martes, 22 de diciembre de 2009

Destino

Los que echan mano del “destino” para dar cuenta del porqué de determinados hechos, sobre todo de los especialmente luctuosos, lo hacen porque no aceptan que tales acontecimientos queden al abrigo del mero azar, como desgobernados, sin nada ni nadie que lo justifique. Quieren procurarles un sentido para, de algún modo, poder encajarlos. Los sucesos dichosos encajan por sí solos, no necesitan ayuda metafísica ni religiosa de ningún tipo, a no ser para apuntalarlos y otorgarles profundidad y perennidad. Su dicha es ya su sentido y no hay más vueltas que darle. ¡A gozarlos pues! Pero, ¡ay!, los que nos desgarran, esos no traen consigo sentido sino sinsentido, y entonces elevan la pregunta: ¿por qué?
Mala respuesta, y fácil, es apelar a ese improbable “destino”. ¿Y quién sería el “destinador”, quién nos robaría el guión de nuestras vidas atándonos a uno previamente escrito, y con tan dolientes capítulos? No, no puede ser ésta la respuesta. Tampoco lo es el azar, que nos lleva a peores callejones sin salida. La única posible es el misterio, el que subyace a todo lo que nos ocurre, también y especialmente a lo difícilmente encajable, a lo que nos duele hasta la exasperación. El misterio, sí, ámbito de luz y de sentido, donde ni el azar ni el determinismo tienen cabida, y sí un camino amparado por Alguien, donador y guardián de libertad.