domingo, 7 de febrero de 2016

Tu cuerpo herido

Un día decidiste hacerte hombre y nuestro barro no fue causa de que temieras la impureza de los seres humanos. Al fin y al cabo eras tú el que ibas a colmar la medida humana y fuimos nosotros los que retrocedimos con miedo ante una pureza tan infinita. En aquel día único en que tú descendiste desde tu abismo a nuestro abismo, todas las kénosis quedaron prefiguradas y todas las miserias mudaron su rostro. ¿Por qué entonces, Señor, va a temer tu gracia bajar ahora hasta mi miseria, tú, que ya has descendido a los infiernos? ¿Has olvidado que no hay mejor lecho para tu cuerpo herido que esta miseria mía que, en cuanto te ve, torna suaves sus dedos y transparentes sus ojos? Señor, no se cerrarán tus llagas hasta que no cures las nuestras.

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