domingo, 14 de diciembre de 2008

Bailé

Con ocasión de la fiesta que Olaia (Eulalia, en gallego, y nombre de nuestra asociación vecinal) organiza todos los sábados posteriores al 10 de diciembre, día de nuestra patrona, Santa Eulalia, y en la que no faltó el pulpo, la empanada, el chorizo y el vino, protegidos bajo una carpa mientras fuera arreciaba frío y lluvia, volví a bailar después de mucho tiempo sin hacerlo. Al compás de las canciones pachangueras del dúo Rosa negra, compuesto por mi amigo Santi y una tal Azucena, mi cuerpoalma no opuso resistencia a la entrada de los compases por los dedos de mis pies, donde comenzaron la escalada cuerpo arriba, hasta que todo él, una vez alcanzadas las puntas de los pelos de mi cabeza, se dejó llevar, desinhibido, y sintió así, una vez más, como vencía la ley de la gravedad y se hacía volatinero y saltimbanqui, no mucho, la verdad, tampoco voy a exagerar, pero sí lo suficiente como para salir de la inflexible compostura diaria. Una de mis trayectorias posibles, de no haber elegido la que hoy en día me encarrila, habría sido la de bailarín, o gimnasta, o trapecista, cualquier oficio que me permitiese cobrar elasticidad y soltura, gracia y ritmo corporal, para sentirme un poco el águila que no soy, o la gaviota, o el halcón, habitante de aires sobre las cumbres.

4 comentarios:

Máster en Nubes dijo...

¡Qué divertido bailar! Y qué cosa tan buena es una fiesta como describes. Y en Galicia, tan buenos recuerdos. Buen domingo.

Suso Ares Fondevila dijo...

Buen domingo para ti también, Máster.

Jesús Beades dijo...

De vez en cuando es bueno bailar, no sólo por dentro.

Suso Ares Fondevila dijo...

A mí me gustaría que pasase menos tiempo entre la vez y el cuando, pero ¡qué se le va a hacer! Siempre me lo puedo montar solito, en casa, pero no es lo mismo.