domingo, 7 de junio de 2015

La mirada amorosa

En el Diario de Raisa Maritain encontré una idea que ilumina a las mil maravillas una cualidad de mi madre que nunca supe calificar con precisión. Dice así: “Las grandes imperfecciones de nuestros hermanos son como una desnudez en la que no nos está permitido fijar los ojos”. Y ahora me explico. Mi madre nunca habla de los defectos dominantes de los demás y no soporta que los demás lo hagamos. Le parece una falta contra la justicia poner a la vista de todos un flanco que convierte al prójimo en víctima nuestra. Una falta contra el pudor por tanto, porque pone los ojos sobre lo que está desnudo y lo describe impunemente, incluso cuando se hace sin malicia alguna. Mi madre piensa que esta actuación, cuando no median propósitos de corrección fraterna, sólo puede estorbar la verdadera caridad porque deja caer sobre esas deficiencias nuestra mirada judicial y no nuestra mirada amorosa. Cuando escucha tales comentarios, ella no tarda en señalar las cualidades buenas de esa persona. No es que ignore la existencia de tales defectos pero le parece que la persona queda “condenada” con el solo anuncio de ellos. Para “salvarla” mi madre acude inmediatamente a su parte buena y la pone sobre la mesa. Aparta los ojos de lo que está desnudo, para no caer en la tentación de juzgarlo, y los pone sobre lo que está vestido. Aunque en un sentido pueda ser justo conocer y publicar las imperfecciones de los demás, mi madre es de las que se abstiene de la práctica de tal justicia. Ella prefiere aquella otra que busca restaurar lo bueno de la persona ignorando de alguna manera lo malo de ella. Su mirada es la de la caridad, que llega hasta el santuario más íntimo de la persona y allí la descubre como buena.

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