domingo, 8 de marzo de 2015

Gota pequeña mi dolor

Gota pequeña, mi dolor.

La tiré al mar.
                 Al hondo mar.
Luego me dije: ‘¡A tu sabor
ya puedes navegar!’
Mas me perdió la poca fe...
                         La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el mar.

(Dámaso Alonso, Poemas puros. Poemillas de la ciudad)

Acaso el poeta quiere explicar el descuido, o incluso el maltrato, al que sometemos nuestros dolores cuando son solamente “gotas pequeñas”; su aparente insignificancia hace que nos desprendamos de ellos y los tiremos “al hondo mar”, donde los dejamos “navegar” a su “sabor”, solos, cuando debieran haber obtenido de nosotros la atención que merece una pequeña criatura. Ésta, entonces, así desacompañada, o acompañada tan sólo por un “cantar” de “poca fe”, ve como el seno que la ha acogido, el “hondo mar”, sí hace suyo su dolor, que se convierte por ello en el dolor de un mar, “un dolor inmenso” que es lo que el poeta obtiene por no haberlo cuidado antes, cuando simplemente era una “gota pequeña”.
Pero no hemos logrado descifrar nada, sin embargo. El enigma del acrecentamiento del dolor, primero “gota pequeña” y después “inmenso” como “el mar”, permanece más allá de nuestros rastreos. Porque ¿cuál ha sido “la poca fe” del “cantar” del poeta, la que le ha hecho naufragar “entre onda y cielo”? ¿Acaso ha cerrado los ojos o ha mirado hacia otro lado con desapego, temeroso de que esa pequeña criatura llorosa que dentro de él había nacido siguiese creciendo y así le revelase zonas ocultas de su ser? ¿La arroja entonces al vacío -al mar-, cobardemente, devolviéndosela éste multiplicada, inmensa, y de algún modo acusadora?

(De mi libro Las voces y el eco)

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