domingo, 5 de julio de 2015

Visión de la vejez

Somos mozos ahora, tenemos la carne prieta, y no sospechamos que el viejo que vemos en una hora cualquiera, al que quizá tenemos en nuestra casa, es el aviso de lo que también nosotros seremos. Esta decadencia futura es inimaginable para el joven, que no se ve en tránsito hacia nada sino en gozosa y despreocupada posesión de sí. Está bien que esto sea así, este frenesí, este júbilo, pero no por ello está mal que en alguna hora, tal vez pasados los treinta, cuando la juventud es ya una juventud madura, uno aviste el descolgamiento futuro de la carne y entonces reflexione. La diferencia es evidente y perogrullesca: hay una edad de (rabiosa, a veces) plenitud física y otra de (insultante, a veces) decrepitud. No quiero fijarme ahora en los aspectos mentales y espirituales, cuya evolución es tantas veces disimétrica de los corporales, sino solamente en los físicos, los que primero nos saltan a los ojos. La sola visión de este contraste me entrega una bonita lección acerca de la vida, de su transcurso, queriendo yo recabar de ella ante todo una admonición contra el miedo. La visión de la vejez pide su parte alícuota de fe, para que no parezca tan solo una pendiente hacia abajo.

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