viernes, 11 de noviembre de 2011

Soñando la actualidad


No sé en qué parará el caso Urdangarín pero mi inconsciente ya ha adelantado un escenario que me ha revelado en el sueño que tuve la noche pasada. Un abigarrado y numerosísimo grupo de fotógrafos, periodistas y cámaras espera con los dientes largos el comienzo del juicio a la entrada del juzgado. Yo también espero, en calidad de nada, un simple espectador con acceso libre a la función. La pregunta que electriza el aire es: ¿vendrá o no vendrá doña Cristina? Y sí, viene, todos la vemos, con cara de vampiros que se relamen.
La sala tiene la forma de un teatro. Yo estoy sentado en primera fila. En lo que sería el foso de la orquesta está Cristina, serena, vestida de sport. Iñaki todavía no ha hecho acto de aparición en el escenario. En un momento dado siento asco de todo aquello, me parece mórbido; me levanto y me voy. El sueño derivó después por otros derroteros que ya nada tenían que ver con lo anterior. Un apunte más: todo sucedía en Salamanca.

Idolatría


La afirmación de Calixto en La Celestina: “¿Yo? Melibea soy, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo” no admite tacha y la aplaudimos por lo que es, una declaración de amor. Pero se me ocurre que, tal como está formulada, serviría como perfecta proclama idolátrica, cambiando lo que haya que cambiar: “¿Yo? Poder soy, y a Poder adoro, y en Poder creo, y a Poder amo”, por ejemplo.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

La obra del tiempo


Buena es la obra del tiempo si nos despoja de toda prosopopeya y hace de nosotros un verso preciso y claro.

martes, 8 de noviembre de 2011

Cuéntame mi vida


Verme en una narración, eso querría, contado por otro, descifrado, por el puro placer de escuchar “ahí la tienes, tu vida”.

Dos seres puros


He conocido sólo dos seres realmente puros a lo largo de mi vida: mi madre y mi amigo, descanse en paz, José Ignacio Tellechea. Lo que sea la limpieza interior, la ausencia de todo elemento turbio, el pudor, lo supe a su vera.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La hoguera de las vanidades


No he leído La hoguera de las vanidades, pero a su luz me pregunto si las vanidades, tanto como se recrean en el fuego que levantan, son igualmente pasto de él. Estaría bien que fuese así, y que en su pecado estuviese también su penitencia.

sábado, 5 de noviembre de 2011

La alegría


La tristeza es también una tentación. Asoma un fleco, y uno, sin ganas de apartarlo de un manotazo, deja que se extienda hasta que te ves cubierto por su manto. Unas veces un día húmedo y nublado, otras un vacío del corazón, ponen la primera gota, la cual encuentra respuesta en un algún rincón de nuestro ser, que llama después a otros para que se sumen a la pompa fúnebre. La alegría espera entonces que la pongamos en pie de una manera decidida, sin tardanza.

Una sorpresa


El amor es una sorpresa: te atrapa, te asombra, se regala.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La Celestina

Más que acciones lo que tiene La Celestina son parlamentos. A imagen de ella, gran habladora, son los demás, parlanchines sin descanso, en una historia de escaso acaecer y mucho sentir. La Celestina urde, engaña y seduce valiéndose de gran aparato verbal: teje su telaraña con lengua de víbora parlamentaria.

martes, 1 de noviembre de 2011

Bajo la lluvia


El paraguas es un utensilio decididamente adulto. A los adolescentes y los jóvenes les importa tres pitos mojarse. Su despreocupación frente a la lluvia les confiere un aire cinematográfico, una vez que se cae en la cuenta de que en el cine ocurre otro tanto de lo mismo: si llueve, los protagonistas nunca tienen paraguas, para que todo resulte más dramático, o emocionante. Bien lo sabía Gene Kelly cuando, bajo la lluvia, bailó de lo lindo pasando olímpicamente de su paraguas. Y el beso de Audrey Hepburn y George Peppard, magníficamente empapados en la escena final de Desayuno con diamantes ¿quién sería capaz de cargárselo cubriendo a sus protagonistas con un inoportuno y estúpido paraguas? Ya digo, a la vuelta de los 30, si llueve, un nada cinéfilo paraguas.

Dorian


Me dijo que Dorian, su nombre, no existía antes de que lo inventase Oscar Wilde en su Retrato de Dorian Gray. Era galés, y fuimos amigos durante los cuatro años que coincidimos en el Colegio Mayor de la Ponti (nombre familiar de la Universidad Pontificia), donde estudiaba al igual que yo teología, si bien en su caso con la intención de hacerse sacerdote. Se adivinaba por sus rasgos que no era español. Tenía la piel muy blanca, los ojos azules y una cabeza bastante redonda, en la que faltaba ya la mitad del pelo. Cuando alcanzaba algo de sobrepeso, dejaba de comer pan y patatas unos quince días y volvía a su cintura. A los 19 años se marchó a Francia, donde estuvo un año dando clases de inglés. Después a Egipto, donde permaneció tres años, viviendo también de sus clases. Aquí conoció a un franciscano que le abrió las puertas al catolicismo y le bautizó cuando tenía 23 años. A continuación fue Indonesia el país que lo acogió un largo tiempo, siendo el inglés lo que le siguió dando de comer. Si ahora hago recuento, resulta que hablaba galés, inglés, francés, árabe, indonesio y javanés. Y español, claro, a la perfección. “Y conozco cien palabras checas”, me dijo en una ocasión, aprendidas tal vez cuando trabajó como conductor del camión de una compañía de teatro, yendo y viniendo por los radios de Europa. “En ese mundo están todos locos”, y con sus locuras los dejó el día que decidió marcharse. Y por saber, sabía también tocar el piano y el arpa. Era él el que pulsaba las teclas del órgano en las misas del Hispano (uno de los nombres de nuestro Colegio Mayor). Si no recuerdo mal tenía una hermana que era soprano, no sé si en Gales o en otro punto de Gran Bretaña. También por allí vivía su madre.
Cada amistad tiene su intensidad, su tono, su punto de equilibrio. Tengo la impresión, que sólo entonces tuve a medias, que en punto a necesidad, más era la mía de él que la suya de mí. En cuantos a sus momentos, la ejercíamos sobre todo en el trayecto que hacíamos juntos desde el colegio hasta la biblioteca de la Ponti, después de la siesta, a las 15:45, y los  viernes por la noche, cuando íbamos al cine. Ni su habitación ni la mía fueron casi nunca lugares de encuentro. Sus manos fueron las primeras que acogieron una veta de mi vida y el lugar no pudo ser mejor.
El 30 de junio de 1990, día que puso fin a mi estancia de siete años en Salamanca, nos despedimos en la estación de tren dándonos nuestro último abrazo. Poco supimos después ya el uno del otro, lo que cupo en no mucho más que dos cartas y dos llamadas en los siguientes dos años. Hace ya un tiempo quise saber de él y sólo E. P., de entre mis conocidos, podía tener alguna información. Le escribí y me la pasó, aunque insegura: le sonaba que podía estar en un monasterio de Estados Unidos. “Ya sabes que Dorian, cuando marchaba de un lugar, era de los que no dejan rastro”. ¿Lo sabía?

domingo, 30 de octubre de 2011

La Verdad

La Verdad no necesita el refrendo de nadie pero quiere el amor de todos. No aumenta con el número pero gusta de la salvación. No hace prosélitos sino que suscita hijos. No explota, se expande.