domingo, 20 de diciembre de 2015

Amemos lo difícil

Lo que se exige de nosotros es que amemos lo difícil y aprendamos a habérnoslas con ello. En lo difícil están las fuerzas amistosas, las manos que trabajan en nosotros. En medio de lo difícil debemos tener nuestras alegrías, nuestra dicha, nuestros sueños (...) Y solo en la oscuridad de lo difícil tiene sentido nuestra valiosa sonrisa.
(R. M. Rilke, Carta a una muchacha, 20 de Noviembre de 1904)

No es la vida la cera blanda sobre la que, acostándonos, fácilmente queda impresa la forma de nuestra voluntad y de nuestro pensamiento. Es más bien un mármol sin desbastar, sobre él cual solo con golpes de martillo y cincel, con dificultad, es posible que queden grabadas las curvas de nuestra acción y de nuestra búsqueda. Habérselas con la vida es habérselas con lo “difícil”, con lo que solo admite un afrontamiento decidido, arriesgado, valiente, y que se convierte en muro infranqueable para los pusilánimes. Pero tampoco es que se nos presente como una pared escarpada, sin asideros, que tuviésemos que escalar. Es sobre todo una espesura, que reclama el golpe certero de quien está dispuesto a cortar la maleza para adentrarse en ella. Amar esta frondosidad es amar la vida, es amar lo difícil. Y es entonces al que ama, y es capaz por ello de seguir avanzando siempre, a quien le están prometidas “las fuerzas amistosas”, quien verá florecer las “alegrías”, la “dicha”, los “sueños”: su “sonrisa” prevalecerá aun en medio de la “oscuridad”, como prevalece la forma del amante sobre cualquier oposición que pretenda detenerlo.
Amar lo difícil es el santo y seña del viviente enamorado. Es su égida y su acicate, su caudal y su emoción, su júbilo y su secreto. De la facilidad de la vida sabrá siempre después, cuando ya esta le haya ascendido y pueda entonces él, desde su cima, respirar el aire puro.

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