domingo, 14 de febrero de 2016

Uno más en la polis

Ayer murió Juan Carlos Onetti y hoy una foto en las portadas de los periódicos lo muestra acostado en su cama, a la que había convertido desde hace diez años en su habitáculo permanente. Curioso y sorprendente autoexilio. ¿Renuncia a la vida, asunción de un cansancio definitivo, radicalización de un destino solitario? ¿Qué razón pudo animar tan llamativo enclaustramiento? Tonio Kröger, el personaje de Thomas Mann, dice en algún momento de su historia: “Empieza uno por sentirse marcado, experimenta un antagonismo inexplicable frente a los otros, los normales, ¡los ordenados! Ve entre él y los demás un abismo de oposición, de disconformidad; su inadaptación al medio se hace cada vez más profunda; uno se queda solo y desde entonces ya no puede haber comunicación posible entre el mundo y él. ¡Qué destino este!” No obstante, a pesar de estas palabras, creo que habría que evitar esa literatura fácil que se apresura a mitificar al escritor y que, haciendo profesión de un rancio romanticismo, lo sujeta a una isla solitaria. Habría que contrapesar esta imagen alineando al creador codo con codo con todos los trabajadores de la polis: carpinteros, médicos, agricultores, comerciantes, amas de casa, etc., añadiendo a continuación que también él ejerce un oficio, una profesión. Que esta tenga que ver con visiones, imaginaciones y palabras no ha de ahuyentarlo tanto de la vida que no se pueda vindicar su condición de trabajador. El mismo Tonio Kröger dice, en una especie de balance final, estas significativas palabras: “Pues si algo es capaz de transformar a un mero literato en poeta, es este amor mío, tan burgués, a todo lo humano, lo vivo y lo normal”. Suprimo lo de “tan burgués” y coincido con Kröger y con Mann en que al “mero literato” le falta precisamente ese amor recio y ajustado al diario vivir, y que, en cambio, este “amor” es el que ancla al “poeta” en el humus desde el que ve subir hasta la cima de su espíritu las únicas inspiraciones reales. El “mero literato” está lleno de fantasías pero huero de realidades. El “poeta”, en cambio, usa de las primeras porque se alimenta de las segundas. Es así como se forjan los mundos imaginarios de la mejor literatura.

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