernes, 14 de junio de 2013

... con persecuciones



En verdad os digo que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo cien veces más (¡bien!), casas (¡estupendo!) y hermanos y hermanas (¡qué gozada!), y madres e hijos y tierras (¡bueno, bueno, bueno!), con persecuciones (vaya...).

jueves, 13 de junio de 2013

Cubrir, amar



En esta entrada había comentado dos casos, uno cinematográfico y el otro real, en los que la acción de cubrir con el propio cuerpo el cuerpo de otra persona representaba un acto máximo y tiernísimo de amor. Me acordé de ellos el pasado 9 de junio, al leer el relato del primer libro de los Reyes donde se narra cómo Elías, echándose tres veces sobre un niño, le había devuelto la respiración que había perdido a causa de una enfermedad grave. La cubrición da vida, a imagen de la cubrición por excelencia, la de la mujer por parte del varón, que va más allá y la crea.

martes, 11 de junio de 2013

Nada dura o la espera del fruto



Escribe Javier Marías: “He expresado a menudo mi preocupación y mi cre­ciente angustia por la manera en que se vive hoy el tiempo, o su transcurso. Lo que me resulta más desconcertante es lo lejos -lo antiguo- que queda todo en seguida. Lo he dicho otras veces: en cuanto algo se hace presente, por el mero hecho de suceder o existir se convierte al instante en pasado, y además en pasado remoto. Todo se tor­na viejo nada más nacer: los libros, las películas, las revueltas, los derrocamientos, las guerras, los nuevos rostros y los nue­vos talentos, lo esperado y lo inesperado, lo sorprendente y lo consabido”. Estoy de acuerdo. Creo que es un efecto de la globalización y de la accesibilidad instantánea de la información: una gran noticia saca de escena a otra, la cual a su vez había hecho lo mismo con la anterior, la cual... ad infinitum. A mí se me hizo especialmente patente con la dimisión de Benedicto XVI y el nombramiento como papa de Francisco I. Fueron noticiones, grandes noticiones, pero su impacto en mí no duró nada. Es más, con respecto a la elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio para ocupar la cátedra de Pedro, nada más saberlo, instintiva pero también reflejamente me retraje para que no se me convirtiese de inmediato el evento en papilla. Quería que pasase todo el barullo inicial, que saliera el asunto del circuito vertiginoso y devorador de los mass (que hoy son más mass que nunca) media y entrase en el tiempo lento y el espacio escondido donde las cosan son en verdad y pueden madurar. Por otro lado, sólo cuando las cosas dejan de ser nuevas y empiezan a cumplir días y semanas, que serán después meses y años, ocurre lo importante: fructifican.

miércoles, 5 de junio de 2013

El XIX español



Dado a la lectura de libros de la historia de España desde hace varios meses, de la cual quiero tener una imagen factual y cronológica que no se desvanezca demasiado pronto en mi memoria, heme aquí que doy con mis huesos con el siglo XIX. Sus acontecimientos, personajes y giros son tantos que a uno le parece estar ante un caleidoscopio especialmente mareante. No poco trabajo y paciencia me costó la lectura de  España, 1808-1939, de Raymond Carr. Acaso sea ésta la razón de que a Benito Pérez Galdós le salieran cuarenta y seis episodios nacionales: menos hubiera sido imposible.

domingo, 2 de junio de 2013

Temas sobre los que me falta claridad pero no preguntas



-La relación entre la ética y la política: Lincoln compró los votos afirmativos y las abstenciones que necesitaba para aprobar la enmienda que abolió la esclavitud: ayudado por un mal gesto ético (al que habían precedido, claro, innúmeros buenos gestos y luchas) se dio un inmenso paso adelante en la historia de la humanidad. ¿Cómo hemos de juzgar la actitud del decimo sexto presidente de los Estados Unidos? La ética lo condena pero la política lo salva. El fin no justifica los medios, decimos: ¿siempre y en todo caso, sin excepciones?

-Fui profesor de religión católica en un instituto de enseñanza pública desde 1990 hasta 1993. Desde entonces y hasta hoy me han acompañado serias dudas sobre la pertinencia de que la escuela pública de un estado laico acoja en su oferta académica la enseñanza de la religión católica. El artículo 27.3 de la Constitución lo legitima pero a mí me parece muy discutible que “los poderes públicos” tengan que garantizar “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. El problema está en el “reciban”, que supone que los poderes públicos deberán hacer algo para que tal cosa ocurra. ¿Lo deben hacer, es realmente de su incumbencia? Groso modo, ¿no es asunto de los padres y sólo de los padres preocuparse de educar a sus hijos según sus convicciones? Lo más que le correspondería al Estado sería derribar los obstáculos que impidiesen el ejercicio de este derecho.
En todo caso, el acceso al puesto de profesor de religión debería seguir exactamente los mismos pasos que el que se sigue en el resto de las materias. Nunca debieran ser nombrados por los obispos, y su idoneidad no tendría que incluir obligatoriamente ningún tipo de relación personal con la fe católica. Bastaría la que se le exige a cualquier profesor: competencia profesional y ejemplaridad moral. Hay que repetir una y otra vez que el contexto es académico, no catequético: el objetivo no es despertar ni mantener (tampoco derribar) la fe de nadie sino interesar a los alumnos en el conocimiento teórico del hecho cristiano y en su reflexión sobre él.