domingo, 22 de mayo de 2016

La gracia de las gracias

"Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse a sí mismo. Pero, si todo el orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias estaría en amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera otro de los miembros dolientes de Jesucristo".

(Georges Bernanos, Diario de un cura rural)

La gracia eleva nuestro caudal vital a la enésima potencia, lo que significa que nos hace estar tan plenos de nosotros mismos que ya no tenemos que buscarnos, que cuidarnos, que acordarnos, cosa que sí tendríamos que hacer si estuviésemos faltos de vida, de espíritu, de gracia, de Dios. Nos acordamos cuando no nos poseemos; nos olvidamos cuando ya nos poseemos, cuando Dios, al habitarnos, expande nuestra vida y conciencia espiritual hasta un punto tal que el estar cabe sí es ya un estar olvidado de sí, en las manos de Él, que es el que se acuerda, el que nos busca, el que cuida de nosotros. Uno, por eso, solo se olvida de sí cuando su corazón reposa “sobre el Amado”, como canta San Juan de la Cruz, que es lo que canta también Bernanos al decir que es amando a sus “miembros dolientes” como se obtiene “la gracia de las gracias”, ese “amarse humildemente a sí mismo” en que consiste el perfecto olvido. Jesús, masacrado en la cruz, derramado, ofrecido, del todo olvidado de sí, lo hizo posible.


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