domingo, 15 de febrero de 2015

Alégrate, hermano cuerpo

Camino de Soria, llegué a Madrid a las nueve de la mañana. El tren que me llevaría a la ciudad que baña el Duero no salía hasta las tres de la tarde. Con toda una mañana por delante decidí acercarme al Reina Sofía para ver la exposición antológica de Lucian Freud, uno de los grandes pintores figurativos de este siglo.
Algo en sus retratos y en sus cuerpos desnudos me hizo meditar acerca de un aspecto de la condición del hombre: su constitución terrosa. Y digo terrosa y no terrenal porque el empastado color ocre, rojizo, de esas caras y esos cuerpos, más que una abstracta condición finita sugiere una ligazón profunda con el barro, la arcilla, la tierra, la cual, orgullosa de sí, proclama: “Somos así. No hay nada que ocultar. El barro del que estamos hechos es digno y humilde”.
El arte, cuando acierta en retratar el honor del cuerpo humano, nos lo hace ver como la síntesis ejemplar de todo lo creado, como su cumbre y acabamiento. Claro que el arte moderno ya no busca tan sólo el canon de belleza que buscaban los renacentistas cuando pintaban o esculpían la figura humana. Están vigentes ahora también otras medidas: la sexualidad, la finitud, el encanallamiento, la desesperación, el placer, hijas de un siglo convulso. ¿Cómo no iba a sufrir el diseño del cuerpo humano todos los retorcimientos y desmesuras bajo las que el hombre ha vivido en esta centuria?
¿Sabrá el hombre reencontrar su cuerpo y, más allá de los afeites esteticistas que postulan los profetas del vacío, tratarlo con aquel tono de profunda piedad con que el santo de Asís, gravemente enfermo, lo trató al hablarle en estos términos: “Alégrate, hermano cuerpo”?

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