El “no juzguéis” de Jesús debe entenderse,
creo yo, como un “no pronunciéis la última palabra, la definitiva, sobre nadie
porque esta solo le pertenece a Dios”. Las que nos está permitido pronunciar son
las palabras penúltimas, las humanas, las nuestras, con las que necesariamente
hemos de juzgar, calibrar, ponderar, valorar, etc., personas y acciones.