martes, 3 de septiembre de 2013

L.

Los calores que pensaba haber dejado en Sevilla los encontró aquí durante la primera quincena de julio. El alivio vino después, cuando nos abandonó la ola de calor. A sus 85 años mantiene una tez intacta, sin arrugas, y sigue con su ampliada cintura, a la que sería erróneo llamar panza pues se trata más bien de una redondez. Su nariz es un tanto afilada, como la de mi madre o la de mi tío P.
Es un hombre con un rigurosísimo sentido del deber, que no lo atrinchera sin embargo en ningún tipo de dureza prusiana.
De mí, más que conversación espera escucha, lo que no me parece mal en absoluto pues serían demasiados los puntos que debería matizar o de los que tendría que discrepar. Mi cómoda situación de mero escuchante me lo evita.
Si tuviese más información, o mejor, si estuviese dispuesto a tenerla, no hablaría de Franco como habla. Y como él tantos, todos los que consideran que con Franco “había más moralidad y no se veían las cosas que ahora se ven”. Se trata de una gente que nunca sintió la acucia de la libertad y para la que era mucho más importante que lo que ellos entendían como “valores morales” estuviese bien protegido. A tales efectos, Franco era el auténtico valedor de “Dios y España”.
Creo que tiene un amplio conocimiento de la naturaleza humana. Para esto no le ha faltado una inteligencia bastante comprensiva de la bondad y debilidad del hombre.

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