domingo, 20 de septiembre de 2015

La imagen del Amigo

”Ser del partido del Diablo es, en el fondo, aspirar a la más alta de las perfecciones. Es la perfección suprema. La lección que esos dos poetas [Milton y Goethe] nos legaron, como un permanente vértigo al borde del abismo, es el logro de una imagen del Enemigo mucho más seductora que la del propio Amigo”.
(Miguel Torga, Diario)


Este texto de Simone Weil: “El mal imaginario es romántico, variado, el mal real, triste, monótono, desértico, tedioso. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante”, deja en su sitio las cosas que subyacen al texto de Miguel Torga. Y no es que pensemos que, en la intención torguiana que las anima, las tales cosas subyacentes sean decididamente nefarias, como lo serían si la preferencia literaria por la “imagen del Enemigo” incluyese además una preferencia moral. El caso es que la “imagen (poética) del Enemigo” será todo lo “seductora” que quiera, pues “el mal imaginario es romántico, variado”, pero lo cierto es que “el mal real (es) triste, monótono, desértico, tedioso”; no nos preocupa por eso que la imagen poética del “Amigo” sea menos seductora -”el bien imaginario es aburrido”-, pues lo que importa es que “el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagante”.
Y dicho esto, ¿es cierto que el bien imaginario es siempre aburrido y que el rostro literario del Amigo es menos seductor que el del Enemigo? ¿No es muy otra la imagen que del primero nos ofrecen los siguientes personajes, tanto o más seductora que la del segundo: de Dostoievski, Aliosha, el seráfico benjamín de Los hermanos Karamázov, o el príncipe Mischkin, personaje entrañable que simboliza indirectamente a Jesucristo en El idiota; de Bernanos, el santo cura de Ambricourt, en Diario de un cura rural, el padre Donissan, directamente inspirado por el santo cura de Ars, en Bajo el sol de Satanás, o Chantal de Clergerie, la heroína de La alegría; de Chesterton, todos sus fantasiosos y aventureros héroes, siempre embarcados en la lucha contra el mal; de Ernesto Sábato, su desvalido e inocente Martín, en Sobre héroes y tumbas, y tantos y tantos otros? Y aún más: ¿puede alguna imagen poética superar en seducción a la que del Amigo ofrece San Juan de la Cruz en su nunca del todo alabado Cántico espiritual? Estos ejemplos, entre muchos otros, cercan oportunamente la reflexión de Torga, el cual no llega a distinguir de modo adecuado que una cosa es el mal, “triste, monótono, desértico, tedioso”, y otra cosa muy distinta su recreación artística, “romántica, variada”, “seductora”. La excelsitud poética de las representaciones del mal, por muy grande que sea, no dice nada a favor del diablo ni de un posible “genio del mal”, sino, a lo más, en beneficio del potencial creador de los artistas que las idearon. Que a continuación se diga que estos poetas lograron tan sublime representación del Enemigo porque estaban inspirados por éste, da entrada a una serie de cavilaciones de cuya pertinencia no dudamos pero que ofrecen un sesgo que las acerca a la “satanología-ficción”.

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