domingo, 28 de junio de 2015

¿Sabe usted lo que es el sueño?

“¿Sabe usted lo que es el sueño? ¿Sabe usted que todo el que duerme cree en Dios? El sueño es un sacramento, porque es un acto de fe y es un acto de nutrición”.
(G. K. Chesterton, El candor del padre Brown)

“Hay que borrar la idea, nefasta por muchos conceptos, de que entregarse es abandonarse. Abandonarse sería huir de sí; (...) Esto sería un gigantesco acto de comodidad o de desesperación. La entrega es todo lo contrario” (Xabier Zubiri). 
Tenía pensado comenzar hablando del abandono para referirme a lo que el hombre hace cuando se pone a dormir. Pero entonces me acordé del texto de Zubiri, en el que se impugna el término “abandonarse” como sinónimo de la “entrega”, por connotar algo pasivo, huyente, desesperado y acomodaticio. Sin embargo, creo yo que en la literatura religiosa de la tradición cristiana el “abandono” nunca quiso significar una deserción de la propia y activa mismidad, sino que, muy al contrario, quería expresar el modo como el hombre, positiva y dinámicamente, se pone en manos de Dios. Pensar aquí en una presunta “comodidad” o “desesperación” sería erróneo.
El caso es que, para que podamos hacer nuestro el pensamiento que Chesterton expresa a través del padre Brown, tendríamos que entender que el sueño sólo como un “abandonarse” activo y positivo podría ser “un acto de fe”, es decir, sólo si con él el hombre hace un acto de “entrega”. La pasividad del sueño tendría que ser entonces en lo más hondo una laboriosa actividad del espíritu, el cual, más allá de los diques de la conciencia, seguiría buscando a Dios, o mejor, seguiría siendo buscado por éste.
¿Y cómo es el sueño para que en él el hombre esté en mejores condiciones que durante la vigilia para creer en Dios, según nos da a entender el autor de El hombre que fue Jueves? Es difícil no ceder a la poética de las imágenes y dejarse hipnotizar por ellas. La noche como abrazo del descanso, como manto protector, como disolución de la agitada y multiplicada actividad de la mente y los sentidos, como entrada en el reino de lo inconsciente y de lo infinito: pareciera que en estas condiciones el corazón del hombre, distendido por los velos nocturnos y liberado de los límites que impone la actividad consciente, estaría más accesible para Dios. Se comportaría entonces la noche como “el gran seno de la revelación” (Novalis), como “el amigo del hombre” y “el amigo de Dios”, como su (de Dios) “creación más bella” (Péguy).

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