martes, 23 de diciembre de 2014

Sin palabras

La niebla es un lágrima triste que se posa sobre la vida. Se habita mal en ella. En lo alto de la Rocha, el sol y el cielo se abren paso y la dejo atrás. En casa me encuentro con dos ancianos, mi madre y mi tío Luis, cura mercedario, con 86 años de edad, que se ha venido desde Sevilla a pasar unos días con nosotros. Se le nota ya que tiene menos agilidad física y que anda más despacio. Se enfada cada vez que su mente no da con la palabra precisa, que puede ser incluso mi nombre; la memoria empieza a fallarle y yo no puedo evitar reírme un poco porque a mí me pasa lo mismo de un tiempo, un tiempo ya largo, a esta parte. Estoy a punto de decir una palabra, una común y corriente, y no me sale. Con los nombres de cuatro de mis sobrinas: Irma, Alba, Sabela y Martina tuve un conglomerado nominal que hacía que, al querer pronunciar uno, acudiese otro. Por un lado estaban Sabela y Alba compitiendo con sus “as”, sus “bes” y sus “eles”; por el otro, Irma y Martina, con sus “íes”, sus “emes” y sus “erres”. No es sino ahora, después de mucho tiempo, que no se estorban en mi boca cuando quiero decir uno.

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