martes, 15 de septiembre de 2015

El fin, los medios, la vida

La conflictividad de la vida obliga a veces a “sortear” el insorteable principio que nos dice que “el fin no justifica los medios”. Pongamos un ejemplo. Es usted padre de un hijo al que culpan de un asesinato que usted sabe que no cometió y sabe además que la posibilidad de que, siendo inocente, lo consideren culpable es muy elevada. En tanto que no encuentre pruebas que demuestren su inocencia mantendrá oculto a su hijo. “¿Está su hijo en casa?”, le pregunta la policía. Usted, naturalmente, miente, y les dice que no está. La policía efectúa un registro pero no lo encuentra porque usted lo ha escondido en un lugar a prueba de los mejores rastreos. A ver quién es el guapo que se atreve a censurar al padre por el uso de un medio malo, la mentira, para un fin bueno, la salvación de su hijo. Y así tantas veces en la opaca y problemática vida hay que saltarse el principio del que venimos hablando y acogerse a la doctrina del mal menor, de tan honda raigambre en la teología moral de la Iglesia. De todos modos, en el ejemplo que he puesto, la desproporción entre el fin, una vida, y el medio, una mentira, es tan vasta, que hablar de esta como un mal es casi, o sin el casi, un despropósito. Este mal es tan “menorcísimo” que directamente se podría decir que es un bien, si nos dejamos de abstracciones.

A propósito de esto, no puedo dejar de acordarme de aquella escena de Los miserables, de Víctor Hugo, en la que la religiosa “Sor Simplicia”, que “no había mentido nunca”, ante una pregunta de Javert, el inspector de policía, tuvo que hacerlo por primera vez en su vida para salvar a Jean Valjean, lo que le hizo pasar “un momento terrible en que (...) creyó morir”. Víctor Hugo espera para Sor Simplicia “que esta mentira os sea contada en el paraíso”, como así habrá de ocurrir con tantas salvadoras mentiras.

6 comentarios:

Moro dijo...

Estimado, toco el timbre de su casa sin conocerlo solo para plantar una duda...

Si Cristo es la Verdad, y la mentira constituye siempre una negación de la verdad, y el catecismo enseña que mentir es siempre pecado, y que todo pecado es una ofensa a Dios...

¿Cómo la Iglesia pordría promover alguna doctrina que enseñe que es mejor ofender a Dios con la intención, al mismo tiempo, de agradarle?

Cordiales saludos.

Suso Ares Fondevila dijo...

Estimado:
Yo no he mencionado en ningún momento a la Iglesia con mayúscula. He hablado, eso sí, de la "teología moral de la iglesia", es decir, de lo que han dicho algunos de sus grandes teólogos moralistas.
En todo caso, las doctrinas, los principios, que la Iglesia enseña no traducen nunca realidades abstractas sino realidades personales: Dios, Jesucristo, el Santo Espíritu, los hombres, que actúan en escenarios a veces dramáticos donde tiene que vencer la Verdad del Amor pues cualquier otra verdad que no emane en última instancia de esta no es verdad. En el ejemplo que yo he puesto lo único verdaderamente importante es la verdad de la inocencia del muchacho y esto es lo que Dios quiere por encima de todo. Como es un escenario drámatico, un escenario en el límite digamos, que el padre mienta para salvar la verdad mayor, la inocencia y la vida de su hijo, ¿cree usted que puede ofender a Dios, cuándo él es el primero en comprender la dramaticidad de la situación, teniendo en cuenta además que para los actores del drama: padre, hijo, policía, mucho más que Juez es Padre?

Moro dijo...

Estimado,

Habría que precisar (para no caer en vaguedades) en qué consiste la verdad, pues eso de la “verdad de la inocencia” no me queda del todo claro. Tomás de Aquino y el catecismo de la Iglesia son sí son claros respecto a la pecaminosidad absoluta de la mentira:


“Lo que es intrínseca y naturalmente malo no hay modo posible de que sea ni bueno ni lícito, porque para que una cosa sea buena se requiere que todo en ella lo sea; pues, como dice Dionisio en el capítulo 4 De Div. Nom., el bien requiere el concurso de todas sus causas, para el mal, en cambio, basta un defecto cualquiera. Ahora bien: la mentira es mala por naturaleza, por ser un acto que recae sobre materia indebida, pues siendo las palabras signos naturales de las ideas, es antinatural e indebido significar con palabras lo que no se piensa. Por lo cual dice el Filósofo en IV Ethic. que la mentira es por sí misma mala y vitanda; la verdad, en cambio, es buena y laudable. Por tanto, toda mentira es pecado, como afirma también San Agustín en su libro Contra mendacium.”

(Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 110)


2482 “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (San Agustín, De mendacio, 4, 5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “Vuestro padre es el diablo [...] porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).

2483 La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

(catecismo de la Iglesia católica)


Respecto al caso que usted propone, es un problema este tipo de ejemplos, pues con frecuencia se confunde el juicio moral con el juicio lógico. Mentir es malo siempre, aunque la pena para quien cometa la mentira en tal o cual circunstancia, con cual o tal atenuante, no es cosa que entre en discusión, pues ese juicio está reservado a Dios.

Suso Ares Fondevila dijo...

¿Pero qué mentira es peor (y no me salgo del caso que he planteado pues solo desde dentro de él quiero hablar), la que el padre le dice al policía, o la que cometería entregando a su hijo y permitiendo que el tribunal mintiese sobre él al condenarlo? Inmensamente peor es la segunda, pues lo condena a la muerte y condena su reputación ante el mundo haciéndolo aparecer como un culpable cuando no lo es.

Ante dos obligaciones morales, si no se pueden cumplir las dos, hay que sacrificar la menor en favor de la mayor y está fuera de toda duda cuál es la mayor en mi ejemplo. No es mi intención entrar en otro tipo de debates.

Anónimo dijo...

Es qué esa justificación, estimado, es caprichosa hasta que usted no entre en "otro tipo de debates" Es casuistica, y mal entendimiento de la doctrina del mal menor. EL error consiste en confundir el segundo mandamiento con el primero, pero eso es cosa a precisar,y a usted manifiestamente, no le interesa.

Saludos cordiales.

Suso Ares Fondevila dijo...

Desde el principio he dejado claro que me atendría al caso propuesto. Por eso, sí, es casuística. La solución que propongo no obedece a ningún capricho, créame, por más que pueda estar equivocado.

Saludos cordiales.